Capítulo 59. ¿Por qué estás aquí?
Luego de asegurarse de que los trillizos se durmieran, Elena se cambió de ropa pero no pudo irse a la cama. No podía estar en paz hasta que Adrián no apareciera.
Intentó llamarlo un par de veces, sin éxito. No respondía ni siquiera a sus mensajes. El miedo la embargó y consideró la posibilidad de volver a la mansión de Miles Royce para buscarlo.
Antes de que pudiera ir a su habitación a vestirse de nuevo para salir, escuchó que el auto del hombre llegaba a la casa.
Bajó las escaleras con ansiedad para reunirse con él en el vestíbulo, sin hacer ruido, para así no despertar a los niños, a Charles o a algún otro empleado.
Le abrió la puerta, recibiendo de él una mirada dura y ceñuda.
—¿Qué sucedió? —preguntó la mujer, preocupada, en el momento en que el hombre cruzaba el umbral.
Él cerró la puerta con llave antes de hablarle.
—¿Y los niños? —preguntó, quitándose el abrigo.
—Duermen. Ya he ido varias veces a su habitación para confirmarlo.
Adrián colgó el abrigo en el clóset ubicado junto a la puerta mientras la veía a la cara. Ella estaba tan afanosa por conocer detalles, que parecía estar a punto de estallar.
—Deberíamos ir a dormir y hablar mañana. Son casi las cuatro de la mañana.
Elena apretó los labios con inconformidad.
—¿Dormir? ¿Crees que podré hacer tal cosa?
Dime qué pasó con Miles Royce. ¿Qué te dijo?
Te pidió algo para no decir nada sobre el beso que me diste, ¿cierto?
¡¿Por qué demonios me besaste al escuchar que alguien abría la puerta de esa sala?
! ¡¿Te volviste loco?! —exclamó eso último con la voz contenida y llena de rabia.
No podía creer que él hubiese revelado lo que sucedía entre ellos de esa forma tan imprudente, dándoles así herramientas a otros para manipularlo.
—Cálmate. Si lo hice fue para protegerte. ¿De qué forma íbamos a justificar nuestra presencia en esa sala privada?
Elena se puso nerviosa.
—Yo… yo iba a inventar algo.
—¿Y piensas que Miles Royce es un hombre fácil de engañar?
Se han corrido rumores sobre nosotros y que nos haya encontrado solos en una de sus salas privadas, que no fue dispuesta para los invitados, solo lleva a dos conclusiones.
O existe algo prohibido entre nosotros o estábamos allí para espiar.
¿Hubieses preferido que se inclinara por lo segundo?
Ella no supo qué responder. Bajó la mirada al suelo, algo perturbada.
Él se irguió y respiró hondo buscando relajarse. Sus puños se cerraron apenas unos segundos.
—Vamos a la cama, Isabella. Es mucho lo que debemos hablar, pero es tarde para eso.
La mujer lo miró con confusión.
—¿Tenemos que hablar?
—Sí —reconoció con voz firme—. No solo sobre lo que está sucediendo entre nosotros y entre mis hijos y tú, sino lo que ocurrió y estuvo a punto de ocurrir esta noche en esa fiesta.
No solo el desconcierto la embargó, también el miedo. ¿A qué se refería Adrián? ¿Acaso tenía alguna sospecha de sus intenciones en esa fiesta? ¿Sabía algo de lo que ella había ido a buscar?
—Adrián… —Elena quiso inventar algo para explicarse, para que él no descubriera el juego que ella venía llevando a cabo desde que había llegado a esa casa, pero las palabras se le diluyeron en la mente. Por un momento, no supo qué decir.
Él se aproximó y tomó su rostro entre sus manos buscando captar toda su atención.
—Vamos a la cama —pidió, inclinándose hacia la mujer, bañando su cara con su aliento tibio—. Estoy muy agotado y enfadado. No quiero hablar ahora porque cometeré muchos errores. Necesito descansar.
Ella no supo qué decir, solo lo miró con adoración. Tenerlo tan cerca, siendo embriagada por su mirada avasallante, por su calor y por la fiereza que trasmitía su postura le restaba fuerzas, quedando a merced de sus decisiones.
Adrián asentó aún más su dominio sobre la mujer al besarla con arrebato, invadiendo con su lengua todo su interior. Aquel beso fue tan intenso y apasionado que parecía más un castigo, una forma de hacerle llegar reproches y exigencias.
Él tuvo que detenerlo para recuperar el aliento. Estaba tan encendido que temía perder el control en aquel vestíbulo, donde estarían a la vista de cualquiera.
—Vamos a mi habitación —dijo como una orden y la tomó de la mano para llevarla casi arrastras al piso superior.
Elena no pudo decir nada, quejarse o emitir alguna petición, solo lo siguió. En esa oportunidad no se dirigieron al dormitorio de ella, sino al de él, algo nuevo, no planificado.
La mujer nunca había estado allí. La habitación de Adrián era un área prohibida de la casa, el refugio privado del hombre, su espacio personal. Cuyo acceso solo era permitido para la familia y, en situaciones especiales, para Charles, y bajo estricta autorización de él.
Sus pies no debieron atravesar el umbral, sin embargo, esa noche no solo lo hicieron, sino que se adentraron en aquella amplia y elegante estancia que contaba con un escritorio, sofás de piel y un balcón que ocupaba toda una pared, y regalaba una hermosa vista del bosquecillo que rodeaba la casa y del cielo estrellado.
Aunque lo más resaltante era la enorme cama tamaño King, cubierta por edredones en diversos tonos de grises.
Allí la dirigió Adrián, en medio de besos, al tiempo que la desvestía y se quitaba su propia ropa.
Anhelaba tanto el cuerpo de ella que lo mordía y lamía sin descanso, emitiendo no solo gemidos de placer, sino también, suaves gruñidos que retumbaban en los oídos de la mujer estremeciéndola de pies a cabeza y erizándola por completo.
—Adrián… quizás…
Elena intentó hablar en medio de aquella pasión. A pesar del desborde de deseo, no podía evitar sentirse una intrusa.
Tener sexo en esa habitación era otro nivel. Volvería el acto mucho más íntimo y personal. Más cercano.
—No hables de nada —pidió él entre jadeos—. No lo eches a perder.
—Pero…
Adrián se detuvo de golpe, haciéndola sentirse mareada. La tomó con firmeza del rostro mirándola con una cara enrojecida por la lujuria, un poco sudorosa y con las venas brotadas.
Sus ojos eran dos pozos oscuros que parecían no tener fin.
—Solo dime algo y quiero que me seas totalmente sincera, sin importar las consecuencias. ¿Lo harás?
Ella asintió, con cierta dificultad. El deseo se mezclaba en su pecho junto con el miedo y la ansiedad, desestabilizándola.
—¿Me deseas? —inquirió él—. ¿Ahora estás aquí por mí o por algo más?
Se sintió confusa por esas preguntas. No comprendía por qué se las hacía. A pesar de su desconcierto trató de organizar las ideas en su cabeza para responderle.
—Lo que siento por ti es más que deseo, aunque tengo miedo de darle un nombre específico a esto. Solo puedo asegurarte que en este instante, eres lo único que me importa.
Él mostró una sonrisa leve, temblorosa, de esas que habían esperado demasiado tiempo por una respuesta positiva y cuando la obtenían, el shock le dificultaba revelarse por completo.
—Por esta noche, eso es suficiente —dijo con evidente alivio y continuó devorándose sus labios y su lengua como si no hubiese un mañana.
La acostó en la cama y la hizo suya por lo que quedaba de noche. En medio de temblores, gritos ahogados y jadeos descontrolados la poseyó hasta quedar satisfecho, con sus pieles aceitadas por las ganas.
De todas las veces que habían estado juntos, aquella fue la más viva y emotiva. Una que los transformó por completo por dentro, a pesar del amargo sabor de despedida que en ocasiones, poseía.