La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 60. Su verdad.
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Capítulo 60. Su verdad.

La mañana ya se había mostrado en todo su esplendor en el cielo de Seattle, pero Adrián y Elena, aunque se habían despertado hacía poco, aún no deseaban alejarse el uno de otro. Permanecían acostados en la enorme cama, desnudos y abrazados, y algo adoloridos por el sexo.

La tranquilidad era errática, como una marea suave que llegaba sin agitación a la orilla y con lentitud se retiraba. Estaban juntos, eso era algo que a ambos les importaba, pero no sería por mucho.

Lo peor era que ninguno sabía cuánto tiempo más podían soportar aquella farsa.

—¿Qué pasó con Miles Royce cuando salí de la salita en la que nos encontró? —preguntó ella sin verlo a la cara. Con la cabeza apoyada en el pecho de él, acariciando con suavidad su piel, trazando con ligereza círculos con la yema de sus dedos.

—Quiso llegar a un acuerdo conmigo.

—¿Un acuerdo? —Ella se incorporó, apoyándose en uno de sus codos para así alzar su cabeza y verlo a los ojos—. ¿Piensa extorsionarte a cambio de guardar el secreto de lo que sucede entre nosotros?

—De eso vive Miles —confesó él, mirándola con dulzura y apartando los cabellos que le caían en el rostro para ponerlos detrás de su oreja.

—Y a pesar de saber eso, ¿te quedaste a solas con él? —reprochó.

Adrián alzó los hombros con indiferencia.

—¿Qué podía hacer? Era eso, o que te descubriera.

Elena se sentó en la cama, molesta.

—¿Qué negociaste con él? —exigió.

—Escucha… —Él la tomó por un brazo, con intención de arrastra de nuevo a su lado y recostarla en su pecho, pero ella se lo impidió sentándose mejor y buscando apartarse un poco.

—¿Qué negociaste? —repitió, con voz desafiante.

Adrián calló un momento, solo la miró con determinación unos segundos, dejándole en claro que lo haría de nuevo si así fuese necesario. No estaba dispuesto a echarse para atrás.

Se sentó, quedando más cerca de la mujer. Alzó las rodillas para apoyar en ellas sus brazos, entrelazando sus manos.

—Formaré parte del proyecto propuesto por los inversionistas de Shanghái. Miles participará también como mi socio, de esa forma tendré que compartir ganancias con él.

Elena se impactó por la noticia, recordando a los chinos con los que él había estado hablando en la fiesta.

—¿Miles participará como socio de tu empresa, sin hacer nada y obteniendo parte de las ganancias?

—Sí. Eso me ayudará a que mantenga la boca cerrada. Quiere dinero a cambio de su silencio, pero uno que sea constante, no de una sola entrega.

El rostro de la mujer se desencajó por la rabia y la indignación. Aquello no era una extorsión, era un robo en toda regla. Ese hombre exigía parte de las ganancias del negocio que Adrián pudiese cerrar con los chinos por los meses o años en que estuviesen asociados.

—¿Piensas ceder a su chantaje? —preguntó con el rostro rojo por la furia.

—Si no lo hago, permitirá que el beso que nos dimos, escondidos en una habitación privada de su casa, sea del dominio público.

Él conoce a mucha gente no solo en esta ciudad, sino en el país y en muchos otros.

Su palabra es casi una sentencia. Por eso es un buen patrocinador de eventos de alta envergadura. La gente confía ciegamente en él.

Ella resopló, exasperada, con los ojos llenos de lágrimas de furia.

—Pero Adrián, ¿qué tan malo puede ser que la gente se entere lo que sucede entre nosotros?

Es cierto que yo perderé credibilidad y tendré que renunciar a este trabajo e irme, y que tú cómo empleador quedarás manchado, pero con el tiempo eso se olvida y todo quedará como un caso puntual confuso.

En un año o en pocos meses estarás recuperado, pero ese negocio que piensas establecer con Miles te atará a él por muchos años y te hará perder millones. ¡Es injusto!

—Injusto es que tú tengas que irte de esta casa para que mi mancha…

—dijo con ironía—, desaparezca en unos pocos meses o en un año.

Yo te necesito aquí, Isabella. Te quiero aquí —corrigió con voz firme—.

Mis hijos te aman y te advertí cuando llegaste a esta casa que con ellos no se juega.

Te robaste su corazón ahora tendrás que quedarte a cuidarlos.

Para siempre —dijo eso último cambiando por completo su semblante, asumiendo ahora uno más decidido e inflexible.

Ella quedó asombrada por su orden, una que no podía aceptar aunque le gustara. Bajó el rostro, apenada.

Cuando él se enterara de la verdad, esas palabras se volverían cenizas.

—Adrián, no hagas esto por tus hijos. Ellos no se merecen a alguien como yo.

Él se aproximó para alzarle el rostro y exigirle que lo mirara a los ojos.

—No solo lo hago por ellos, también por mí.

—Su revelación la dejó paralizada—. Lo que sucede entre nosotros se va a saber, pero a su debido tiempo y de una forma más decorosa.

No soy el único empresario que de pronto decide tener una relación formal con la niñera de sus hijos, o con su secretaria, o con una empleada de su casa.

Sí, de seguro habrá un escándalo y se producirán comentarios muy duros que será difícil manejar, pero eso lo superaremos de alguna manera, y cuando todo esté resuelto, será fácil quitarme el lastre de Miles Royce de encima.

La mujer comenzó a sentirse mal consigo misma, con la mentira que mantenía y con la forma en que había manejado todo llegando a esa situación, involucrando a su corazón, el de los trillizos y el de Adrián.

—No puedo con esto, Adrián. Yo…

Ella intentó bajarse de la cama, pero él la retuvo al sostenerla por los brazos.

—Podemos hacerlo. Confía en mí.

—No es solo por el asunto de nuestra relación prohibida, es… —No pudo continuar, sentía un nudo en la garganta. No podía confesarle en ese momento, estando ambos aún desnudos sobre la cama de él, la verdad que tanto escondía—. Hablaré con Miles Royce para llegar a otro acuerdo.

Él endureció las facciones del rostro.

—¿Hablarás con Miles? ¿Para decirle qué cosa?

—Que no puede sobornarte de esa manera. Actuaste solo para salvarme de mi imprudencia —expuso afectada.

—¿Prefieres que se sepa todo y estallen los chismes obligándote a irte de esta casa?

Elena se sintió tan mal que una lágrima escapó de sus ojos.

A pesar de que su plan había sido estar allí por un tiempo limitado, hasta que consiguiera las pruebas necesarias para inculpar a Adrián de lo sucedido con las medicinas oncológicas cinco años atrás, que llevó a su madre a la muerte, así como a su padre, ahora le costaba aceptar que el fin de su estadía en esa casa estaba llegando.

—No quiero que por mi error termines aceptando la extorsión de un tipo aprovechado. No puedo permitir que eso suceda. No quiero hacerle daño a los trillizos, ni a ti, pero… dejar que Miles Royce se salga con la suya también es un daño.

—Un daño que puedo manejar.

—¡No es justo! —exclamó con un toque de desesperación en la voz—. Y mucho menos si es mi culpa.

Adrián soltó sus brazos para ahora sostenerla con ambas manos por el rostro, inclinándose un poco hacia ella para así exigir toda su atención.

—Escucha, si Miles habla, no solo quedará expuesta la relación que mantenemos entre nosotros, sino tú misma.

—¿Yo? —preguntó Elena desconcertada.

—Todo el mundo querrá saber quién es la mujer que logró conquistarme y me empujó a una relación ilícita en mi propia casa, frente a mis hijos.

Algo que jamás consideré. Te investigarán para conocerte, y no hablo solo de curiosos, sino de la prensa y de expertos que manejan empresas de comunicación en las redes sociales.

Buscarán en cada rincón del planeta para saber quién es Isabella Reed y exponerte ante todos.

Eso es lo que principalmente quise evitar, por eso te besé cuando escuché que abrían la puerta de la salita.

Él la miró con fijeza, entendiendo que los ojos, ahora aterrados de la mujer, demostraban que ella había entendido su punto.

—No quiero que termines expuesta, que tu verdad salga a la luz. Mucho menos, si aún no nos hemos sincerado entre nosotros construyendo una barrera alrededor de los trillizos para que ellos no salgan lastimados.

El miedo recorrió las venas de Elena, enfriando su sangre.

¿Su verdad?

¿Qué verdad cuidaba Adrián?

¿Acaso él sabía lo que ella con tanto esfuerzo había tratado de ocultar?

¿Siempre lo supo?