Capítulo 54. Extraña conversación.
La fiesta seguía su curso en medio de sonrisas radiantes, murmullos mal disimulados y conversaciones cargadas de acuerdos y negociaciones, mientras el reflejo de los diamantes, del oro y de la ropa de diseñador se exponía en todas direcciones con ayuda de los espejos.
—Entonces —comenzó Dairus, aceptando un vaso de licor que le ofreció un mesonero—, ¿Cómo Adrián pudo recuperar ese barco?
La pregunta fue directa. Elena lo observó con reproche por encima de su copa mientras daba un trago a su agua.
—Supongo que con insistencia —dijo alzando los hombros—. No me reveló detalles.
—Curioso —comentó Ángelo, mirándola con fijeza—. Uno pensaría que, con la cercanía que tienen, sabrías al menos el nombre del puerto de destino.
El tono no era inocente. Elena sintió la provocación, pero mantuvo la compostura.
—No formo parte de su equipo de trabajo, solo soy la niñera de sus hijos —replicó—. Y aunque lo supiera, tampoco creo que deba estar dando explicaciones sobre rutas comerciales en una fiesta.
Ambos hombres intercambiaron una mirada.
—Hay pocos puertos viables para un barco de gran envergadura en este estado —comentó Jacob—. Si el barco corrigió su destino, podría llegar al puerto de Seattle.
—O tal vez Tacoma —agregó Dairus, pensativo—. Allí se especializan en descargas de ese tipo de mercancía.
La conversación tomó de pronto un cariz técnico. Elena los escuchaba sin interrumpir, inquieta no por el contenido que tocaban, sino por la urgencia con la que hablaban. Como si para ellos cada artículo trasportado en ese barco importara.
—¿Por qué no le preguntan directamente a Adrián sobre esos detalles? —se atrevió a preguntar, interrumpiéndolos.
Todos la miraron con sorpresa y recriminación.
—Adrián no es precisamente una persona abierta —dijo Dairus—. Le gusta guardarse información como si todos tuviésemos intereses ocultos.
—¿Y no los tienen?
Su provocación hizo que el hombre la observara con los ojos achicados.
—Nuestro dinero también está dentro de ese barco —justificó Ángelo—. Por eso tenemos derecho a conocer detalles.
Elena sintió una punzada de contradicción.
Como socios tenían derecho a saber, eso era lógico, pero algo en la forma en que hablaban no sonaba a simple preocupación financiera.
Además, mientras el barco estuvo perdido sus expresiones había sido de burla y no de angustia, solo se interesaron en él ahora que había aparecido.
—Tal vez Adrián prefiere confirmar todo antes de compartirlo —se aventuró a decir.
Jacob soltó una risa breve.
—O tal vez le gusta atrapar la atención de todos con sus intrigas.
El silencio fluyó entre ellos un instante.
—Si ese barco entra por el puerto equivocado, podríamos tener un problema serio —habló Dairus con verdadera expresión de preocupación. Elena apretó el ceño, confusa.
Los hombres comenzaron a discutir con menos cuidado en disimular la tensión. Mencionaban nombres de personas en diversos puertos a quienes podían solicitar información, aunque siempre había un «pero» que impedía que cada idea fuese efectiva.
«Pero ya ese hombre no trabaja allí», «pero ya no tengo relación con esa persona», «pero su área de trabajo no es la que necesitamos»… no tenían forma de lograr un consenso.
—¿Y si el barco ya cambió el código? —intervino Jacob—. Adrián es capaz de hacerlo si quiere ocultar el destino para evitar más saboteo.
La conversación subía y bajaba de intensidad. Elena permaneció en silencio, impactada por el camino que aquello tomaba.
Ángelo se percató de la forma en que ella los veía, como si estuviese grabando todo en su memoria. Tomó a Dairus de un brazo y se apartó con él para decirle algo, eso la incomodó y la asustó al mismo tiempo.
Tal vez se percataron que habían hablado de más frente a ella.
Para disimular su interés, Elena se volvió hacia Jacob, y empezó a comentar trivialidades sobre la decoración del salón, del clima o de cualquier otra cosa que justificara su permanencia allí.
Pero su atención no estaba en el hombre. A través de los espejos ella podía vigilar la conversación entre Dairus y Ángelo. Ellos se habían puesto tras las espaldas de ella, sin recordar que a través de los espejos igual podía verlos.
Hablaban con los rostros tensos. Ángelo gesticulaba con rabia reprimida y Dairus asentía, aunque su expresión no era de tranquilidad o reserva, sino de resentimiento.
En un momento, ambos miraron hacia Adrián, que seguía conversando con los socios chinos. Luego Ángelo señaló con discreción hacia las escaleras laterales que conducían al piso superior de la mansión. Allí estaban las habitaciones privadas y las oficinas de Miles Royce.
Dairus asintió y casi enseguida se dirigió a ese lugar. Ángelo, en vez de regresar con ellos, se alejó hacia el lugar donde se encontraba Jeremy y Norman Roberson y comenzó a hablar con ellos de manera confidencial, buscando marcharse hacia el patio.
En ese punto, Elena estaba al borde de la ansiedad.