Capítulo 55. La heredera.
Elena no lograba quitarse la sensación de que algo se movía fuera de su campo inmediato de visión. El salón de pronto se le volvió muy grande y muy poblado, convirtiéndose en un extenso mar que la separaba de la información que necesitaba.
Dairus se encontraba en el piso superior haciendo algo que ella necesitaba conocer. Sentía que era importante.
—¿Te aburres? —preguntó Jacob notando su repentino silencio.
—No —respondió con una sonrisa leve—. Solo disfruto de las vistas —dijo, y repasó con la mirada el salón lleno de gente elegante y distinguida.
Antes de que el hombre pudiera preguntar algo más, tres mujeres se acercaron con risas estudiadas. Iban vestidas con un gusto tan exquisito y seductor que atraían todas las miradas.
—¡Jacob Pierce! —exclamó una de ellas, una rubia esbelta de ojos tan claros como un cielo despejado que portaba joyas confeccionadas en oro blanco y diamantes. Exudaba dinero y poder por cada poro—. Hace siglos que no te vemos.
Jacob se irguió de inmediato, sorprendido y halagado.
—Señorita Cavendish, esto sí que es inesperado —respondió con entusiasmo.
Elena reconoció a las mujeres. Todas eran rostros habituales en eventos exclusivos, herederas de apellidos poderosos, acostumbradas a que el mundo se inclinara a su paso.
Deborah Cavendish era la heredera menor de un acaudalado magnate deportivo, una joven que en su vida había tenido que realizar un solo esfuerzo por obtener algo, pero quien lo tenía todo.
La mujer fue la primera en saludar a Jacob con dos besos antes de enfocarse en ella.
—Tú eres Isabella Reed, ¿cierto? —preguntó con tono suave y repasándola de pies a cabeza con ojos críticos—. La niñera de los trillizos McGrath.
Elena se irguió.
—Sí. ¿Me conoces?
Deborah soltó un resoplido que pareció una risa y miró a sus amigas, quienes también rieron, así como Jacob. Aunque este último no tenía idea de porque se burlaban.
—Conozco a todos en este lugar. Escuché una historia fantástica sobre ti que realizaste en la anterior fiesta de Miles.
Elena suspiró con cansancio.
—No hice ninguna «acción fantástica», solo fui en busca de dos niños que se perdieron estando a mi cargo.
—Entonces, no fue un acto de valentía lo que hiciste, como todos pregonan, sino una metida de pata enorme que puso en peligro la vida de nos menores de edad —prenunció con sarcasmo.
Elena se puso seria y se irguió.
—Habría sido una metida de pata si hubiese dejado a esos niños en el bosque, solos y en medio de esa tormenta tan terrible. Debo aceptar que sí hice algo heroico al traerlos de vuelta. Dudo que alguna otra mujer presente en ese lugar se hubiese atrevido a enfrentar ese peligro.
Ambas se observaron como si se desafiaran, con miradas frías y sonrisas de superioridad. Hasta que otra de las mujeres, una morena alta y delgada, decidió intervenir.
—Se comenta que para Adrián eres más que su niñera.
El golpe fue directo. Elena sintió el impacto en el pecho, pero no permitió que se reflejara en su rostro.
—No —respondió con calma—. Nuestra relación es estrictamente profesional. Trabajo para él, nada más.
—¿Segura? —insistió la morena—. Porque él no suele traer a «empleadas» a este tipo de eventos y mucho menos vestirlas con trajes tan…
especiales como el que tienes puesto —indicó la mujer con las cejas arqueadas y señalando el vestido de diseñador que ella llevaba puesto ese día.
Uno de los tantos comprados por Mónica McGrath en vida que nunca usó.
—Esta noche asistí con Jacob —aclaró ella, y se aproximó al hombre para abrazarlo por un brazo—. Adrián vino por otros asuntos. No estamos juntos.
Los ojos de Jacob brillaron por la emoción al tener a Elena tan próxima y aferrada a él como si le importara.
—Ah —dijo la morena, y se cruzó de brazos viéndola con odio por acaparar de esa manera al hombre—. Entonces, todo son rumores.
—Sí, la gente habla demasiado —respondió con sonrisa impecable.
La rubia Cavendish relajó los hombros.
—Bueno, mejor así —dijo con arrogancia y enseguida se alejó de ellos tongoneando las caderas como una reina en dirección al lugar donde Adrián conversaba con los chinos.
Elena se estremeció, porque al verlo, descubrió que el hombre la observaba con enfado. A Adrián no le gustó que ella abrazara y acariciara el brazo de Jacob.
Deborah Cavendish cruzó el salón con paso seguro, consciente de cada mirada que atraía.
Se acercó a Adrián y lo saludó con un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios.
Con un brazo le rodeó la cintura y con su mano libre le acarició el pecho mientras saludaba a los chinos, siendo recibida con halagos y sonrisas diplomáticas.
Elena sintió el fuego de los celos arder en su interior. De pronto no pudo quitarle la mirada de encima a la pareja, dolida por aquella escena.
Al lado de esa mujer, Adrián parecía otra persona. Un hombre más poderoso y distinguido. Se crecía de una forma inalcanzable, algo que jamás iba a suceder estando con ella.
No podía olvidar que ella tan solo era la niñera de sus hijos, su amante secreta. Nunca sería alguien en su vida.
Los ojos de ambos se cruzaron, manteniendo sus miradas. Elena había quedado como en shock, sin atreverse a soltar a Jacob para no perderse. Adrián tampoco se movió de su sitio, no rechazó ni se alejó del contacto de Deborah, parecía estar muy a gusto.
El retumbe de unas risas la obligó a cortar la conexión para fijarse en las personas que tenía a su lado. Las dos amigas de la heredera Cavendish bromeaban con Jacob estando también muy cerca de él, acariciándole brazos y el pecho.
Él estaba rojo de la fascinación al tener a tres mujeres casi encima, aferradas a su cuerpo como si fuese una única boya en medio del mar.
Elena sintió vergüenza y lo soltó alejándose un paso.
—Perdón —pidió en voz baja, sin entender por qué lo hacía.
—¿Te sientes bien? —preguntó Jacob con sincera preocupación al verla afectada.
—Sí, solo es… —dudó, sintiendo un ardor en el pecho. Era la realidad que le caía de golpe encima—. Debo ir de nuevo al baño —justificó, sonriéndole a Jacob con dulzura para tranquilizarlo y dio media vuelta para ir hacia los servicios.
No se atrevió a lanzar de nuevo una mirada hacia Adrián, no podía hacerlo. Se rompería a pedazos. Siguió con la vista al frente, sin enterarse que él no apartaba su atención de ella. La seguía con mirada de águila, ansioso por estar a su lado.
Sin embargo, al caminar hacia el baño, pasó junto las escaleras que dirigían al primer piso.
Verlas le trajo a la mente su angustia de minutos antes: Dairus en el piso superior, Ángelo conversando con Norman Roberson y con Jeremy en el patio y el interés de todos por saber detalles del barco recuperado por Adrián.
Sin pensarlo dos veces se desvió de su camino y subió las escaleras. Aquel era su momento de averiguar más sobre lo que sucedía entre esos hombres.