La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 44. El aviso.
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Capítulo 44. El aviso.

Desde que había hablado con Jacob Pierce, Elena no paraba de pensar en su invitación a la fiesta privada que ofrecería Miles Royce.

No le gustaba deberle nada a ningún hombre y Jacob se sostenía de la deuda que ella tenía con él, por haber callado sobre la visita a la casa de los Ferguson, para convencerla de acompañarlo. Había pasado la noche recordándole ese asunto al pasarle mensajes de texto por móvil.

Si cancelaba su «deuda» con ese hombre, acompañándolo a esa fiesta, podría rechazarlo luego sin sentir ninguna punzada incómoda de culpa.

Pero, además, no podía ignorar que esa fiesta estaba organizada por el mismo círculo social por el que Adrián McGraht se movía, así como Jeremy Cohen y Norman Roberson.

Desde que había leído los documentos falsificados de Northstar Distribution Corp y descubrió la mala relación que Adrián tenía con todos ellos, su curiosidad no hacía más que crecer.

Necesitaba información para completar la que ya tenía y, sin acceso al despacho de Adrián porque todos en esa casa parecían tener más de un par de ojos, su única opción era escuchar, observar y recoger fragmentos de conversaciones como migas de pan que la guiarían hacia la verdad.

Esa fiesta le daría el mejor escenario para hacer ese trabajo. Perder la oportunidad de estar allí, entre esos invitados, sería catastrófico.

Salió del baño y caminó descalza hacia el clóset en busca de ropa. Sus pies aún le dolían un poco, ese malestar era un recordatorio de la noche en que se desató la tormenta y del bosque oscuro, pero el dolor físico era menor comparado con la inquietud que llevaba dentro.

Charles le había avisado que Adrián había llegado temprano a casa para cenar con ellos, después de una semana de desaparición, por fin se hacía presente. Debía aprovechar esa oportunidad para hablar con él sobre ese evento.

Sabía que esa conversación sería una batalla. Al parecer, Jacob no era una persona de su agrado, eso estaba claro desde la primera discusión. Pero aun así, no podía seguir aplazando su misión en esa casa. Si no avanzaba, todo lo que había sacrificado no tendría sentido.

Luego de vestirse, Elena se dirigió al despacho donde estaba Adrián. Encontró la puerta entreabierta. Al asomarse, lo descubrió sentado en su escritorio, leyendo unos documentos.

—Hola —saludó, abriendo un poco más y apoyándose en el marco.

Él levantó la vista, sorprendido. Por un instante, sus facciones se suavizaron, pero enseguida volvió a retomar esa expresión seria que se había vuelto habitual.

—Hola, ¿pasa algo con los niños?

—No. Están bien. Yo… quería hablar contigo. ¿Puedo pasar?

Él cerró la carpeta que tenía delante y se recostó en la silla.

—Pasa y cierra la puerta.

Ella obedeció y luego de hacer lo que le había pedido se acercó al escritorio con expresión pensativa, como si buscara las palabras correctas para iniciar aquella charla.

—Jacob Pierce me invitó a una fiesta privada mañana por la noche —soltó sin anestesia—. Dijo que está organizada por Miles Royce.

El nombre de Jacob tensó la mandíbula de Adrián al instante.

—¿Y por qué tendrías que ir con él?

—Porque le pedí un favor, ¿recuerdas? El de llevarme a mi casa por mis cosas y él… Tan solo quiero cerrar ese asunto y no deberle nada —expuso con una mueca de desagrado—. Además, tengo derecho, al menos, a unas horas libres. Para salir y relajarme con amigos.

Adrián se levantó de la silla con un semblante tenso.

—¿Amigos? ¿Eso llamas a Pierce?

Ella respiró hondo.

—No es asunto tuyo cómo lo llamo. Estoy aquí para informarte de mi salida, no para pedirte permiso. Igual voy a ir.

Él se aproximó a la mujer con pasos lentos, cautelosos, como un depredador que está en la cacería de una débil presa.

—Te exijo que no vayas con él.

—No puedes pedirme nada fuera de este trabajo —dijo Elena con la voz firme—. El hecho de que… —tragó saliva— que haya pasado lo que pasó entre nosotros no te da derecho a decidir sobre mi vida.

Adrián apretó los puños.

—Yo no te estoy exigiendo esto por simples celos.

—Claro que sí. Te molesta que vaya con Jacob, no que vaya a la fiesta.

—No le debes nada. Él se está aprovechando del favor que te hizo para manipularte.

—Sé cuidarme sola. Gracias por tu preocupación —respondió de mala gana, con los ojos brillándole por la rabia y se giró para marcharse.

Pero Adrián la alcanzó en dos pasos y la sujetó por los hombros obligándola a encararlo. El contacto la paralizó. Podía sentir el calor de sus manos a través de la tela de su blusa y la tensión en sus dedos.

Eso le produjo un escalofrío y la hizo suspirar de manera involuntaria. No se había percatado que extraña mucho su contacto.

—No entiendes —murmuró él, con voz baja, cargada de deseo—. Tengo derecho a negarte lo que sea porque eres mía. Me perteneces.

Elena abrió la boca para protestar, pero no tuvo tiempo. Adrián se inclinó y la besó.

No fue un beso suave ni medido. Fue una colisión, un choque de respiraciones y emociones reprimidas. Elena sintió cómo el mundo se reducía a ese instante, a la presión de su boca, al latido acelerado de su propio corazón.

Había echado de menos esa boca, más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sus manos, sin querer, se aferraron a la tela de la camisa de él buscando acercarlo y profundizar el beso.

Por un momento se olvidó de Jacob, de la fiesta, de su misión en esa mansión y de todo. Solo quería saborear sus labios, volver a sentirlos apoderarse de su voluntad.

Adrián se apartó apenas para recuperar la respiración, dejando apoyada su frente contra la de ella.

—No me gusta la idea de que vayas con él —dijo, casi un susurro.

Elena procuró controlar su respiración agitada.

—Y a mí no me gusta que intentes controlarme.

Sus ojos se cruzaron, cargados de algo que no era solo deseo, sino también desafío, miedo y una conexión que ninguno de los dos sabía cómo romper.

—Voy a ir a esa fiesta —repitió ella, manteniéndole la mirada.

Adrián apretó la mandíbula, como si se debatiera entre insistir en su negativa o reparar aquella discusión.

Estuvieron ahí por casi un minuto, hasta que Elena se dio la vuelta y salió del despacho con el corazón todavía acelerado y la mente envuelta en un torbellino de pensamientos y emociones.

Él no la detuvo, así que ella pudo llegar a las escaleras y dirigirse a su habitación sin mirar atrás, consciente de que había cruzado una línea que a no permitía el retorno.

No había marcha atrás. Debía enfrentar lo que había desatado.