La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 50. Un zorro viejo.
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Capítulo 50. Un zorro viejo.

Al terminar el baile, Jacob la condujo hacia la barra. El hombre quería pasearla por los lugares más concurridos para que lo vieran con ella, jactándose de su compañía.

—¿Te provoca algo para beber? —preguntó con galantería.

—Solo agua.

Él asintió y pidió al barman un whiskey para él y agua para la mujer.

—¡Jacob! ¡Qué gusto verte por aquí!

El saludo repentino de Miles Royce llamó la atención no solo del hombre, también de Elena.

Al girarse, ella quedó frente a la sonrisa chispeante del anfitrión, que la observaba con cierta sorpresa y mucha curiosidad. Aunque Elena perdió la sonrisa al descubrir a la persona que lo acompañaba.

Se trataba de Norman Roberson, quien la veía con una expresión dura, sin molestarse en disimular su desagrado.

—¡Miles! —saludó Jacob—. Gracias por la invitación. Permíteme presentarte a Isabella Reed, mi compañera de esta noche.

Miles clavó los ojos en ella de inmediato, con un interés tan abierto que la obligó a tensar los hombros.

—Isabella —repitió con dulzura en la voz—.

Claro que sé quién eres, la niñera de los McGrath que se lanzó a la montaña en medio de una tormenta feroz en busca de dos de los trillizos de Adrián.

Me alegra mucho verte, de verdad. Hiciste que mi fiesta pasada, a pesar de haber sido interrumpida por la tormenta, fuese todo un acontecimiento por tu muestra de valentía.

Ella se sintió avergonzada.

—No fue gran cosa. No sé por qué hacen tanto alboroto por eso.

Miles soltó una pequeña risa.

—¿Cómo que no fue gran cosa? ¡Fue toda una acción heroica!

No te importó tu ropa elegante, ni tu maquillaje perfecto, el peinado o los zapatos.

Hiciste todo lo necesario para poner a salvo a esos chicos.

Ninguna mujer que conozco haría un sacrificio de ese calibre y mucho menos, frente a tantos invitados distinguidos.

Ella se sintió más avergonzada.

—Solo me importó el bienestar de los niños que estaban a mi cargo, no la opinión de los demás.

—Eres una excelente niñera. Si algún día tengo hijos, te aseguro que te contrataré para cuidarlos. Contigo a su lado no necesitaran de guardaespaldas o algo por el estilo —bromeó, siendo el único que se carcajeó de su gracia.

Jacob tan solo sonrió divertido, pero ni ella ni Norman mostraron un poco de diversión. Ambos lo que hicieron fue compartir una mirada dura.

—Adrián nunca quiso aceptar mi ayuda para cubrir los gastos médicos de su hijo —siguió Miles—. Insistí, pero fue imposible convencerlo. ¿Cómo sigue Leo?

—Está muy bien —respondió la mujer—. Se recupera rápido. Ya camina con muletas y el médico está conforme con su progreso.

—Me alegra oír eso —dijo Miles con sinceridad—. Los niños merecen tranquilidad.

Norman Roberson carraspeó, como si esa frase le hubiese resultado insoportable.

—¿Tranquilidad? —consultó con tono áspero—. Mis hijos no la tuvieron y todo por culpa de los trillizos conflictivos de Adrián McGrath.

Elena sintió cómo se le encendía algo en el pecho. Miró a Norman a los ojos, con firmeza.

—Con todo respeto, señor, pero sus hijos no fueron precisamente víctimas inocentes ese día. Los McGrath lo que hicieron fue defenderse de su acoso. Desde que llegamos, sus hijos estuvieron molestando a los trillizos por razones incomprensibles.

Norman frunció el ceño.

—¿Está diciendo que mis hijos son los culpables de lo sucedido? —exclamó, indignado.

—Estoy diciendo que no fueron los únicos responsables —respondió ella—. Que reduzca todo a los «trillizos conflictivos» es injusto y simplista. Ese problema no fue solo de ellos.

Norman se irguió, dispuesto a discutir.

—Usted no sabe nada de esos trillizos, de lo que son capaces de hacer. Ni conoce a mis hijos. No tiene derecho a…

—¡Norman, por favor! —interrumpió Miles con un tono que no admitía réplica—. No es el lugar ni el momento para mantener estas discusiones. Deja a la señorita en paz.

El hombre apretó la mandíbula con enfado. Retrocedió un paso y desvió su mirada enfurecida a cualquier otra parte del salón para no seguir desafiando a la mujer y así no recibir otro regaño.

—Cariño, ¿me concederías una pieza de baile? —pidió Miles a Elena—. Puedo bailar al menos un tema con ella, ¿cierto? —preguntó por diplomacia hacia Jacob. Él asintió con la cabeza.

—Claro, aquí la esperaré —aseguró él, recibiendo en ese momento su whiskey y el agua.

Miles sonrió con amplitud y le ofreció la mano a Elena. Ella dudó un segundo, consciente de la mirada inquisidora de Jacob y del enojo casi palpable de Norman, pero igual aceptó. Miles la condujo hacia la pista con naturalidad, como si ese siempre hubiese sido su plan.

—Espero no te hayas incomodado por lo sucedido hace unos minutos —opinó el anfitrión cuando comenzaron a moverse—. Norman puede ser algo intenso cuando se trata de sus hijos, pero es una buena persona.

Ella resopló, tratando de controlar su enfado.

—El hecho de que sienta gran orgullo por sus hijos, no le da derecho a hablar mal de los hijos de otro. Eso es inmaduro. Yo la verdad desconfiaría de un hombre que es capaz de golpear a una mujer o de humillar a un niño.

Miles sonrió, impactado por sus palabras.

—Tienes un gran carácter y mucha agudeza para analizar a las personas.

Además de valentía no solo para proteger lo que te importa, como las leonas, sino para dar tu opinión sin preocuparte por las consecuencias.

No es común encontrar en este mundo a una mujer tan hermosa y con una personalidad tan arrolladora como la tuya.

—Cuando hablas de este mundo, ¿te refieres a este que te rodea? —dijo Elena, refiriéndose a su círculo social, el que asistía a sus fiestas—. Quizás aquí no encuentres a mujeres como yo, pero si sales al mundo real, descubrirás que somos muchas.

Él aumentó la sonrisa.

—Eres única, cariño. Créeme que es así. Sé de lo que hablo.

Ella no respondió. Se dejó guiar por la música consciente de que Jacob los observaba desde la barra, con una mezcla de orgullo y recelo. Y Norman permanecía inmóvil a su lado, destilando su enojo a través de sus ojos.

—Adrián debió estar aquí —comentó Miles de pronto—. Siempre me pareció curioso que evite estos eventos.

—Tiene otras prioridades —contestó ella—. No todo gira en torno a fiestas y proyectos personales.

Miles inclinó la cabeza, como si aceptara el golpe.

—Tocas un punto sensible —admitió—. Pero créeme, mis proyectos no son solo para enriquecernos. Este mundo se mueve por alianzas y por saber con exactitud con quién bailar.

Elena no comprendió sus palabras, pero le parecieron sospechosas. No podía confiarse en ese hombre. Miles Royce era un zorro viejo, que conocía muy bien el terreno por el que se movía.