La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 57. Bestias salvajes.
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Capítulo 57. Bestias salvajes.

Por un momento, ninguno de los tres pudo moverse. Miles se acercó a la salita porque, después de despachar a Dairus, que regresó con Ángelo Towsen a la fiesta, escuchó una ligera discusión.

Se asomó para saber de quién se trataba, sin esperar encontrarse a Adrián McGrath besándose con pasión con la niñera de sus trillizos, quien esa noche había asistido como la compañera de Jacob Pierce.

No solo sintió un sobresalto interno al confirmar las sospechas de muchos de sus conocidos de que ellos tenían algún tipo de relación íntima, ya que en la anterior fiesta los habían visto muy cercanos y a ella usando vestidos que solo él podía costear, sino que además, eso generaba un triángulo amoroso algo incómodo.

Tanto Adrián como Jacob formaban parte de su círculo de socios y amigos más cercanos. Si aquel asunto se descubría de forma escandalosa, quedando él en medio, complicaría su relación con alguno de ellos. Y en ese momento no podía perder ningún aliado.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó mirando a cada uno con aprehensión.

Adrián se irguió, intentando recuperar su postura autoritaria. Elena retrocedió un paso, avergonzada, y se tapó la boca con una mano.

—Miles, disculpa. Soy responsable de esta situación —se disculpó él.

—Claro que eres el responsable —le reprochó Miles—. Agradece que Dairus se hubiera marchado con Ángelo antes de que escuchara sus voces. De lo contrario, si hubiese estado aquí, sabes muy bien lo que habría pasado.

Adrián apretó los puños y Elena se inquietó aún más. Dairus no habría tenido reparo en hacer de aquella situación un acontecimiento público.

—Mi consejo es que regresen a la fiesta en momentos diferentes —propuso Miles, muy serio—. Isabella, baja ahora por las escaleras principales y reúnete con Jacob. Si alguien te pregunta algo, di que buscabas un baño más privado porque estás algo mal del estómago.

Ella miró al hombre con los ojos llenos de lágrimas por los nervios, sintiéndose perturbada. Si esa sociedad se enteraba que Adrián tenía un romance secreto con la niñera de sus hijos iban a realizar comentarios muy hirientes.

Su reputación quedaría manchada, ya que la acusarían de oportunista por buscar comprometer a un millonario complicando su investigación, pero él no se salvaría. Lo acusarían de aprovecharse de sus empleadas valiéndose de su posición, una sombra que incluso, podría afectar a sus hijos.

—Adrián, quédate unos minutos aquí conmigo y luego baja por las escaleras de servicio. Así nadie descubre que estuvieron juntos y a solas, levantando más sospechas de las que ya han hecho correr.

Por un instante, ninguno de los dos supo qué hacer. Adrián no quería volver a alejarse de la mujer, pero aquello era lo más sensato. Compartió una mirada con ella y asintió, indicándole que siguiera esas instrucciones.

Elena dudó, no quería dejarlo allí, con ese hombre. Temía que Miles tomara ventaja del secreto que ahora tenía en sus manos para sobornar a Adrián y manipularlo, pero no tenía más opciones.

Él le insistía con la mirada que cumpliera con el plan que había propuesto el anfitrión.

Se llenó los pulmones de aire, como si de esa forma lo hiciera de paciencia, y salió de la salita hacia el pasillo. Apenas estuvo afuera, Miles cerró la puerta y pasó cerrojo.

Eso le indicaba que aprovecharía el momento y conservaría la privacidad para conversar con Adrián y así empujarlo hacia el lado que le convenía.

Llena de rabia se dirigió a las escaleras y llegó a la planta baja mezclándose con los invitados. Por suerte, no se cruzó ni con Dairus ni con ninguno de los hombres que buscaba molestar a Adrián.

Vio a Jacob aun conversando con las amigas de la heredera Deborah Cavendish, quienes estaban muy cerca de él, casi encima. Le hablaban con sonrisas coquetas al tiempo que le acariciaban el pecho y los brazos con el toque de las puntas de sus dedos.

El hombre las veía con una expresión embobada, maravillado por las atenciones que recibía de unas mujeres que hasta ese momento habían sido inaccesibles para él.

Sin embargo, cuando se percató de la llegada de la niñera y de su rostro algo pálido y nervioso, enseguida recobró la seriedad y se apartó un poco de ellas.

—¿Sucedió algo? —preguntó preocupado.

—Yo… no me siento muy bien.

Él se acercó más y le acarició un brazo infundiéndole consuelo. Su reacción irritó a las mujeres, quienes se irguieron con prepotencia dirigiendo miradas cargadas de rencor y envidia hacia Elena.

—¿Es un asunto emocional o físico? —quiso saber el hombre, evaluando su semblante.

Ella recordó lo aconsejado por Miles Royce.

—No estoy bien del estómago. Quisiera volver a la mansión. Disculpa, pero tendré que irme.

Él arqueó las cejas.

—No voy a dejar que te vayas sola en esas condiciones. Esta noche eres mi acompañante, mi responsabilidad es regresarte a casa.

Jacob repasó los alrededores buscando a un mesero para entregarle la copa que tenía en su mano. Elena lanzó una mirada hacia las dos mujeres recibiendo de ellas claros reproches.

—Listo —dijo él al tener las manos desocupadas—. Vamos al auto, te llevaré a casa —indicó y la tomó de la mano antes de girarse hacia las mujeres—. Discúlpenme, bellas damas. Necesito retirarme. Espero podamos compartir más en otra oportunidad.

—Seguro, Jacob. Te llamaré apenas tenga algún plan —expuso la morena con tono seductor y se acercó a él para darle un beso en la mejilla, cerca de los labios.

Su amiga actuó de forma similar, dejando al hombre impactado e hinchado de orgullo.

Se disculpó una vez más con ellas y salió de esa mansión con Elena.

—No era necesario que me acompañaras, podía irme sola. Así no perdías la oportunidad de coquetear con dos herederas atractivas —soltó la mujer al estar en la entrada, en espera de que el valet le llevara el auto.

—Ya te lo dije, eres mi responsabilidad esta noche, una que me engrandece mucho más —aseguró, mirándola con calidez—. Esas mujeres hoy me prestaron atención solo porque estaba contigo y me ofrecieron un segundo encuentro porque me iba contigo. Si me quedo y te vas, se acaba mi magia.

Ella sonrió apenas.

—Es decir, actuaron solo por envidia.

—Una envidia que disfruté al máximo —se burló él, mientras su auto se detenía frente a ellos y abría la puerta del copiloto ayudándola a entrar.

Antes de ponerse en marcha, Elena lanzó una mirada preocupada a la enorme y elegante mansión, sintiendo un dolor incómodo asentarse en su pecho. Dejó a Adrián solo en aquel lugar, rodeado de bestias salvajes ansiosas por devorárselo.