Capítulo 45. Suyos.
Elena bajó al comedor acompañando a los trillizos.
Leo caminaba con cuidado frente a ella. Se apoyaba en las muletas que ahora manejaba con cierta torpeza, aunque esforzándose por hacerlo bien.
Theo llevaba bajo el brazo una libreta llena de fichas de colores y Max no se separaba de su espada de madera.
Mientras se ubicaban en sus asientos, la puerta del comedor se abrió y Adrián apareció. Los niños dibujaron sonrisas en sus rostros, motivadas por el sobresalto emocional que les produjo ver a su padre en casa.
—Pensé que habían iniciado sin mí —bromeó él mientras se apresuraba a acercarse a Leo para ayudarlo a sentarse tomando las muletas.
—Acabamos de llegar —reveló Theo, ubicándose rápido en su puesto. Max dejó su espada en una mesa auxiliar y corrió a su silla.
Elena apretó los labios para no mostrar una sonrisa de satisfacción. Le gustaba ver la alegría en el rostro de los niños por tener a su padre cerca.
—¿Y qué me cuentan de nuevo? —preguntó Adrián luego de dejar las muletas contra la pared y dirigirse a su lugar, compartiendo una mirada cargada de deseo reprimido y ansiedad con Elena.
—El doctor me dijo ayer que debía caminar para aprender a usar las muletas —anunció Leo, con una sonrisa que le iluminaba el rostro—. Hoy nadie me ayudó a levantarme de la cama. Lo hice solito.
Adrián sonrió.
—Eso es bueno, pero por unos días no lo hagas estando solo. Ve despacio. No quiero que vuelvas a caerte.
El niño se irguió en la silla, hinchado por el orgullo.
—Yo me terminé todas las historietas que compramos el otro día —reveló Theo.
—¿Todas? —preguntó Adrián, sorprendido.
—Sí, ahora hago fichas de los casos. Los clasifico por pistas, sospechosos y resolución. Así puedo volver a ellos cuando quiera y usarlos en juegos con mis hermanos.
El hombre arqueó las cejas.
—Vaya, esa es muy buena idea. Le has sacado un gran provecho a tus libros.
Theo mostró una sonrisa de suficiencia, que compartió con sus hermanos. Max levantó el mentón, como si esperara su turno.
—Y yo fui esta semana a dos clases de esgrima. Charles me llevó —dijo—. Me gusta. El maestro dice que tengo buen equilibrio.
Elena sonrió, sintiendo ese calor familiar que le nacía en el pecho cada vez que los veía hablar de sus pequeñas conquistas.
—Me alegra que te guste, sabía que serías bueno en ese deporte. Vi que tenías buena técnica con la espada la vez en que le arrancaste un brazo al oso de peluche.
Los tres niños rieron divertidos mientras los empleados ponían los alimentos en la mesa. Adrián los observó a cada uno con atención, satisfecho con sus rostros relajados y felices.
Al fijar su atención en Elena, la encontró mirándolo con fijeza, con una calidez que a él lo hizo erguirse en la silla y elevar su pecho, como si fuese un pavorreal que mostraba su plumaje vistoso para obtener la atención de la hembra que pretendía.
Ella le regaló una diminuta sonrisa de aprobación y agradecimiento antes de enfocarse en su comida.
La cena fue mucho más agradable de lo que alguno de ellos hubiese imaginado, compartieron comentarios y risas que en ocasiones se convirtieron en sonoras carcajadas.
Mientras hablaban, Adrián no dejaba de lanzar miradas rápidas hacia Elena. Ella lo notaba, esa atención silenciosa le recorría la piel como una corriente leve. Intentó concentrarse en su comida y en escuchar a los niños, pero era consciente de cada movimiento de él.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Adrián a Leo luego de ayudarlo a subir las escaleras y ubicarse en la salita superior.
—Me duele menos —respondió—. Puedo mover la pierna sin que arda.
—Esa es una buena noticia. —Le dio una palmada suave en el hombro—. Vamos a salir a caminar juntos por el jardín cuando puedas.
Los ojos de Leo se iluminaron.
El hombre se sentó con ellos frente al televisor para compartir un rato de relax.
Theo se acomodó a su lado con las fichas, explicándole uno de los casos como si fuera una lección importante, y Max apoyó la cabeza en el sofá.
Escuchaba con atención lo que su hermano decía mientras jugueteaba con su espada de madera.
Elena los observó desde la puerta con el pecho rebosante de alegría. Verlos así le produjo un sinfín de emociones que le nublaron los ojos con lágrimas. Los sentía tan suyos que le costaba contenerse.
—Isabella, ven para que me ayudes a explicar eso de la interacción. Tú lo dices más sencillo —la invitó Theo.
Ella había sido quien le aconsejó al niño hacer las fichas usando preguntas y exponiendo las pistas de tal manera, que resultara un juego interactivo que podía disfrutar con sus hermanos. Así los motivaba a que hicieran cosas juntos y no fuesen tan individualistas.
La mujer se sentó frente a ellos, en la mesa de centro, y ayudó a Theo a explicar las normas del juego para intentar hacer una ronda los cincos juntos. Todos se dispusieron a participar.
El momento fue tan íntimo y especial que aumentó el deseo en Adrián. Él comenzaba a amar esos instantes compartidos con ella y sus hijos, donde se comportaban como una verdadera familia.
Los trillizos reían y se sentían tan a gusto y tan confiados que sus ceños se estiraban mostrándose como los niños pequeños que eran y no como unos miniadultos que debían mantenerse en alerta constante para no ser doblegados.
—¿Cómo sabes tanto de juegos de preguntas, Isabella? ¿Lo aprendiste en la universidad? —preguntó Leo, fascinado por la facilidad con que ella había explicado las reglas de aquella actividad.
—No, me lo enseñó mi madre. Ella era maestra y le encantaba hacer juegos para enseñar cualquier tema —respondió, estando distraída ayudando a Leo a organizar las tarjetas.
—¿Maestra? —consultó Max—. ¿Y cómo se llamaba?
—Cómo yo —dijo sin pensarlo, aunque pronto se dio cuenta de su error, sintiendo como la sangre se le congelaba en las venas.
—¿Se llamaba Isabella? ¿Cómo tú? —preguntó Max.
Ella lo observó con vergüenza. Odiaba tener que mentirles, pero no podía permitir que descubrieran su mentira.
—Sí… como yo —repitió, y por instinto lanzó una mirada hacia Adrián.
Él mantenía sus ojos fijos en ella. La veía no solo con deseo, sino con algo adicional que ella no supo traducir, como si estuviese estudiando con detalle cada una de sus expresiones.
Se puso de pie buscando controlar sus nervios.
—Creo que es hora de dormir.
Los trillizos emitieron un quejido grupal, aunque se levantaron para dirigirse a sus habitaciones.
Adrián también se puso de pie para ayudar a Leo con las muletas. Elena aprovechó la ocasión para alejarse de él y atender a los otros dos niños.
Cuando se aseguró que estaban cómodos en la cama y a punto de dormirse, enseguida se fue a su habitación. No quería encarar al hombre. Aprovechó que él aún se encontraba con Leo para huir. El cansancio le pesaba en los hombros, en la cabeza y en el alma.
Al llegar, empujó la puerta para cerrarla, pero una mano firme la detuvo antes de que pudiera hacerlo.
Adrián abrió de nuevo y entró.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, sorprendida.
Él cerró y pasó el seguro buscando no hacer ningún ruido.
—Vine por ti —respondió. Sus ojos tenían una intensidad que la hizo estremecer.
Avanzó despacio, sin tocarla, hasta estar tan cerca que su calor la rodeó.
—No deberías haber venido —murmuró ella—. Tus hijos recién se fueron a la cama, quizás no han entrado en un sueño profundo.
—No me importa. Te necesito.
La distancia entre los dos se volvió casi inexistente. Elena podía sentir su respiración sobre su rostro. Él levantó una mano y rozó su mejilla con los dedos, apenas un contacto, pero lo suficiente como para hacerle cerrar los ojos.
—Adrián… por favor…
—Déjame —pidió él con la voz baja—. Esta noche quiero hacerte mía.
Elena no respondió. Sus manos encontraron la tela de la camisa del hombre y la aferró en sus puños dejando en claro que no permitiría que se alejara. Adrián se inclinó y apoyó la frente contra la de ella.
—No imaginas cuánta falta me hiciste —susurró.
Elena sintió un nudo en la garganta.
—Pero nunca viniste.
—Porque pensé que me rechazarías. —Él besó su mandíbula y cuello, haciéndola estremecer—. Estar lejos de ti fue una tortura. Un terrible castigo —susurró sobre su oreja, logrando que toda la piel de la mujer se erizara y ella emitiera un gemido que a él le aceleró aún más el corazón.
Se besaron, sin prisa, como si el tiempo se hubiera vuelto algo flexible. No hubo urgencia, solo esa conexión que los atrapaba una y otra vez.
Adrián la envolvió por la cintura con uno de sus brazos, para pegarla más a su cuerpo, mientras que con su mano libre la retenía por la nuca, para evitar que se alejara y apartara de él su boca adictiva.
Elena cerró los ojos, dejándose sostener, sabiendo que cada momento así hacía más difícil seguir adelante con lo que había planeado desde el principio. Pero quería ser suya, lo había anhelado con intensidad esos días de separación.
Lo necesitaba encima de ella y dentro, muy dentro, robándole el alma y el corazón.