La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 43. El pacto.
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Capítulo 43. El pacto.

Charles recorrió toda la mansión asegurándose de que las puertas y ventanas estuviesen cerradas y las luces apagadas. Los niños ya dormían en sus habitaciones y la niñera se había encerrado en la suya.

Adrián aún no había llegado de su oficina, pero se comunicó con él minutos antes para avisarle que se quedaría casi toda la noche afuera. Se había presentado un inconveniente con el barco proveniente de Europa, que no podía descuidar.

Luego de su minuciosa inspección se fue a su dormitorio, estaba muy cansado. Dio por terminada la jornada de ese día sin saber que para algunos aún no culminaba del todo.

Las puertas de las habitaciones de Max y de Theo se abrieron con gran suavidad. Ambos asomaron sus caritas al pasillo buscando adaptarse a las penumbras, para guiarse.

Con los pies descalzos y caminando en puntillas, como si fuesen ladrones, se dirigieron a la habitación de Leo. El niño los esperaba ansioso, despierto.

Apenas estuvieron dentro, cerraron la puerta y se apresuraron por subirse a la cama, cada uno a un lado de su hermano. No encendieron las luces, necesitaban mantener las penumbras para que no los descubrieran.

—Debemos hablar bajito —murmuró Leo—. Si Charles nos escucha, se acabó todo.

Theo asintió.

—Ya debe estar dormido —susurró—. Y papá no vuelve hasta mañana. Eso fue lo que oí cuando Charles habló con él por teléfono en la cocina.

Max se acomodó, cruzando los brazos sobre las rodillas.

—Entonces, empecemos.

—Cuéntanos, ¿qué escuchaste? —preguntó Leo a Max.

—Escuché a Isabella decirle a Jacob Pierce por teléfono que no podía ir a la fiesta porque estaba trabajando todo el día en esta mansión, pero creo que él logró convencerla luego, porque ella le aseguró que hablaría con mi papá. Quizás, para conseguir el permiso.

Theo frunció el ceño.

—¿La invitó a una fiesta?

—Sí, creo que será este fin de semana —continuó Max—. Ella no tenía muchas ganas de ir, pero dijo que eso serviría para distraerse.

Leo apretó la sábana con los dedos.

—Ojalá papá no la deje ir.

—Papá no puede negarle nada —rebatió Theo—. Las fiestas son en la noche, cuando nosotros deberíamos estar durmiendo. No es su horario de trabajo.

—Ese día no dormiré —soltó el niño con cara irritada—. Así ella no podrá ir.

Theo negó con la cabeza.

—De esa forma no lograremos impedir que vaya a esa fiesta, mucho menos, que se aleje de ese Jacob Pierce. Él está interesado en ella, insistirá de todas las formas posibles y lo hará en otras ocasiones más.

—¿Está interesado en ella? —consultó Leo, alarmado.

—El día en que estuvieron en la salita, cuando él vino de visita, lo vi hablándole a Isabella muy cerca, como si quisiera decirle un secreto, y hasta la tomó de la mano.

—¿Cómo que la tomó de la mano? —consultó Max, ceñudo.

—Yo lo vi. No se las agarraba como si fuese un saludo, sino como si no quisiera soltarla. A ella parecía no gustarle, se alejaba, pero él insistía. Es evidente que le gusta Isabella.

Leo sintió que algo se le apretaba en el pecho.

—Eso no está bien —murmuró—. No debería hacer eso.

Max golpeó la palma de su mano izquierda con el puño de la derecha, buscando hacer poco ruido.

—Ese hombre no me gusta.

Leo levantó la vista hacia sus hermanos.

—¿Y si pretende obligarla por el favor que le hizo al llevarla a la casa de los Ferguson? —dijo, con voz temblorosa—. Ese día, luego de traerla a casa, se despidió de ella diciendo que ahora estaba en deuda con él.

—Miserable —mascó Max con los dientes apretados y dio otro golpe a su palma con su puño, sin poder evitar esta vez se hiciese más sonoro.

—No debimos dejarla ir con él a devolver el collar —dijo Leo, cabizbajo—. Si no le hubiésemos dicho nada… tal vez…

—Si no le hubiésemos dicho nada, todavía estaría ese collar en esta casa —impugnó Theo—. Contar con su ayuda fue necesario, no podíamos resolver ese problema solos. Y ella no podía hacerlo sin la ayuda de ese hombre —completó con la mandíbula prieta.

El silencio fluyó entre ellos un instante mientras pensaban sobre aquel asunto.

—Si la conquista… —susurró Leo—. Si se la lleva… —se detuvo, incapaz de terminar la frase.

—¿Qué? —exigió Max con el ceño fruncido.

—Si se va con Jacob —dijo Leo al fin—, perderemos todo lo que hemos logrado.

Max lo miró, confundido.

—¿De qué hablas? —quiso saber, molesto.

Theo puso los ojos en blanco.

—Papá ha cambiado desde que Isabella llegó.

Antes no nos llevaba a ningún lado, no se sentaba con nosotros a hablar ni se reía cuando le contábamos cosas.

Ni siquiera nos escuchaba. Es evidente que él está así gracias a ella.

Los he visto discutir por nosotros, a Isabella no le gusta cómo nos trata.

Max apretó los labios.

—Si Isabella se va con Jacob —continuó Leo—, papá volverá a ser como antes. Se quedará siempre en la empresa, no nos llevará a sus fiestas ni nos escuchará.

Max bajó la cabeza, pensativo.

—No podemos permitir eso.

En los ojos de Theo irradió un destello de enojo.

—Tenemos que hacer algo. Jacob Pierce es un aprovechado. Se acerca a Isabella porque le conviene, porque sabe que ella es buena y porque le gusta.

—No podemos dejar que nos la quite —sentenció Max.

—Por eso debemos ocuparnos de él —dictó Theo—. Tenemos que estudiarlo, averiguar cosas de ese hombre y descubrir un punto débil del que podamos sostenernos para alejarlo de esta casa y de Isabella.

Max sonrió apenas, una sonrisa torcida, peligrosa.

—Como en los juegos de estrategia.

—Debemos mantener los ojos y los oídos bien abiertos —siguió Theo—, así nada se nos pasará.

Leo respiró hondo.

—Isabella nos ayudó cuando nadie más lo hizo. Nos defendió y nos creyó. No podemos dejar que alguien se la lleve.

Theo asintió, convencido.

—Entonces, tenemos una misión.

Max extendió una mano con el puño cerrado poniéndola entre ellos, como si fuese un juramento.

—¿Estamos de acuerdo?

Leo enseguida puso la suya encima y Theo lo imitó.

—Destruiremos juntos a Jacob Pierce.

Los tres se quedaron así un momento, con las manos juntas, y con una sonrisa traviesa en los labios. Mientras estuviesen unidos, nada iba a vencerlos.