La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 61. Explicaciones.
49%

Capítulo 61. Explicaciones.

El terror fue tan visceral para Elena que se esforzó por quitarse de encima las manos de Adrián para levantarse de la cama.

Quedó de pie, frente a él, aunque alejada un par de pasos. Respiraba con resuello por culpa del miedo. Su lejanía no solo le produjo un poco de frío, sino que le permitió percatarse que estaba desnuda. Por instinto se cubrió los senos con los brazos.

—¿De qué verdad hablas? —preguntó con la voz temblorosa.

Él apretó la mandíbula y emitió un gruñido bajo mientras se ponía de pie, pretendiendo acercarse a la mujer para calmarla, pero Elena retrocedió ante su avance, obligándolo a detenerse.

—Vamos a sentarnos a hablar, ¿sí? —pidió alzando un poco las manos en señal de rendición.

Ella negó con la cabeza.

—Dime de qué hablas. ¿A qué verdad te refieres?

Elena repasó con nerviosismo la habitación para ubicar su ropa. Al verla, se movió con rapidez y la tomó para ponérsela.

—Isabella, por favor —pidió Adrián, pero ella parecía no escucharlo.

Una vez que se puso la camisa, pretendió correr hacia la puerta para salir, pero él se apresuró por detenerla y la apresó por los brazos obligándola a verlo a los ojos.

—Espera, no dejaré que te vayas así, tenemos que hablar. Ya no podemos darle más largas a este asunto.

La mujer estaba en shock, nunca se hubiese imaginado que él manejara la información de su verdad. Aunque llegó a sospecharlo, pensó que solo se trataba de sus miedos.

—¿Sobre qué quieres hablar? —preguntó asustada, fingiéndose inocente. Pensó que negando lo evidente podría salvarse.

—Sobre la verdad. Del hecho de que eres Elena Whitman y no Isabella Reed.

La mujer se puso pálida e intentó retroceder, pero Adrián la sostuvo con mayor firmeza.

—Lo sospeché desde el primer día en que te vi. Tu padre fue mi amigo, llegamos a hacernos cercanos cuando estuvimos en el hospital compartiendo sufrimientos. Allí me mostró fotografías tuyas para que te conociera, no dejaba de hablar de ti con orgullo. Sé más cosas de ti de las que puedes imaginar.

En esa ocasión, Elena no pudo reprimir las lágrimas. Estas corrieron raudas por sus mejillas.

Se apartó de él experimentando una colisión de sentimientos en su pecho.

Adrián siempre lo supo, desde el primer momento. Desde que ella entró por su puerta con la absurda mentira de la niñera.

La foto de su padre en el pasillo de esa mansión debió advertírselo, Adrián llegó a ser muy cercano con él.

Pasaron innumerables horas juntos en el hospital, atendiendo cada uno a su esposa, mientras ella estaba en Nueva York en la universidad, ahogada en exámenes y pasantías, esperando terminar con sus compromisos para así dedicarse a cuidar de su madre enferma.

Sin imaginar que la muerte llegaría primero.

—¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no impediste que entrara en tu casa como la niñera de tus hijos?

Él se irguió, algo incómodo.

—Te confieso que dudé de ti los primeros días, pero tu versión de Isabella Reed era muy buena. Además, verte me hizo recordar todo el infierno que viví con Mónica en el hospital. Eso me desequilibró y me obligó a actuar de forma precavida.

Eso último lo dijo bajando un poco el tono de su voz y mostrando una sombra de pesar en su semblante.

Elena se sintió terrible. Retrocedió otro paso con las palabras bloqueadas en su garganta.

—Luego vi la forma en que te manejaste con los trillizos, ganándote enseguida su atención.

Ellos siempre han sido muy cerrados y algo arrogantes con las niñeras.

No les gusta tener a nadie vigilándolos, por eso se unen para hacerlas sentir incómodas y lograr que se marchen.

Contigo fue diferente, porque no fuiste invasiva ni te impusiste.

Estabas con ellos como una amiga más y no como una simple figura de autoridad.

Tuve mucha curiosidad por ver cómo continuaba la relación entre ustedes, al tiempo que investigaba sobre tu verdadera identidad y el motivo por el que viniste a esta casa.

El corazón de Elena dio un salto por el nerviosismo, asustada por lo que él pudo haber averiguado en medio de su pesquisa.

—Por eso decidí contratarte enseguida, para asegurarme que te tendría cerca.

Pronto descubrí que Isabella Reed no existía y que tu relación con los Whitman era estrecha.

Que eres abogada con experiencia corporativa y regresaste de Nueva York para conseguir pruebas que demostraran mi culpabilidad por la retención de medicinas cinco años atrás, que empujaron a la muerte a tu madre y a mi esposa.

Esa última declaración la dijo con un toque de acusación en su voz, como si le reprochara el hecho de haber pensado en semejante posibilidad. Como si él no hubiese perdido también a un ser amado.

—Además, buscas recuperar de alguna forma la empresa de tu padre, para eso tuviste la gran idea de entrar en mi casa y esconderte tras mis hijos para poder actuar.

Elena sintió esas palabras como puñales, más aún, por la mirada dura y cargada de reproches que él le dedicó.

—Nunca quise hacerle daño a los trillizos, jamás los involucraría en este problema. Me esforcé por hacer bien mi trabajo con ellos porque no son culpables de lo que sucedió en el pasado, más bien, son tan víctimas como yo.

—Por eso permití que continuaras con tu juego, porque entendí que ellos no formaban parte de él y quería buscar una oportunidad para explicarte todo, pero la vida se me complicó. Y no imaginé que todos terminaríamos tan envueltos emocionalmente unos con otros. Lo que sucedió ayer me lo demostró.

Ella negó con la cabeza, sus mejillas ardieron por el arrepentimiento.

—¿A qué te refieres?

—A que ellos están muy apegados a ti, Elena. —Mencionó su nombre aproximándose a ella, haciéndola sentir acorralada—. Están dispuestos a todo por ti, pero no tienen idea de quién eres en realidad y de lo que viniste a hacer a esta casa.

Los ojos de la mujer se llenaron de nuevas lágrimas.

—Yo no quise involucrarlos. Nunca tuve intención de lastimarlos.

—Pero igual terminarás haciéndolo, porque cuando se enteren de la verdad no solo se sentirán engañados, sino usados.

Elena volvió a negar con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Me iré hoy mismo de esta casa. Si les haré tanto daño, entonces…

—¿Y piensas que marchándote suavizarás el golpe que recibirán al entender lo que sucede? —preguntó molesto—. Empeorarás la situación, porque ni siquiera les darás una explicación o les pedirás disculpas.

—Adrián, por favor… —suplicó ella entre lágrimas, sintiendo su corazón partirse en pedazos.

Él se aproximó un poco más, volviendo a tomarla por los brazos para evitar que siguiera alejándose.

—Por favor te pido yo, Elena. Vamos a sincerarnos y a aclarar esta confusión. Aún estamos a tiempo.

—¿A tiempo? —preguntó confusa, secándose un poco las lágrimas con el dorso de una mano.

—Sí, a tiempo. Porque lo que estuvo a punto de suceder en la fiesta de ayer, iba a complicarnos la vida a los dos sino hubiese llegado a tiempo. Y aún podría hacerlo.

—¿De qué hablas? —preguntó preocupada.

Adrián apretó la mandíbula antes de hablar.

—Dairus y Ángelo conocieron muy bien a tu familia, ellos fueron quienes le compraron la empresa a tu padre.

Yo me enteré de esa negociación cuando ya nada podía hacerse para revertir la venta.

Sé que sospechan que tú no eres Isabella Reed, sino Elena Whitman, quien viene dispuesta a revolver el pasado y denunciarlos, y lo haces con mi ayuda.

En la última fiesta de Miles Royce pensaban comprobarlo aprovechando de que yo no estaría presente para protegerte.

No lograron nada gracias a que la noticia de la reaparición del barco los distrajo, pero sé que insistirán.

Ella no podía creerse lo que escuchaba. No solo Adrián sabía su verdad, también Dairus y Ángelo, los hombres que estafaron y robaron a su padre.

Aquellas noticias la sobrepasaron y revolvieron su cabeza que latía por culpa del miedo, la culpa y la ansiedad. Todo eso era demasiado.

Retrocedió más para librarse del agarre de él. A cada segundo se le hacía más difícil respirar y mantenerse calmada. Necesitaba espacio para serenas sus emociones y organizar las ideas, o colapsaría.

—Yo… —quiso decirle algo a Adrián, pero tenía las palabras atoradas en la garganta.

El nudo era tan grande que le causó nauseas. Así que prefirió salir de la habitación y correr a la suya buscando soledad para reponerse.

Al estar en el pasillo cerró de un portazo para dejarle en claro al hombre que no deseaba que la siguiera, pero quedó paralizada. Tropezó con los trillizos, quienes iban a la habitación de su padre.

Los niños quedaron de piedra al ver a su niñera salir de esa habitación descalza, con el cabello revuelto y el rostro y los ojos hinchados por las lágrimas.

Ella los miró asustada, pero los malestares estomacales aumentaron y la obligaron a esquivarlos y continuar apresurada a su habitación sin decirles nada.

—¡Isabella! —gritó Leo y tuvo intención de correr detrás de la mujer con sus muletas, pero Theo lo detuvo. El chico se percató que no era buen momento para molestarla, debían dejarla sola un rato.

Al escuchar que la puerta de la habitación de su padre se abría, los tres se giraron. Adrián estaba de pie bajo el umbral, descalzo, despeinado, ceñudo y solo vestido con unos pantalones de pijama. Escuchó el grito de Leo por eso se vistió y salió enseguida.

—¿Qué le hiciste? —preguntó Max con rostro enfadado y apoyando sus puños en su cintura. Supuso que su niñera estaba en esas condiciones por culpa de su padre.