Capítulo 48. Gestos de burla.
Elena entró del brazo de Jacob Pierce a la mansión de Miles Royce. Apenas cruzó el umbral del salón principal, sintió el peso de las miradas caer sobre ella.
No era una entrada discreta, pero es que nada en esa casa lo era. El salón había sido decorado para impresionar. Espejos altos y pulidos hasta el exceso se diseminaban por los rincones reflejando luces cálidas y figuras elegantes desde todos los ángulos posibles.
Candelabros de cristal colgaban del techo, multiplicándose hasta el infinito en los espejos, como si el lujo no quisiera quedarse corto en ninguna dirección.
Cada invitado parecía duplicarse, o triplicarse, como si la riqueza necesitara verse a sí misma una y otra vez para creerse real.
Jacob caminaba erguido y orgulloso. Su brazo firme sostenía el de Elena con una familiaridad casi posesiva. Ella avanzaba con la espalda recta y el mentón alto, obligándose a no mirar el suelo, aunque por dentro el estómago le daba un vuelco.
Sabía que estaba siendo observada.
—¿Quién es ella? —susurró una mujer, sin molestarse en bajar demasiado la voz.
—¿Será la nueva novia de Pierce? —respondió otra—. No la había visto antes.
—Yo sí —intervino un hombre de cabello canoso—. ¿No es la niñera de los trillizos McGrath? ¿La que corrió a la montaña oscura en medio de la tormenta para rescatar a los niños?
Aunque Elena escuchaba los murmullos fingía no hacerlo. Algunas miradas eran apreciativas, pero otras, inquisitivas. Las mujeres, sobre todo, la evaluaban de pies a cabeza, midiendo el vestido, el cuerpo y la seguridad con la que caminaba.
Ella podía descubrir envidia en varios de esos ojos, una incomodidad mal disimulada.
A pesar de que eso la intimidaba se mantenía imperturbable, sosteniéndose del recuerdo de lo que había ido a buscar. Estaba allí por su misión, por sus padres y por la venganza que tanto anhelaba, no por agradar a esa gente. Jacob, en cambio, parecía crecerse con cada mirada.
—Te lo dije —murmuró el hombre cerca de su oído—. No pasamos desapercibidos.
Elena sonrió apenas, lo justo para cumplir con su papel.
—Eso parece. Podría decirse que somos el acontecimiento de la noche.
A cada pocos pasos, alguien se acercaba a Jacob para saludarlo. Recibía un apretón de manos por aquí y una palmada en el hombro por allá, mantenía conversaciones rápidas que buscaban algo más. Que querían era saber más de Isabella Reed, la niñera arrojada, presentarse e iniciar un contacto.
—Pierce, un gusto verte —dijo un hombre corpulento—. ¿Y esta belleza?
—Es Isabella, una gran amiga —respondió Jacob, sin soltar su brazo.
Hombres besaban los nudillos de Elena sin quitarle los ojos de encima, queriendo desnudarla con la mirada.
El salón era un laberinto de reflejos. Cada vez que ella giraba la cabeza se encontraba consigo misma desde otro ángulo. Con el vestido seductor y su expresión controlada. Por un instante sintió un escalofrío.
Los espejos le recordaban a aquellas casas de terror de su infancia donde uno avanzaba sin saber desde que dirección aparecería algún ser deformado.
A pesar de sus aprensiones se mantuvo lo más serena posible para iniciar sus relaciones personales, motivando charlas que podrían depararle algún detalle importante.
Los hombres allí solo hablaban de inversión, de los proyectos deportivos que Miles estaba preparando, de margen de ganancia, de publicidad y de mejores contactos en los próximos eventos que él pensaba realizar.
Por lo visto, esa fiesta, y la anterior a la que había asistido con Adrián, eran parte de una gira que el hombre realizaba a nivel nacional para captar a nuevos inversores. Parecía necesitar incalculables sumas de dinero para llevar a cabo sus proyectos.
Aunque no solo eso, también requería de la colaboración de un amplio grupo de empresas para desarrollar cada una de sus actividades, entre ellas, las de transporte y logística, como las de Adrián, o las de almacenamiento, como las de Jacob.
Por eso, muchos no dudaban en asistir y mostrarse disponibles.
—Participar en esos eventos no solo te deparará una buena ganancia, sino la posibilidad de formar parte de algo grande, de que estarás dentro de una lista de contactos influyentes en el ramo —porfió un hombre barrigón que no dejaba de beber vino.
—Entiendo que a nivel de status ayuda mucho, pero también hay que evaluar el tipo de personas que se involucran —rebatió Jacob—. El año pasado hubo varios empresarios que no dieron la talla y por poco se vino abajo uno de los proyectos. Hay que tener mucho compromiso, además de ganas.
Las discusiones se hacían cada vez más aireadas, Elena comenzaba a sentirse incómoda porque había temas que le costaba entender.
Algunos apoyaban las estrategias de Miles, pero otros no estaban de acuerdo.
El hombre en ocasiones no se medía con lo que planificaba y ya había tenido eventos que dejaron más pérdidas que ganancias.
Dairus Cohen de pronto se unió a la conversación, seguido por Ángelo Towsen.
Elena se inquietó al verlos, pero como pudo disimuló su estado.
Los acompañaban dos hombres más: uno alto, delgado, con un aire de suficiencia cansada, y otro más joven que poseía una sonrisa ladeada que no inspiraba confianza.
—Señorita Isabella Reed —saludó Dairus, inclinando apenas la cabeza—. Qué sorpresa verla aquí, y sin McGrath.
—Hoy es mi acompañante —expuso Jacob sonriente.
Dairus le dirigió una mirada de superioridad antes de ignorarlo, que a ella le pareció de mal gusto, pero nadie hizo algún comentario al respecto.
—¿Y Adrián? —preguntó uno de los hombres mirando alrededor, como si lo buscara—. Me extraña no verlo.
—Está ocupado con asuntos urgentes —expuso la mujer—. Un cargamento importante está por llegar de Europa y prefirió supervisarlo en persona.
—Ah —comentó el hombre más joven—. He oído de eso. El barco está retrasado, ¿no?
—Y desviado —agregó el otro—. Por una tormenta, dicen.
El más joven soltó una risa breve.
—Tormenta que no existe. Ya fue desmentida. No hay registros de nada serio en esa ruta.
Elena sintió cómo algo se tensaba en el ambiente.
Dairus y Ángelo intercambiaron una mirada rápida, que a ella le aumentó la desconfianza.
—No entiendo la angustia de McGrath —dijo Dairus, encogiéndose de hombros—. Estas cosas pasan todo el tiempo en los envíos internacionales. Tampoco es que vaya a perder gran cosa. Es un hombre con mucho capital.
—Exacto —añadió Ángelo—. Son gajes del oficio, pero él es terco como una mula. Cree que teniendo un ojo sobre ese barco impedirá que algo suceda.
—Adrián siempre ha sido un poco… exagerado —comentó el hombre alto, con una mueca burlona—. Se toma muy a pecho cada uno de los envíos que realiza.
Jacob asintió, riendo apenas.
—Es cierto. A veces se toma las cosas demasiado a pecho.
Elena sintió la sangre subirle a la cara.
—Pero es que no se trata solo de él —intervino, con voz firme—. Hay mucha gente que depende de ese cargamento. Empleados, contratos y compromisos médicos. No es una simple mercancía, por eso se preocupa tanto. No le gusta quedar mal a sus clientes.
Los hombres la miraron, sorprendidos por el tono.
—Vaya —dijo el más joven—. Hablas como si fueras parte del negocio.
—Quizá lo es —respondió Dairus, con una sonrisa que a ella le pareció incómoda.
—Es admirable la preocupación de Adrián —dijo Ángelo—. Pero el mundo empresarial no funciona con emociones. Él mejor que nadie lo sabe.
—No —replicó Elena, sin bajar la mirada—. Funciona con responsabilidades, y es el más responsable el que obtiene la confianza del cliente.
Gestos disimulados de burla se asomaron en los rostros de algunos de los hombres. Aquello enfadó a Elena. Incluso Jacob parecía divertirse, como si aquella tensión fuera un juego.
—No se haga mala sangre con lo que digan estos envidiosos, señorita Reed —habló el barrigón—. Es solo charla de negocios. Cuando no es tu dinero el afectado, dicen cualquier cosa.
Pero a ella no le pareció solo eso. Había algo más. Podía notar algo en las miradas que compartían y en la ligereza con la que hablaban de un asunto que sabían delicado que la hacía sospechar.
—Disculpen —dijo de pronto—. Necesito ir al baño.
No esperó respuesta. Se alejó del grupo con una cortesía tensa, oyendo sus débiles murmullos mientras avanzaba.
Pensó que, si esos hombres estaban en condiciones de reírse de una posible pérdida de ese calibre, era porque en cierto modo sabían algo. O ese hecho podría depararles algún beneficio que aún no querían demostrar.