Capítulo 51. Vigilancia.
Elena seguía en la pista de baile con Miles Royce, guiada por los acordes elegantes, y casi hipnóticos, de la música. Rodeada de reflejos infinitos y de miradas que parecían multiplicarse en los espejos como testigos indiscretos.
—Debo decirte algo —comentó Miles mientras bailaban—. Fuiste muy valiente hace un momento, cuando hablabas con Norman Roberson.
—¿Valiente? —consultó con las cejas arqueadas.
—Insultarlo en público no es algo que hace cualquiera. Él es un hombre de carácter y con memoria larga.
Ella sintió un leve escalofrío, pero no bajó la mirada.
—No lo insulté —corrigió—. Solo dije la verdad.
Miles rió con suavidad.
—Eso suele ser peor. Aun así, te confieso que me gustó. Veo que no te dejas intimidar.
Elena no respondió. Se concentró en seguir el compás y mantener la compostura. Había demasiadas miradas que seguían cada uno de sus movimientos.
—Dime algo —continuó Miles, bajando un poco la voz—. ¿Siempre has sido así de protectora?
—¿Protectora de qué? —preguntó ella, con cautela.
—De lo que esté bajo tu cargo, como por ejemplo, los trillizos McGrath —dijo sin rodeos—. Nunca había visto a una niñera defender a esos chicos con tanta vehemencia. Mucho menos frente a socios, inversores o enemigos potenciales.
Elena sintió cómo la sangre le subía al rostro. El comentario la descolocó.
—Son buenos niños, dulces e inteligentes. Han pasado por mucho. Perder a una madre es un dolor muy fuerte, más aún, siendo tan pequeños.
—¿Tú perdiste a la tuya?
Elena quedó en silencio, algo pálida por aquella pregunta. No podía revelar detalles de su vida que ayudaran a que descubrieran su verdadera identidad.
Por unos segundos compartió una mirada con Miles, inquietándose por la forma inquisitiva en que él la veía.
—Esos chicos no solo son rebeldes por falta de madre —siguió el hombre, ignorando el hecho de que su pregunta anterior no tuvo respuesta—. También les falta su padre. Nadie los controla.
Ella frunció el ceño de inmediato.
—Eso es falso. Ellos tienen un padre, uno que se preocupa por ellos, aunque… a su manera —trató de justificar a Adrián.
—Tienes razón. McGrath trabaja demasiado, así que les dedica un tiempo limitado, según sus posibilidades. El problema es que eso no es suficiente, menos cuando los chicos no tienen otra figura de qué sostenerse.
Elena sintió una punzada de incomodidad, seguida de una necesidad casi visceral de contradecirlo.
—Hace lo mejor que puede —rebatió, con firmeza—. Todo lo que hace es por ellos, para que no les falte nada, y los niños lo saben. Por eso lo quieren y lo respetan tanto.
Miles se detuvo apenas un segundo, sorprendido por la intensidad de su respuesta.
—Vaya —murmuró—. Los defiendes como si fueran tu familia.
Elena se dio cuenta demasiado tarde de lo reveladoras que podían sonar sus palabras, del cariño inmenso que comenzaba a mostrar no solo por los niños, sino por el padre, a quienes inevitablemente comenzaba a sentir como suyos.
—He compartido mucho con ellos este tiempo. Solo me importan, nada más.
Miles inclinó la cabeza, estudiándola.
—Deberías tener cuidado con eso, Elena —advirtió—. Aquí, en este mundo, ser tan abierta puede volverse peligroso. Alguien podría pensar que entre tú y los McGrath hay algo más. Algo que no corresponde.
El comentario la inquietó. No por el qué dirán de la gente, sino porque la verdad que él revelaba le resultaba incómoda. Otros podían percatarse del lazo emocional que crecía entre ella, Adrián y los niños. Uno que no debía existir a causa de su necesidad de venganza.
—No hay nada indebido —afirmó—. Solo trabajo y cariño sincero.
—Eso espero —replicó Miles, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
El silencio entre ellos se volvió denso durante un par de compases, hasta que él volvió a hablar con tono casual.
—Por cierto, ¿sabes algo más del barco que Adrián está vigilando?
Elena lo miró de inmediato.
—¿Cómo dice?
—El cargamento —insistió—. Me preguntaba si sabes por dónde va ahora, o conoces el puerto al que llegará. ¿Adrián ha hablado de eso frente a ti?
La alarma se encendió en su interior. Hasta ese momento, la conversación había sido incómoda, pero ahora había cruzado una línea preocupante.
—No sé nada de eso —respondió con frialdad—. Adrián no comparte asuntos de trabajo conmigo. Solo nos informa, al mayordomo y a mí, dónde está y qué hace para que sepamos cómo ubicarlo en caso de alguna emergencia.
Miles sostuvo su mirada, como evaluando si decía la verdad.
—Claro. Lo pregunté solo por curiosidad.
Pero Elena ya no se sentía tranquila. Aquello no había sido simple curiosidad, sino una exploración. Un interrogatorio disfrazado de charla ligera.
Dejó vagar la mirada por el salón para controlar sus emociones y no demostrar lo furiosa que se sentía.
Notó a Jacob al otro lado de la pista, observándolos con una fijeza que no intentaba ocultar.
Un poco más allá, Jeremy Cohen cuchicheaba algo al oído de Norman Roberson, ambos sin apartar los ojos de ella.
Y cerca de uno de los espejos, Dairus y Ángelo conversaban en voz baja, atentos a cada movimiento suyo.
Elena sintió que el aire se volvía más pesado. Odiaba sentirse evaluada, que midieran cada uno de sus pasos como queriendo predecir sus próximas acciones.
—¿Todo bien? —preguntó Miles.
—Sí —mintió ella—. Solo… este lugar marea un poco.
—Eso es por los espejos —comentó él con una sonrisa traviesa—. A muchos les pasa, pero a mí me gustan porque me permiten ver desde todos los ángulos.
Elena lo miró de reojo, casi con amenaza. Miles Royce la llevó a la pista solo para analizar e interrogarla. Era imposible esconderle alguna expresión porque él se valía de los espejos para verla y conocer cada uno de sus cambios.
Ese baile había sido una trampa. La fiesta en su totalidad lo era. Aquel era el escenario que el hombre utilizaba para conocer las verdades de sus invitados, unas de las que luego se aprovechaba para manipularlos.
La música paró y ella sintió alivio. Necesitaba alejarse de él y de todos allí. Entendió que fue un error aceptar esa invitación, porque a través de ella esos hombres averiguaban verdades de Adrián que luego pudiesen usar en su contra.
Como el hecho de que mantuviese una relación oculta con la niñera de sus hijos.
Iba a disculparse con Miles para escapar de nuevo al baño, donde no hubiese espejos que la delataran y así controlarse y pensar con claridad, pero sintió una presencia que reconoció incluso antes de girarse.
Adrián acababa de entrar al salón. Su corazón dio un salto involuntario cuando lo vio.
Vestía un traje oscuro, impecable, que realzaba su figura y endurecía aún más sus facciones. Su expresión era contenida, tensa, como si hubiera cruzado la puerta con una intención clara. Con un motivo único.
Sus ojos, oscuros y voraces, se clavaron en ella sin vacilar. Atravesaron la pista, los cuerpos y los reflejos hasta alcanzar a la mujer.
—Parece que tu jefe llegó —le murmuró Miles al oído.
Elena no respondió. Apenas podía respirar.