La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 46. La Gala de los espejos.
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Capítulo 46. La Gala de los espejos.

El amanecer estaba a punto de despuntar cuando Elena despertó al sentir movimientos al otro lado de su cama. Adrián se estiraba con ganas de levantarse.

Ella se giró y se acurrucó en su costado acariciándole el pecho, y enrollando sus piernas en las de él para así evitar que se marchara. Quería sentir más de su calor.

Adrián sonrió complacido y la abrazó besando su cabeza con ternura.

—Buenos días —dijo el hombre con voz ronca.

—Aún no es de día, quédate un poco más —pidió, ahora aferrándolo por la cintura.

Él respiró hondo y se acurrucó más a ella. Apoyó su cara en sus cabellos y cerró los ojos.

—Me gustaría quedarme aquí toda la mañana, pero no puedo.

—¿Por qué? —se quejó ella como una niña mimada.

—Tengo un cargamento que viene de Europa en barco.

Contiene maquinaria, insumos y piezas que no se consiguen en este país con facilidad.

Está retrasado y, por la forma en que se han movido las cosas, sospecho que alguien intenta desviarlo.

No sería la primera vez que eso pasa. Si no lo vigilo con atención, podría desaparecer.

—¿Desaparecer? —consultó la mujer, interesada, recordando las medicinas que su empresa debió trasportar y puso en riesgo la vida de mucha gente, entre ellas, su madre.

—Sí, podría perderse en el sistema, cambia de puerto, de documentación o de ruta. Y cuando te das cuenta, ya no hay forma de reclamarla. Es dinero que se esfuma.

Elena sintió un escalofrío. Recordó las cajas de medicamentos que nunca llegaban a tiempo, las llamadas desesperadas a los distribuidores y farmaceutas, las noches incómodas en los hospitales esperando tratamientos que se postergaban una y otra vez.

—¿Eso te preocupa? —consultó, soportando la amargura.

—Por supuesto. No solo es por mí dinero y por la reputación de mi empresa, sino porque mucha gente depende de esa mercancía. Negocios pequeños, inversionistas y empleados que requieren de esos equipos para continuar en sus puestos de trabajo.

Sus palabras la sorprendieron.

—No pensé que te importara ese tipo de cosas. Supuse que solo veías números que no querías que se redujeran.

—Los números representan cosas reales —insistió Adrián, ahora con los ojos muy abiertos, pero sin dejar de abrazarla—. Muestran la cantidad de personas, trabajos y consecuencias que conlleva cada cargamento.

Elena sintió que algo se movía dentro de ella, una duda que no sabía si quería alimentar.

¿Adrián de verdad se preocupaba por las consecuencias que esos retrasos podían generar en otros? ¿Por las vidas que se pondrían en riesgo si esa mercancía se perdía?

Ella respiró hondo, sin animarse a continuar hurgando en esa conversación. El tema agitaba malos recuerdos en su cabeza y dolores que aún no había logrado superar en su corazón.

—Entonces, ¿irás a la fiesta con Jacob esta noche?

La pregunta del hombre sacudió la mente de Elena, esfumando sus anteriores pensamientos y regresándola a la discusión que habían tenido la noche anterior en el despacho.

—Ya te dije que iré. Anoche le confirmé a Jacob por mensaje.

Él la soltó en medio de un gruñido de inconformidad, aunque no se bajó de la cama. Se quedó recostado boca arriba mirando con fijeza el techo.

—Es una gala elegante, ¿te lo dijo? Miles Royce la llama la Gala de los espejos.

Elena se inquietó. No tenía ropa para asistir a una fiesta tan elegante. Sus vestidos de fiesta no eran suntuosos, pero no tenía otra opción. Ya se había comprometido a asistir.

—¿La Gala de los espejos? Qué pretencioso.

—Miles la bautizó así porque, según él, es un espacio donde todos podrán verse reflejados en lo que quieren ser, no en lo que son.

Elena frunció el ceño.

—¿Y eso funciona?

—Son excentricidades que ayudan a mover marketing y publicidad.

Miles tiene un proyecto deportivo enorme entre manos.

No solo busca promocionar eventos en estadios, sino invertir en academias para formar a nuevos prospectos que le generen ganancias, así como centros de formación y ligas juveniles en varios países que capten talentos que refuercen a sus equipos.

Para eso necesita inversores con mucho dinero que sean desprendidos.

La Gala es su forma de reunirlos a todos en un ambiente que los haga sentirse parte de algo exclusivo. De esa forma no limitarán sus aportes.

—¿Y Jacob quiere entrar en eso? —consultó ella, curiosa.

—Claro que sí. Para él, y para muchos otros, estar cerca de Miles significa abrir puertas que su empresa aún no puede tocar sola. Contratos de transporte, logística internacional, patrocinadores… Es un salto grande.

Elena guardó silencio unos segundos, procesando la información.

—¿Y tú? —preguntó luego de unos segundos—. ¿Irás?

—No —reveló, bajando de la cama en medio de un suspiro—. Ya te dije, necesito vigilar el cargamento que está en camino.

Elena se giró de lado y apoyó la cabeza en el brazo para mirar con descaro el cuerpo perfecto y desnudo del hombre, que se movía de un lado a otro buscando su ropa.

—Entonces, mientras Jacob y otros empresarios intentan conseguir una buena oportunidad de negocios en la Gala, ¿tú vas a estar persiguiendo un barco?

—Sí, eso haré —respondió, y se giró hacia ella, aún desnudo, para permitirle admirarlo entero antes de que se pusiera los pantalones.

Elena sonrió. Adrián sabía lo que provocaba en ella y le gustaba acrecentarlo.

—Y yo voy a estar allí, viendo como toda esa gente compite por atención —expuso la mujer a modo de broma.

Pero Adrián no sonrió. Luego de vestirse se aproximó a ella apoyando las manos en el colchón, a ambos lados de su cabeza, obligándola a acosarse por completo de cara a él. Adrián se inclinó posando su rostro a centímetros del de la mujer.

—Ten cuidado, ¿sí? —pidió, de una manera tan seria y honesta que a ella la hizo estremecer. Se sintió especial, querida.

—Siempre lo tengo.

Se miraron en silencio. Había algo entre los dos, una mezcla de confianza y reservas que ninguno se atrevía a romper del todo. Como si ambos se debatieran entre entregarse por completo a lo que sentían o continuar con aquel juego mientras pudieran, sin asumir compromisos.

Adrián se inclinó aún más para darle un beso. Uno suave y juguetón, mordiendo sus labios con deseo.

—Iré a mi habitación a ducharme y cambiarme de ropa, luego saldré para la oficina —dijo, incorporándose.

—¿Ya te vas? ¿No desayunarás con los niños?

—No puedo quedarme más tiempo —aseguró caminando hacia la puerta—. No debo dejar la responsabilidad de ese cargamento en manos de otros. Perdí mucho más que dinero en el pasado al hacerlo. No cometeré de nuevo ese error.

Elena sintió un nudo en su pecho. Sin poder evitarlo pensó en Mónica McGrath, su esposa, que murió de la misma enfermedad que aquejó a su madre. ¿Acaso ella llegó a sufrir por el retraso y las pérdidas de las medicinas que le correspondían por su tratamiento?

—Para ir a la Gala puedes usar uno de los vestidos que Mónica compró y nunca usó —agregó él antes de irse—. Te quedan muy bien —dijo, y le guiñó un ojo antes de salir de la habitación.

Al quedar sola, Elena no pudo evitar pensar en el pasado, en su madre y en su padre, en la esposa de Adrián y en esos inconvenientes que se presentaban con los cargamentos que la empresa del hombre realizaba de un continente a otro.

¿Habría posibilidades de que Adrián no tuviese nada que ver en el retraso y la pérdida de esas medicinas? ¿Qué él fuese una víctima más en ese asunto como lo había sido ella?

Aunque su mente trataba de no pensar mucho en eso para no condicionar su investigación, su corazón se aferraba a esa idea como si fuese un gato colgado de un árbol, que clavaba sus garras en la madera con suficiente fuerza para que nada lo derribara.

Una parte de ella rogaba porque él fuese inocente, la otra intentaba seguir odiándolo. No sabía cuál terminaría con el corazón roto.