La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 47. Misión de rescate.
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Capítulo 47. Misión de rescate.

Al caer la noche, luego de que los trillizos cenaran, Elena se encerró en su habitación para prepararse para la fiesta.

Después de bañarse y maquillarse, sacó del armario los dos vestidos de diseñador que Mónica había comprado años atrás y los puso sobre la cama para admirarlos.

Ambos eran dos hermosas obras de arte, pero ella se decantó por el rojo, que contaba con un escote muy sensual y le quedaba ajustado al cuerpo como si fuese parte de su piel.

Aquel había sido el que más le había encantado, solo que no lo eligió la vez anterior porque resultaba muy llamativo y atrevido y ella había acudido a la primera fiesta en la mansión de Miles Royce como la niñera de los trillizos McGrath, no como acompañante de Adrián.

Ahora era diferente, sería la compañera de Jacob Pierce, podía mostrarse más desinhibida y esa noche tenía ganas de ser coqueta. Pensó que de esa forma podría sacarle mucha información no solo a Jacob, sino a otros hombres. Era momento de ocuparse de sus asuntos.

Cuando estuvo lista y se vio en el espejo, este le devolvió una imagen que la hizo quedarse quieta.

El vestido se ajustaba a su figura con una naturalidad casi descarada, marcando curvas que ella solía esconder bajo ropa práctica y sencilla por vergüenza.

El escote, sin ser vulgar, la ayudaría a llamar la atención, y la falda terminaba con una caída elegante que le daba un aire seguro y distintivo.

—Bueno… —murmuró para sí misma—. Esta noche no soy la niñera, sino la detective —se dijo con una sonrisa perversa.

Se recogió el cabello en un peinado sencillo y se miró de perfil. Si iba a entrar en esa fiesta como la acompañante de Jacob, tenía que jugar el papel completo. Ser seductora e interesante, alguien a quien los hombres quisieran incluir en sus conversaciones.

Quizás así escucharía más de lo que decían, de los proyectos y de los nombres que se repetían en voz baja.

Salió de la habitación. En el pasillo se encontró con los trillizos.

Theo fue el primero en verla. Se quedó quieto, con los ojos abiertos de par en par.

Max alzó las cejas con una mezcla de sorpresa y desconfianza, y Leo, apoyado en sus muletas, inclinó la cabeza como si necesitara un segundo para asegurarse de que en realidad era ella.

—¡¿Vas a ir así?! —preguntó Max cruzándose de brazos y con el ceño apretado.

Ella se irguió acomodándose el vestido.

—Sí. ¿Me veo mal?

Ninguno de los niños supo qué responder.

—No, es que… —murmuró Leo, pero no pudo completar la frase.

—Te ves muy bonita, Isabella. Ese es el problema —expuso Theo con seguridad, sorprendiéndolos a todos.

—¿Es problema que me vea bonita?

—Claro, porque irás con Jacob —agregó el niño como si aquello explicara todo.

Elena lo miró confusa, aunque pronto mostró una sonrisa.

—Solo será por un par de horas, chicos. Me servirá para relajarme y despejarme un poco la mente.

Leo frunció el ceño.

—Él no me gusta —admitió.

Ella se sintió conmovida por las reacciones de los tres. No estaban molestos porque saliera, sino porque lo hiciera con un hombre ajeno a la familia. Ellos le demostraban más celos que su propio padre.

—Volveré antes de que se den cuenta —prometió, y les dio un beso en la frente a cada uno.

Los niños aceptaron su despedida de mala gana, como si no tuvieran otra opción.

—Señorita Isabella, el señor Jacob la espera en el vestíbulo —anunció Charles.

Elena sintió un salto en el corazón. Era hora de comenzar aquel show. Iba a dirigirse a las escaleras, pero recordó que había dejado sobre la cama el bolso y el chal.

—Por favor, Charles, dile que bajo en un momento —pidió al mayordomo recibiendo un asentimiento de él y regresó a su habitación.

Al quedar solos en el pasillo, los niños se miraron entre ellos, con ansiedad.

—Vayan ustedes, que pueden bajar las escaleras rápido —susurró Leo a sus hermanos—. Intenten averiguar algo.

Max y Theo corrieron al vestíbulo procurando que Charles no los viera mientras su hermano se diría con sus muletas a su habitación.

Jacob esperaba paciente, vestido con gran elegancia. Revisaba su teléfono móvil cuando Charles apareció.

—La señorita Reed vendrá en un momento. ¿Quiere pasar al salón?

—No, Charles, me quedaré aquí —respondió sin apartar sus ojos de la pantalla.

—¿Necesita algo?

—No, estoy bien. Gracias por preocuparte, puedes volver a tus tareas.

El mayordomo se despidió con una venia y volvió a la cocina, sin notar, que Max y Theo se habían colado entre unos muebles escondiéndose para vigilar al visitante.

Sin percatarse de la presencia de los niños, Jacob marcó con rapidez un número de teléfono una vez que Charles desapareció.

—Sí, ya estoy en la casa de McGrath. Él no está —dijo en voz baja y mientras lanzaba miradas hacia la puerta para asegurarse que estaba solo—. La llevaré conmigo, logré convencerla. La tendremos solo para nosotros.

Theo, desde su escondite, se tensó, y Max sintió un nudo en el estómago.

—No, ella no sospecha nada —continuó Jacob—. Allá la descubriremos. No tendrá escapatoria.

Cortó la llamada justo cuando Elena aparecía en el vestíbulo. Él quedó con la mandíbula desencajada al verla.

—¡Por Dios, mujer! ¡Estás hermosa! —exclamó repasándola con interés, y con unos ojos que brillaban por el deseo.

Elena sintió que las mejillas le ardían por la vergüenza.

—Gracias —respondió, cabizbaja.

Jacob guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta y se acercó, si quitarle la vista de encima.

—Eres preciosa, ya entiendo por qué Adrián te mantiene encerrada en esta mansión. Yo también lo haría.

Elena arqueó las cejas, impactada por sus palabras.

—No soy una damisela encerrada en el castillo de un ogro —bromeó, aunque muy seria—. Estoy aquí por trabajo, uno que disfruto bastante.

El hombre sonrió, divertido.

—Sí, supongo que disfrutas mucho el trabajo que haces aquí —dijo, con un claro tono de doble intención que a ella molestó y mientras volvía a repasarla de pies a cabeza, con hambre—.

Pero esta noche será mucho más divertida, ya lo verás.

¿Nos vamos? —preguntó, ofreciendo con caballerosidad su brazo.

Elena lo observó por unos segundos con recelo, aunque pronto se irguió buscando llenarse de valor y así aceptar su gesto e ir con él. Tenía una misión que llevar a cabo en esa fiesta.

—De verdad, Isabella, no sé cómo voy a concentrarme esta noche contigo a mi lado —pronunció el hombre saliendo de la mansión.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Intenta hacerlo. No quiero ser la culpable de que pierdas algún negocio importante.

Salieron juntos en medio de risas. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Max y Theo salieron de su escondite mirándose con alarma.

—¿Escuchaste lo que dijo ese hombre? —preguntó Max con la respiración un poco agitada.

—Sí —respondió Theo—. Lleva a Isabella a una trampa. Habrá otros hombres esperándolos, algo van a hacerle.

—No me gusta. No me gusta nada esto —expresó Max entre dientes, controlando su rabia.

Las frases: «La tendremos solo para nosotros», «Allá la descubriremos» y «No tendrá escapatoria», retumbaban en su cabeza como si fuesen martillazos.

—Subamos a la habitación de Leo para decidir qué hacer. No podemos dejar a Isabella sola en esto —dictó Theo con urgencia, logrando que su hermano asintiera y corrieran juntos hacia las escaleras.

Necesitaban planear una misión de rescate.