Capítulo 41. Reclamos.
Elena sintió un cambio en el ambiente de la mansión apenas cruzó el umbral. No fue por causa de un sonido o alguna palabra, sino por una tensión invisible que se sentía en el aire, como si fuese la humedad antes de una tormenta.
Charles la esperaba en el vestíbulo con el gesto rígido.
—Señorita Reed, el señor McGrath está en su despacho. Quiere verla.
—¿Adrián regresó? —preguntó alarmada. Se suponía que él no llegaría a casa sino hasta la noche.
El mayordomo no respondió, solo hizo una venia y se marchó a la cocina.
Elena respiró hondo y dejó en el suelo junto a la escalera la mochila con sus cosas adicionales que había buscado en su casa antes de avanzar por el corredor alfombrado.
El despacho de Adrián tenía la puerta entreabierta, así que empujó la madera despacio para asomarse al interior.
Adrián estaba sentado en el escritorio, sumido en la revisión se unos documentos. Se había quitado la chaqueta y llevaba la corbata suelta. Tan solo alzó los ojos hacia ella para mirarla con frialdad cuando la descubrió.
—Charles me dijo que saliste de la casa con Jacob Pierce —dijo con una voz tan neutra que casi dolía.
Elena se quedó quieta. El corazón le dio un salto, como si hubiera tropezado con una piedra invisible.
—Fui a mi casa a buscar unas cosas.
—Debiste avisarme. Podría haberte puesto un chofer.
La mujer entró y se acercó al escritorio caminando renqueante.
—No era necesario. Él estaba aquí y podía llevarme. No quise molestarte.
—Yo determino qué necesitas o no en mi casa —replicó, con un filo tan cortante en la voz que a ella le apretó el ceño.
—El hecho de que me haya acostado contigo no quiere decir que puedes ordenar en mi vida. Hago lo que quiero y cómo lo quiero.
Adrián apretó la mandíbula y se acomodó en la silla incómodo.
—Pero no en horario laboral. Aquí tienes que cumplir mis reglas y más si estás cuidando de mis hijos. No te pago para que los dejes solos y te marches con otro hombre.
Ella resopló, sintiendo la furia hervir en sus venas. Aquel reclamo le sonó a celos, más que a una exigencia laboral.
—Estoy así por cumplir en exceso mi trabajo con los niños —dijo, señalándose los pies—. Solo quise tener un poco más de comodidad. Además, no los dejé solos. No solo se quedaron con Charles, sino que ellos sabían que iría unos minutos a mi casa y enseguida regresaría.
—Te dije claramente al principio que cualquier necesidad excepcional que no me fuese notificada sería tomada como una falta al contrato.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de rabia.
—¿Vas a echarme de la casa solo por ir a buscar unos zapatos cómodos y mis pantuflas?
Él la observó con fijeza, con sus ojos tan oscuros como una noche llena de secretos y peligros. Se puso de pie, dejando los documentos sobre la mesa, y se aproximó a ella como si fuese un cazador tras una jugosa presa.
—Hay reglas, Isabella. Sabes que no puedes romperlas.
—Tus reglas. Siempre tus reglas —repitió con una risa seca—. ¿Este reclamo es por haber ido unos minutos a mi casa a buscar cosas necesarias, o porque lo hice con Jacob Pierce? —preguntó con soberbia.
Adrián se detuvo a un paso de la mujer, con el cuerpo tenso.
—No tienes que buscar los favores de nadie más mientras estás bajo mi techo.
Elena alzó una ceja.
—Jacob es tu amigo.
—No es mi amigo —corrigió Adrián, rápido—. Solo un socio comercial.
Hubo un silencio pesado. Elena lo miró, notando en su semblante sus ansias de control, un intento torpe de sostener un mundo que no deseaba que se le resbalara entre los dedos.
—No pasó nada extraño con Jacob. Solo necesitaba algo de mi casa, eso es todo —recalcó, tratando de olvidar las miradas insinuantes, las caricias íntimas y el secreto que ahora guardaba con ese hombre: la visita a la casa de los Ferguson por solicitud de los trillizos.
—Para mí, nada de lo que hay en esta casa e involucra a mi familia es un juego.
Elena sintió un pinchazo en el pecho. ¿Acaso en esa frase la había incluido como miembro de su «familia»?
—La confianza que tenga con Jacob Pierce solo se limita al ámbito de los negocios —continuó él—.
Me resultó de mal gusto que viniera de visita sin estar yo presente.
Él sabía que no estaría en casa y que soy obsesivo con la seguridad de mis hijos.
Ya le avisé a Charles que tanto él como cualquier otro extraño que se anime a venir en el futuro tienen la entrada prohibida mientras yo no esté. Y más aún, que pasen a zonas privadas.
Elena no pudo rebatir sus dictámenes. Si bien era evidente que su reacción se debía a un absurdo arranque de celos, debía recordar que ella estaba allí bajo un contrato de trabajo, que ese hogar le pertenecía a ese hombre, así como los trillizos. No podía pasar por encima de sus normas.
Si lo hacía perdería el empleo, saldría de allí y no lograría culminar su investigación.
—Bien, disculpa mi error. Te prometo que no volverá a suceder.
—La aceptación de la mujer relajó un poco la postura tensa del hombre—.
Pero ten en claro que, aunque haya firmado un contrato de trabajo contigo, no soy tu pertenencia.
Puedo darle mi confianza personal a quien yo quiera, sin pedir tu aprobación.
Al terminar de decir eso se dio media vuelta para marcharse, pero Adrián la llamó, deteniéndola. Aunque no lo encaró.
—Isabella, mi desconfianza no es un capricho. Tengo mis motivos.
Se giró con suavidad para verlo a los ojos.
—Entonces, déjame tener los míos. Soy tu empleada, no tu pertenencia. Lo que sucede entre nosotros es algo para mantener en secreto tras las puertas de mi habitación, no te da derecho a nada.
Compartieron una mirada dura, difícil de digerir, llena de desafíos, de rabias e inconformidades. Elena salió del despacho y cerró la puerta tras de sí, sin decir nada más, pero con el dolor apretando con fuerza su pecho y las lágrimas de frustración amenazando con escapar de sus ojos.
Aunque se esforzó por transformar su semblante al ver la figura de Theo parada cerca de la escalera. Él niño la veía con preocupación.
—Se enfadó, ¿cierto? ¿Le dijiste lo del collar? —preguntó, sin rodeos.
Ella negó de inmediato y se aproximó a él para hablarle en voz baja.
—Solo se molestó por haber salido sin avisar, como les dije, tengo reglas que cumplir en esta casa. Pero no le dije nada del collar, les prometí que guardaría el secreto.
Theo frunció el ceño y bajó la vista un momento.
—Papá se puso furioso. Nunca lo había visto así. Nos interrogó sobre lo que hizo y dijo Jacob Pierce cuando vino.
—Pensé que él era amigo de Adrián.
—Papá no tiene amigos, al igual que nosotros.
Esas palabras a ella la desgarraron por dentro. Le dolió enterarse que ellos no solo estaban solos en esa casa, sino en el mundo.
—Nunca le diré nada del collar, por más furioso que se ponga. Quiero que confíen en mí y me vean como su amiga. Estoy de parte de ustedes.
El niño levantó la cabeza, sorprendido. Sus ojos claros se abrieron un poco más, como si no estuviera acostumbrado a escuchar esas palabras de un adulto.
—¿De verdad?
Elena sonrió y le alborotó los cabellos con dulzura.
—De verdad.
Theo dudó un segundo, pero enseguida dibujó una sonrisa en su rostro y echó a correr escaleras arriba. De seguro, a la habitación de Leo para informarle que el plan había resultado un éxito.
Elena se quedó un instante allí y lanzó una mirada triste hacia el despacho. Sintió ganas de regresar para abrazar a Adrián y asegurarle también que podía contar con ella, pero entonces, se lo pensó mejor.
¿En realidad, Adrián podía confiar en ella? ¿Acaso no estaba allí para minar su existencia y así destruirla desde adentro, volviéndolo más solo?