Capítulo 40. La mansión Ferguson.
Elena salió de la mansión McGrath con el collar de esmeraldas guardado en el bolsillo interior de su pantalón. Lo sentía como una piedra muy pesada que debía llevar sin poner resistencia.
Jacob conducía manteniendo una sonrisa satisfecha en el rostro, parecía feliz.
—¿Sabes? —dijo él, rompiendo el silencio—. Estuve en California hace unos meses, en unas vacaciones de verdad. No esos viajes de trabajo donde solo ves aeropuertos y salas de reuniones.
Elena lo observó algo inquieta, sin saber a qué venia ese comentario. ¿Acaso le hablaría de San Francisco y de Berkeley, el barrio donde ella había vivido con sus padres?
Adrián lo hizo el primer día en que se reunieron en su mansión, tal vez, al confundirla con su madre fallecida.
Dairus Cohen y Ángelo Towsen también la reconocieron, para ella sería una pesadilla que con Jacob Pierce ocurriese igual, todo el entorno de Adrián McGrath no podía estar relacionado en el conflicto de su padre.
—¿Te gustó California? —preguntó, haciéndose la desentendida.
—Me encantó —respondió el hombre con entusiasmo—. Las playas, los restaurantes, la luz. Tengo una casa allá, en San Diego, cerca de la costa. Le instalé un spa propio, con jacuzzi y sauna. Es el lugar perfecto para pasar Navidad.
Elena respiró hondo, aliviada, entendiendo que tan solo quería hablarle de su casa de vacaciones, no de su barrio natal. Aunque sintió el peso de la insinuación. Recordó la molestia de Theo porque Jacob mostraba sin tapujos el interés que sentía por ella.
—Debe ser… bonito —dijo, eligiendo la palabra con cuidado.
—Lo es. La tranquilidad y la paz que se respira en ese lugar son incomparables.
Ella sonrió, manteniendo la mirada en la carretera.
Sabía que necesitaba a Jacob como aliado, no como problema, así que dejó que la conversación fluyera.
Preguntó por los lugares que había visitado y los restaurantes que más le habían gustado.
Fingió curiosidad por detalles que no le importaban en absoluto.
El hombre, encantado, hablaba de chefs famosos, de atardeceres sobre el océano y de fiestas privadas en terrazas con vista al mar.
Elena asentía, soltaba pequeñas risas cuando era necesario y pensaba en la bolsita con el collar, en los ojos preocupados de Leo y en la promesa que le había hecho a los trillizos.
—Por favor, ¿puedes tomar este desvío? —pidió ella, solicitando que se saliera del camino principal. Jacob frunció el ceño.
—Creí que iríamos directo a tu casa —comentó. Ella le había dado la dirección al salir de la mansión, así que él tomó la vía más directa que los conduciría a ese lugar.
—Primero necesito hacer una parada. Es importante y será rápido. ¿Te molesta?
—No, para nada. Esa será una buena excusa para pasar más tiempo a tu lado —expuso el hombre con una enorme sonrisa y le guiñó un ojo con coquetería.
Elena se mordió los labios con disimulo, incómoda por los gestos insinuantes de aquel hombre, que debió soportar para no complicar la salida.
La casa de los Ferguson apareció al final de una calle arbolada, imponente y elegante, con un portón de hierro negro y un jardín que parecía sacado de una revista de arquitectura.
Elena se sorprendió al verla tan grande y lujosa. Para ser el hogar de un simple director de recursos humanos, era impresionante.
—Vaya, el señor Ferguson debe ser muy bueno con la administración de su dinero para tener una casa de este tipo —no pudo evitar bromear.
Jacob soltó una risita nerviosa.
—Eugene es un hombre muy estratégico, pero… ¿a qué venimos? —consultó confundido.
El desconcierto del hombre aumentó cuando ella le indicó que se detuviera en un costado, frente a la puerta de servicio, aunque del otro lado de la calle.
—¿Qué sucede? —pidió saber, intrigado.
Elena respiró hondo, preparándose para la mentira.
—Disculpa, Jacob, es por un asunto de los niños. Por eso Theo estaba tan a la defensiva en la mansión.
Él la observó con mayor interés, aunque su ceño se notaba apretado, parecía desconfiado.
—Verás. Vengo para entregar una carta de Leo para Melany.
Quiere disculparse por lo que pasó en la fiesta.
Está muy angustiado por lo que ella pueda pensar de él, pero no quiere que el señor Ferguson se entere, porque le daría mucha vergüenza y tal vez, regañe a su hija por tener una relación secreta con el chico. Ellos apenas tienen siete años.
Jacob sonrió, divertido.
—Oh, Dios. Un drama de niños —comentó—. Yo tuve uno parecido. Me gustaba la hija del chofer de mi padre, le dejaba flores y caramelos a escondidas. Nos escribíamos cartas como si fuéramos personajes de una novela.
Elena sonrió, aunque por dentro se removía, incómoda.
—Sí, supongo que es algo así. Leo no está bien de salud y quiero que esté tranquilo para que se recupere pronto, por eso accedí a esta… travesura —dijo con las mejillas enrojecidas por la vergüenza—. Sé que esto lo calmará.
Jacob la miró con una expresión nueva, más suave e interesada.
—Eres muy buena con ellos. A pesar de que los conoces de hace poco, has conectado muy bien con los tres niños y no dudas en ayudarlos y protegerlos. Me gusta eso de ti.
Elena sintió el calor de esas palabras abrigar a su corazón.
—Por eso nadie debe saber que pasamos por aquí —agregó la mujer—. Ni Adrián ni Eugene. Por favor, Jacob, que esto quede solo entre nosotros. ¿Es posible?
Jacob alzó una mano con la palma abierta como si hiciese un juramento.
—Tu secreto está a salvo conmigo. Me gusta que tengamos… cosas solo nuestras.
La frase la inquietó más de lo que quiso admitir.
Jacob estiró la mano y Elena la tomó con inseguridad, como si cerraran un pacto. El pulgar del hombre le acarició la parte interna de la muñeca en un gesto lento y muy íntimo, que no dejaba dudas sobre sus intenciones.
—Prometo que nadie se enterará —susurró él.
Elena sintió un nudo en el estómago. La cercanía, el contacto y la mirada del hombre fija en su rostro la abrumó, era demasiado. Retiró la mano con cuidado fingiendo que no había notado la caricia y abrió la puerta para bajar.
—Gracias. Volveré enseguida —avisó, y salió casi a las carreras, sintiendo el aire frío en la cara como un alivio.
Caminó hacia la casa con pasos decididos, aunque renqueantes. Por dentro el corazón le latía rápido. Tocó a la puerta y de inmediato le abrió una empleada que poseía marcadas facciones latinas que la dejó pasar.
—Buenos días, señorita Isabella. Venga conmigo.
Elena lo hizo. Pensó que aquella mujer había sido enviada por Melany, por eso la esperaba. Leo debió comunicarle a la niña de su visita como lo había prometido.
Atravesaron un jardín poblado de hermosos rosales antes de entrar en lo que parecía el vestíbulo de la cocina. Un pasillo que por un costado daba entrada a esa enorme estancia, pero que al final tenía una puerta que comunicaba con la parte interna de la casa.
—Espere un momento aquí, la niña Melany ya vendrá —avisó la empleada y abrió la puerta para entrar en la casa sin cerrarla del todo.
Elena esperó inquieta, escuchaba el tarareo de una canción de cuna entonada por una voz femenina. No pudo controlar su curiosidad y echó una ojeada hacia el interior.
Aquella entrada daba a otro pasillo, pero más amplio y elegante, que por un costado se sumergía entre habitaciones y por el otro daba a una salita que poseía muebles cómodos y en el suelo se veían juguetes.
Había una niña de unos tres o cuatro años sentada en el piso, jugando con muñecas, y una mujer caminaba de un lado a otro acunando entre sus brazos a un bebé de meses. Enseguida la reconoció.
Se trataba de la niñera que salía de la zona donde se gestaba la pelea entre Max y los dos niños Roberson, en la mansión de Miles Royce, y llamaba a los gritos a la seguridad.
La mujer estuvo empujando un cochecito de bebé e iba con dos niñas. Una, la más grande, parecía estar a punto de llorar.
—Esa debió ser Melany —se dijo para sí misma y volvió a ocultarse tras la puerta para no ser vista.
A los pocos minutos, esa niña entró al pasillo acompañada por la empleada latina. Como lo supuso, era la chica que había tenido los ojos llenos de lágrimas en la fiesta.
—Hola, ¿eres Isabella?
Elena le sonrió con dulzura y sacó la bolsita con el collar del bolsillo de su pantalón.
—Sí. Leo me pidió que te entregara esto.
Melany amplió los ojos, aliviada.
—Gracias —murmuró—. Pensé que me iba a meter en muchos problemas por esto.
—Ten cuidado la próxima vez —advirtió Elena—. A veces, lo que parece un juego puede volverse algo serio.
La niña asintió, abrazando la bolsita contra su pecho, y sacó un sobre doblado que tenía guardado en el bolsillo de su falda.
—¿Puedes entregarle esto a Leo? Pero que no lo vean sus hermanos.
Elena sonrió y tomó el sobre. Entendió que la niña y Leo tenían una relación no solo a escondidas de sus padres, sino de los otros dos trillizos. Por eso Max y Theo no mostraban gran emoción por ella. Los celos de hermanos debían estar actuando.
—Lo haré, confía en mí. Se lo daré cuando ellos dos no estén presentes.
Melany le dio un abrazo, justo en el momento en que otra empleada aparecía en el pasillo, pero por la puerta de la cocina.
—Rosa, el señor está por llegar con más visita, ven a ayudarnos —dijo con tono urgente hacia la empleada que acompañaba a Melany. Tanto la mujer como la niña se mostraron alarmadas.
—¡Ve rápido a guardar eso! —ordenó Rosa a Melany. La niña enseguida corrió al interior de la casa.
Elena se asustó, no supo qué hacer. Eugene Ferguson estaba a punto de llegar a la casa, y acompañado.
—Señorita, ¿puede salir sola por la misma puerta por donde la dejé entrar? Así yo me ocupo de mi trabajo en la cocina —consultó Rosa hacia Elena.
—Seguro, me iré enseguida. Gracias por todo.
Elena salió al exterior viendo que las dos empleadas entraban a una cocina que de pronto se agitó. Preparaban aperitivos para los que estaban por llegar.
Llegó al jardín lleno de rosales y se dirigió con la prisa que sus pies lastimados le permitieron a la puerta de salida. Pasó por un ventanal que daba a una especie de oficina y tenía una de las hojas de cristal abiertas. Escuchó una voz que le pareció conocida y no pudo evitar echar una mirada.
—Sí, ya está por llegar. Tranquilo, se lo advertiré. Él sabe en lo que está metido.
Elena perdió por un momento los colores del rostro. Se trataba de Jeremy Cohen, que hablaba por móvil de espaldas al ventanal.
La mujer no podía quedarse a aclarar sus dudas. No solo Eugene estaba a punto de llegar, sino que Jacob la esperaba afuera. Siguió su camino a mayor velocidad hacia la puerta y de forma involuntaria la abrió con cierta rudeza.
No se preocupó por eso y continuó su huida hacia el auto. Jacob la observó con atención al verla entrar, ella estaba algo pálida y con rostro preocupado.
—¿Todo bien? —quiso saber.
Elena se obligó a mostrar una sonrisa.
—Sí. Entregué la carta y la niña me dio una en respuesta —dijo con expresión divertida y le mostró el sobre que Melany le había entregado.
Jacod sonrió.
—Oh, intercambio de poemas. Esto desbloquea muchos recuerdos de mi pasado —confesó a modo de broma, aunque pronto se puso serio—. Pero, ¿por qué estás tan nerviosa?
—Es que está a punto de llegar Eugene y eso revolucionó la casa. No pude evitar contagiarme con sus nervios.
El hombre se carcajeó.
—Cuando se acerca el dueño, el personal corre. Vámonos nosotros también, porque si Eugene ve mi auto, hará muchas preguntas.
El auto rápido se puso en marcha, alejándose de aquel lugar. Elena sintió alivio, aunque también, una enorme inquietud.
¿Qué hacía Jeremy Cohen en esa casa? Aquel hombre parecía estar rodeado de muchos secretos.
No solo se relacionaba con Norman Roberson, el rival de Adrián, sino con Eugene Ferguson, uno de sus empleados más cercanos. Algo debía estar sucediendo allí y sospechaba que no sería bueno.