Capítulo 42. La invitación.
La semana pasó entre alivios y tensiones. Los pies de Elena al fin se habían curado. Ya no le ardían y caminaba con normalidad, aunque en ocasiones sufría de alguna molestia, pero… su corazón y su mente eran otra historia.
Adrián se mantuvo lejano, no volvió a visitar su habitación en la noche y poco hablaba con ella, más allá de lo reglamentario.
—El señor McGrath está muy preocupado por un negocio que tiene en marcha —le confesó Charles una tarde, mientras le servía una taza de té—.
Hay un cargamento importante llegando desde Europa.
Escuché que es algo grande, hay mucho dinero en juego.
Cuando eso pasa, él casi no viene a casa y cuando lo hace, sigue atento a lo que sucede con esa mercancía.
Elena asintió, recordando que con su padre pasaba igual. Los envíos enormes robaban mucha de su energía.
Aunque por dentro se le revolvía algo que no quiso nombrar. Durante esa semana, Adrián apenas interactuaba con ella. Cuando estaba en casa, pasaba a ver a los niños y compartía con ellos unos minutos antes de encerrarse en su despacho.
Al menos, agradecía que no los descuidara y que a diario tuviese unos minutos para ellos.
Las noches en las que aparecía lo hacía muy tarde, casi al amanecer. Se quedaba en su habitación por unas horas y luego salía antes de que los niños se despertaran para irse de nuevo.
Se decía a sí misma que así era mejor. Menos miradas, menos preguntas y menos besos y abrazos que la hicieran olvidar por qué estaba allí.
Ese tiempo lo aprovechó para estudiar los documentos que había sacado del cuarto de las medicinas, descubriendo incongruencias.
Entre las facturas y copias de contratos comenzó a encontrar hojas con sellos borrosos y firmas que parecían calcadas.
También halló fechas que no coincidían y montos que se repetían con pequeñas variaciones.
Nombres de empresas con registros dudosos y registros que parecían pasar por tres manos antes de llegar a su destino final.
—¿Qué demonios pasa aquí? —se preguntaba, notando que eso no podría analizarlo ella sola. Necesitaba a especialistas que la ayudaran a comprender el problema que allí se mostraba.
Sintió la tentación de volver al cuarto de las medicinas, para buscar más documentos, pero se contuvo.
Los niños no se separaban de ella. Theo la seguía como una sombra, Max aparecía con cualquier excusa y Leo la llamaba desde su cama cada vez que sentía un pinchazo en la pierna o solo ganas de estar con alguien.
No quería arriesgarse a que alguno la viera entrando donde no debía.
Fue Jacob Pierce quien rompió aquella rutina. La llamó un jueves por la tarde, cuando Elena estaba en la habitación de Leo jugando ajedrez con el niño, Theo leía sentado en una butaca cercana y Max hacía nudos de pescador con una enorme soga que sacó de algún rincón de la casa.
Cuando vio su número marcado en la pantalla se sobresaltó y con inquietud se disculpó con los niños para salir de la habitación. Los tres la miraron con curiosidad.
—¿Jacob?
Los trillizos pusieron semblantes de enfado al descubrir con quien hablaba la mujer. Ella no notó sus reacciones, salió enseguida para conversar con él en el pasillo.
—Hola, Isabella. Llamé para saber cómo estabas y cómo están los niños.
Elena sonrió sin querer.
—Ellos están mejor. Leo ya se pone de pie.
—Me alegra saberlo. ¿Y tú?
—Yo estoy genial. Ya camino con normalidad y puedo ponerme zapatos sin sufrir.
—Esa es una buena noticia. No había podido ir a la mansión a visitarte por trabajo, pero siempre has estado en mis pensamientos.
—Eso la inquietó—. La última vez que hablamos me dijiste que me debías un favor por haberte ayudado con lo de ir a la casa de los Ferguson y no decir nada, y pensé que tal vez podríamos saldarlo.
—¿Cómo? —preguntó, con cautela.
—Miles Royce organiza una fiesta privada este fin de semana. Solo inversionistas, socios y gente muy cercana. Nada de prensa. Me gustaría que me acompañaras. Siempre acudo solo a esas reuniones y ya comienzo a dar pena.
La mujer quedó paralizada, con las emociones agitándose en su pecho.
—¿Una fiesta? No sé si sea buena idea. Estoy trabajando tiempo completo en la mansión.
—Pero, ¿Adrián no te da unas horas de descanso a la semana? Vamos, mujer. El tiempo de esclavitud pasó hace siglos.
Ella mostró una sonrisa nerviosa.
—Tendré que conversarlo con él —dijo insegura. No había hablado casi nada con Adrián esos días y sería muy incómodo que las primeras palabras personales que cruzaran fuesen para ir a una fiesta con Jacob. Más aún, sabiendo que la última discusión que había tenido con él fue por ese mismo hombre.
—Por favor, Isabella. Tu compañía me ayudará a ser un tipo menos aburrido —bromeó—. Puedo hablar con Adrián si es necesario.
—¡No! —impidió enseguida—. Déjamelo a mí. No le digas nada.
—Está bien, pero si te da problemas me avisas. Yo puedo convencerlo.
Se despidieron enseguida y ella cortó la llamada. Se quedó allí un buen rato, pensando en aquella situación.
Una fiesta privada de Miles Royce podría atraer de nuevo la presencia de Norman Roberson, Jeremy Cohen y Eugene Ferguson. Las piezas que no dejaban de rondar en su cabeza. En ese lugar podría adentrarse más en la relación entre ellos y comprender lo que se traían entre manos.
—¿Quién era?
La voz de Max tras de ella la sobresaltó. Se giró para enfrentarlo.
—Jacob Pierce.
El niño frunció el ceño.
—¿Vas a ir a una fiesta con él?
Elena empalideció un poco.
—Aún no lo sé. Solo me invitó.
—A papá no le gusta.
Ella se mordió los labios.
—Es solo una fiesta. Para… distraerme.
—¿Aquí no te distraes?
—Sí, pero…
Ella respiró hondo, no sabía cómo explicarle que, aunque la pasaba bien con ellos, allí estaba por trabajo. Tenía derecho a una distracción diferente.
—No es seguro que vaya, así que no te preocupes. Volveré a la habitación para continuar la partida de ajedrez.
Pasó junto al niño para regresar a la habitación y continuar con lo suyo, tratando de ignorar las miradas curiosas que los niños le dirigían.
Era evidente que ellos sospechaban algo. Debía ser más precavida e intentar no ser tan trasparente con sus emociones.