La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 52. Salvada.
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Capítulo 52. Salvada.

Miles Royce tomó a Elena por la cintura con una mano y la guio hacia el borde de la pista. En dirección contraria a donde se encontraba Adrián.

—Creo que ya es momento de devolverte con tu acompañante —dijo con sonrisa perversa—. No quiero que Jacob piense que te he secuestrado.

Elena asintió, todavía con el pulso acelerado. Apenas lograron salir de la pista cuando una figura se interpuso en su camino.

—Miles.

La voz de Adrián era grave y controlada. No había prisa en su tono, pero sí una autoridad natural que hacía que el entorno pareciera acomodarse a su presencia.

Elena sintió cómo el corazón le daba un vuelco. De pronto estaba frente a él, viéndolo imponente y elegante, con esa calma peligrosa que solo aquel hombre sabía sostener.

Los ojos de Adrián se posaron primero en Miles, pero enseguida regresaron a ella.

La recorrió de pies a cabeza sin pudor, como si el mundo a su alrededor se hubiera desdibujado.

El vestido le quedaba como si fuese agua en su cuerpo y la piel que quedaba al descubierto resultaba hipnótica, era imposible apartar la vista de ella.

Además, La manera en que la mujer se erguía parecía capturar su atención con una intensidad estremecedora.

—¡McGrath! No esperaba verte aquí —habló Miles, con ensayado semblante de sorpresa—. Isabella nos comentó que estabas siguiendo un barco con retraso.

—Así era —respondió Adrián—, pero el asunto ya está resuelto. El barco retomó su rumbo correcto y está por llegar a puerto.

El impacto fue inmediato. Miles alzó las cejas, claramente impresionado, y Jacob, que se había acercado apenas descubrió su presencia en la fiesta, se tensó de manera imperceptible.

Elena notó algo más, una rápida e inquieta mirada que Miles compartió con Norman Roberson y con Jeremy Cohen, que a los hombres los puso en alerta.

—¿Así de sencillo? —preguntó Jacob, intentando sonar relajado—. Había muchos rumores sobre desvíos por culpa de tormentas.

—No hubo ninguna tormenta —aseguró Adrián con frialdad—, pero no es un tema que me interese discutir esta noche. Solo vine a relajarme.

Se fijó en Elena como si nada más existiera en ese salón. Estiró una mano hacia ella, logrando que la mujer enseguida apoyara allí la suya. Los dedos del hombre se cerraron a su alrededor con una firmeza posesiva.

—¿Bailas conmigo?

Elena no dudó.

—Claro.

Jacob forzó una sonrisa, Miles dio un paso atrás con elegancia y los dejó ir. Sin embargo, Elena podía sentir las miradas clavadas en su espalda mientras Adrián la conducía hacia la pista.

Una vez lejos de los demás, la música los envolvió de nuevo. Él apoyó una mano en su cintura atrayéndola con un gesto seguro.

—Estás demasiado hermosa —murmuró cerca de su oído—. Si hubiese sabido que te verías así, no te habría dejado venir a esta fiesta.

Elena sintió que el rostro se le encendía.

—¿Dejarme? —replicó, alzando la vista con una sonrisa desafiante—. No puedes impedirme nada. Igual habría venido.

Al hombre le brillaron los ojos. Le gustaba su tono desafiante y la chispa de autonomía que se reflejaban en las pupilas de ella.

—Me gusta cuando me retas —admitió—, pero no cuando todos te miran de esa forma.

Elena repasó con disimulo los alrededores notando decenas de ojos afincados en ellos, tanto de hombres como de mujeres. Algunos los observaban con curiosidad y otros con abierta admiración.

—¿Estás celoso? —preguntó, divertida.

—Sí —respondió sin rodeos—, aunque me controlo. Porque sé que el único aquí que te quitará ese vestido esta noche seré yo.

La frase le recorrió la piel como fuertes llamaradas. Elena tragó saliva, sintiendo una oleada de calor agitarla por dentro.

—¿Viniste solo por mí? —susurró—. ¿De verdad tu barco ya va hacia un puerto seguro?

Adrián apretó un poco más su mano.

—Sí, La Guardia costera ya ubicó el barco y lo escoltan hacia el puerto, pero tuve que dejarlo todo cuando mis hijos me llamaron.

—¿Los trillizos te llamaron? —preguntó extrañada.

—Me dijeron que escucharon a Jacob hablando por teléfono antes de encontrarse contigo, diciendo algo extraño en tu contra. Pensaron que estarías en problemas, así que me suplicaron que viniera en tu rescate.

Elena se detuvo un segundo, obligándolo a mirarla.

—¿Qué? —exclamó, indignada y preocupada a la vez—. ¿Ellos hicieron eso?

—Estaban muy alterados —expuso Adrián y la motivó a seguir con el baile para disimular—. No quise correr riesgos.

Por un instante, Elena sintió una mezcla de emociones que la desbordó. Molestia por la intromisión, miedo por lo que podría haber dicho Jacob y una ternura profunda que le apretó el pecho.

—Son unos exagerados —murmuró, pero no pudo evitar sonreír.

Adrián la observó con atención.

—Te quieren. Mucho más de lo que imaginé.

Ella bajó la mirada, conmovida.

—Yo también los quiero, pero… ¿qué escucharon decir a Jacob que te hizo dejarlo todo y venir a esta fiesta?

Él endureció la mandíbula y siguió bailando teniéndola más cerca. Lanzó miradas evaluadoras en diversas direcciones.

Elena no solo descubrió que vigilaba a Jacob y a Miles, que hablaban en susurros al final de la pista de baile, sino que también parecía hacerlo de Norman y Jeremy, que seguían juntos conversando de manera discreta; y de Dairus y Ángelo, que se mostraban incómodos por la presencia del hombre en el salón.

Al terminar la música, ellos se quedaron de pie, frente a frente, en medio de la pista. Él seguía repasando los alrededores como si buscara ubicar a alguien más.

—Adrián —dijo Elena en voz baja—. Algo no me gusta de esta noche.

Él asintió con seriedad.

—A mí tampoco.

Tomó la mano de la mujer con firmeza, entrelazando los dedos de una forma posesiva.

—Intenta no separarte mucho de mí —ordenó, con un tono tan firme que la hizo estremecer.

Adrián sabía algo, por eso no había querido asistir a ese evento. Acudió por solicitud de los trillizos, en una «misión de rescate» que ella aún no comprendía, pero que la tenía conmovida.

Le gustó saberse importante para todos ellos, sobre todo, para el hombre, a pesar de saber que esas emociones no debía sentirlas.

Lo siguió fuera de la pista de baile para reunirse con el anfitrión sin que sus manos se soltaran ni un segundo. Cada uno era la piedra en que el otro se sostenía en medio de aquel mar agitado y peligroso, habitado por infinidad de enemigos.