Capítulo 56. Descubiertos.
El pasillo del primer piso de la mansión solo estaba iluminado por la luz natural que entraba por los enormes ventanales y por algunas lámparas de luz tenue encendidas en lugares estratégicos. Desde allí seguía oyéndose la música de la fiesta, amortiguada por la distancia.
Elena avanzó con cautela. Cada paso parecía resonar demasiado fuerte en el silencio.
La mansión de Miles Royce era enorme, casi laberíntica, en ese nivel privado podía hallar corredores largos, puertas cerradas, vitrinas con esculturas antiguas y cuadros de tonos oscuros que observaban desde las paredes.
Su corazón latía acelerado. ¿Qué fue a hacer Dairus allí arriba?
La pregunta le martillaba la cabeza. Se llegó hasta el final de un tramo del pasillo cuando escuchó una voz. Venía de una habitación cuya puerta estaba apenas entreabierta. La voz era baja, pero tensa.
—No, eso no es suficiente —decía Dairus—. Necesito la información exacta.
Elena contuvo la respiración. Se acercó despacio manteniéndose pegada a la pared hasta poder asomarse lo justo por la rendija.
Era una biblioteca. Un cuarto amplio con estanterías de madera oscura llenas de volúmenes antiguos. En el centro había un escritorio iluminado por una lámpara de lectura. Dairus estaba inclinado sobre él, con el teléfono pegado al oído.
—Escúchame bien —continuó, irritado—. No me sirve que me digas que «probablemente podrás ayudarme». Necesito saber con exactitud a qué puerto llegará ese barco.
Elena sintió un escalofrío. El tema del barco seguía resonando entre esos hombres. ¿Qué tan importante era para ellos?
Dairus caminó un par de pasos por la habitación, con nerviosismo. Se pasó una mano por su cabello con gesto frustrado.
—Claro que importa —gruñó—. ¡Necesito esos datos ya! No me interesa si es complicado.
Cortó la llamada de golpe, sin despedirse, y volvió al escritorio. Abrió un libro grueso que estaba allí y buscó con rapidez una hoja específica.
Elena estiró un poco más el cuello. No parecía un libro común, sino una libreta de registros.
Dairus dejó el libro abierto sobre la mesa y con su móvil fotografió un par de páginas. Luego se dirigió a la puerta sin dejar de revisar la pantalla.
La mujer reaccionó al instante, se apartó del marco y corrió hacia una zona donde dos grandes estatuas de mármol decoraban el pasillo. Se escondió detrás de ellas justo cuando el hombre salía.
Él pasó a menos de tres metros de distancia, sin notar su presencia, todavía concentrado en su teléfono. Caminó hacia la escalera, el sonido de sus pasos se fue perdiendo a medida que avanzaba.
Al quedar sola, Elena salió de su escondite y entró en la biblioteca. Se acercó al escritorio viendo con curiosidad el libro abierto.
Como lo supuso, era un cuaderno de registros. En él pudo encontrar páginas y páginas llenas de nombres, números telefónicos, direcciones y algunas anotaciones hechas al margen. Reconoció algunos apellidos, descubriendo a empresarios, políticos e importantes figuras públicas de la ciudad.
—Vaya, interesante —se dijo y sacó su teléfono de su pequeña cartera para capturar una imagen de sus páginas.
De pronto escuchó voces en el pasillo y se congeló.
—…te dije que no estaba seguro —reconoció la voz de Dairus.
Elena sintió que el estómago se le caía al suelo. Miró alrededor, desesperada. Vio una puerta al fondo de la biblioteca y corrió hacia ella abriéndola apenas lo suficiente para deslizarse dentro. La cerró en silencio, justo cuando Dairus entraba.
Se halló en un despacho algo pequeño, oscuro y abarrotado. Se quedó quieta, pegada a la pared, conteniendo la respiración.
—No entiendo por qué estás tan furioso —dijo otra voz. Era la de Miles.
—La persona con la que hablé no quiere darme la información —respondió Dairus con frustración—. Se niega.
—Tal vez no sabe nada.
—¿Cómo no va a saber nada, si trabaja allí? —exclamó con fiereza.
—Creo que estás perdiendo la compostura.
—Miles…
—No puedes dejarte dominar por tus emociones —lo cortó con frialdad.
Hablaron en susurros desde ese momento. Elena intentó acercarse un poco a la puerta para oír mejor, apenas distinguía fragmentos.
«…demasiado pronto…», «…no pierdas la confianza…», «…esperar…». Aquellas peticiones se mezclaban con los gruñidos insatisfechos de Dairus.
Intentó concentrarse en las palabras para procurar descifrar las frases, pero su teléfono vibró. Por suerte, lo tenía en silencio y no llegó a hacer ruido.
Miró la pantalla y el corazón le dio un vuelco. Era Adrián.
—Maldición —dijo en murmullos. No podía ignorarlo. Él no iba a dejar de llamarla hasta que no atendiera y allí no podía hacerlo.
Decidió salir. Abrió la puerta principal con cuidado y se deslizó al pasillo. Quiso ir al corredor de las escaleras para poder hablar, pero de pronto alguien la tomó por un brazo y la arrastró hacia el fondo.
Ella emitió un grito ahogado, con la sangre helándose en las venas. Aunque se calmó al ver que se trataba de Adrián.
—Camina, Ángelo está subiendo —ordenó, sus ojos oscuros brillaban con una mezcla peligrosa de preocupación y furia.
La llevó por el pasillo hasta una puerta ubicada al final. La abrió y la hizo entrar enseguida, justo cuando Ángelo cruzaba en ese corredor y se dirigía con rapidez a la biblioteca.
Ambos quedaron dentro de una pequeña sala privada.
—¿Estás loca? —dijo él en voz baja, pero bastante molesta—. ¿Qué haces espiando en la casa de Royce?
Elena se soltó de su agarre con rudeza.
—¡Déjame en paz! —replicó—. ¿No estabas ocupado con la heredera Cavendish? Esa que no para de manosearte desde que te vio.
La mandíbula de Adrián se tensó.
—¿En serio estás hablando de eso ahora?
—Claro que sí.
Él respiró hondo, con cansancio.
—Isabella, no es el momento ni el lugar…
—Vuelve con ella si quieres y déjame a mí con mis cosas.
Ella intentó pasar por su lado y salir, pero él la detuvo. Afincó una mirada irritada y determinada en los ojos de la mujer.
—No sabes lo que estás haciendo.
—¿Qué te hace pensar eso? —lo desafió.
Él iba a decir algo más, pero en ese momento escucharon que se abría la puerta de la salita.
A Elena la paralizó el miedo. La descubrirían en ese lugar con Adrián y aún no tenía una excusa creíble para justificar su presencia en ese piso.
La puerta se abrió emitiendo un chirrido que a la mujer le resultó aterrador, pero no logró moverse. Adrián fue quien pudo reaccionar.
Tomó el rostro de Elena entre las manos y la besó. No fue un beso suave, sino intenso, feroz e inesperado. Uno tan apasionado y arrollador que la dejó sin aliento.
La lengua masculina se hundió en el interior de su boca acariciando cada rincón con hambre, devorándosela como si quiera comérsela entera. Elena no pudo reaccionar por unos segundos, logró hacerlo cuando él se detuvo y clavó sus ojos afectados por el enfado y el deseo en los de ella.
Al superar la conmoción, ambos giraron sus rostros hacia la puerta. Miles Royce se hallaba en el umbral, quedó completamente atónito al verlos.