La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 39. El aliado.
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Capítulo 39. El aliado.

Cuando Elena llegó a la salita, Jacob se encontraba de pie junto al sofá. La recibió con una sonrisa abierta. Se aproximó enseguida para saludarla con un beso y ayudarla a llegar a una silla y sentarse.

—Gracias por recibirme —dijo el hombre ubicándose junto a ella, sentándose en la esquina de un sofá—. Pensé que estarías en cama.

Elena sonrió por cortesía.

—Tendría que estar semi inconsciente para estar en cama, o con mis pies tan adoloridos que hasta las miradas le causarían malestares.

Jacob soltó una pequeña risa.

—Pues, me alegra que el asunto con tus pies no sea tan grave —dijo con voz suave y le tomó una mano con sutileza acariciando su dorso.

El contacto tomó a Elena por sorpresa. Al mirarlo, descubrió como el hombre estaba inclinado hacia ella buscando intimidad y la detallaba con unos ojos cargados de deseo reprimido.

Esa actitud le extraño y por instinto se acomodó en la silla alejándose un poco. Repasó los alrededores con incomodidad hallando a Theo semi oculto entre unos estantes, como lo había estado la primera vez en que ella fue a esa casa.

Su presencia la puso nerviosa.

—¿Cómo está Leo? —preguntó Jacob sin percatarse que el otro niño se encontraba cerca—. Anoche me quedé preocupado por su estado, a pesar de que en la clínica dijeron que estaría bien.

—Está mucho mejor —respondió Elena, ignorando a Theo—. Su médico de cabecera vino esta mañana y revisó la herida. Dijo que sanará con el tiempo, pero que no resultó tan peligrosa. Ha estado de buen ánimo, aunque un poco cansado por los calmantes.

—Me alegra escuchar eso. Los chicos pasaron por mucho anoche y tú también —añadió hacia ella—. Pasaste horas con ese vestido empapado y lleno de barro, es raro que no te resfriaras. Además, fue valiente lo que hiciste por esos niños anoche, de entrar en el bosque en medio de esa tormenta tan feroz.

—Solo hice lo que debía. Mi trabajo era cuidar de ellos —aseguró, restándole importancia.

Jacob ladeó la cabeza.

—No todos harían lo mismo.

El silencio que siguió fue incómodo. Theo se aclaró la garganta a propósito, haciéndose notar. Jacob se sobresaltó al verlo y por instinto se recostó en el sofá para alejarse de Elena.

—Papá también se preocupó —dijo el niño, sin dejar de mirar al hombre—. Mucho.

Jacob mostró una sonrisa amable y algo nerviosa.

—Me imagino —respondió—. Adrián los quiere mucho, aunque a veces no sepa cómo demostrarlo.

Theo no contestó, se limitó a observarlo. Analizaba cada gesto, cada movimiento de sus manos y cada inflexión en su voz. Había algo en la forma en que Jacob actuaba que no terminaba de convencerlo.

—Supe que Norman Roberson fue a reclamarle a Adrián esta mañana a la oficina —reveló el hombre.

Elena tensó los hombros.

—Eso me dijo, quería que pagara por los gastos médicos que necesitaron sus hijos.

Theo bajó la mirada, incómodo, como si la mención de ese nombre le revolviera algo por dentro.

—No me sorprende —siguió Jacob—. Norman siempre encuentra una excusa para fastidiar a Adrián. Es casi un deporte para él.

Elena lo observó con curiosidad, ansiosa por interrogarlo por ese asunto, pero la presencia de Theo en la sala le impedía entrar en detalles.

—Jacob, disculpa el abuso, pero quería pedirte un favor —dijo la mujer, sobresaltando a Theo y despertando el interés del hombre.

Jacob se enderezó un poco.

—Pídeme lo que quieras.

—Tengo que salir un momento. A mi casa. Necesito buscar unas cosas para hacer más cómodo este inconveniente —explicó señalándose los pies—. ¿Podrías llevarme?

El hombre sonrió de inmediato.

—¡Por supuesto! Estaré encantado de llevarte a dónde sea.

Theo dio un paso al frente.

—¿Estás segura? Podemos llamar a un taxi de confianza —opinó sin rodeos.

Elena arqueó las cejas, confusa. Jacob lo miró sorprendido, aunque no molesto.

—¿Para qué llamar a un taxi? Yo estoy aquí, puedo llevarla sin ningún problema. Será más seguro y cómodo —respondió con calma.

Elena intervino rápido.

—Theo, cariño, gracias por el aporte, pero no es el momento.

—Sí es el momento —replicó—. Él no me gusta.

Jacob mostró un semblante divertido.

—Bueno, eso pasa a veces. No todos tenemos que gustarnos, pero te aseguro que puedes confiar en mí. Cuidaré muy bien de tu niñera.

Elena lanzó una mirada de advertencia a Theo antes de enfocarse en Jacob.

—Disculpa, voy a ir un momento a la habitación de los niños. Espérame aquí.

Él asintió. La mujer salió de la salita con Theo pisándole los talones. Cruzaron el pasillo en silencio hasta llegar a la habitación de Leo.

Max se encontraba sentado en la alfombra, armando algo con bloques de construcción. Leo estaba recostado en la cama hojeando una historieta de su hermano con desamino, ambos levantaron la vista al verlos entrar.

—¿Qué pasó? —preguntó Max.

Elena cerró la puerta detrás de sí cuando Theo ya estuvo dentro.

—Jacob va a llevarme —confesó—. Necesito el collar.

Leo se incorporó un poco y sacó el collar que tenía escondido bajo la almohada. Max buscó una bolsita de terciopelo que había dentro de un cajón.

Mientras ellos guardaban el collar, Elena notó a Theo parado en un costado. con los brazos cruzados en el pecho y cara molesta dirigida al sueño.

—Theo, ¿qué sucede? ¿Por qué dices que no te gusta Jacob?

—No es confiable —expuso el niño sin verla.

Elena suspiró.

—¿Por qué?

Theo dudó, aunque enseguida la miró con fijeza y habló en voz baja.

—Porque vi que está interesado en ti.

Max y Leo abrieron los ojos con sorpresa.

—¿Eso qué tiene que ver? —quiso saber Elena.

—Todo —respondió Theo—. La gente que quiere algo se porta bien para conseguirlo. Es hipócrita.

Elena sintió un calor extraño en el rostro.

—Theo, eso son celos tontos. Jacob solo está siendo amable, estuvo con nosotros anoche y sabe por la angustia que pasamos.

—No —insistió él—. Está interesado de una manera romántica, no preocupada.

Max y Leo compartieron una mirada inquieta.

—Deberíamos armar otro plan —propuso Max.

Elena levantó la mano.

—Escuchen, lo que Jacob pueda sentir por mí no es algo que debamos hablar ahora. Hay que entregar ese collar lo más pronto posible para evitar que esto se convierta en un problema más grande. Iré con él sin más discusiones. ¿Entendido?

Los tres guardaron silencio, aunque se mostraron inconformes.

—Confían en mí, ¿verdad? —preguntó ella.

Theo bajó la mirada.

—Sí.

—Entonces, no se preocupen más, sé lo que hago y sé cuidarme sola. No voy a ponerlos en peligro. Ni a ustedes ni a nadie, guardaré su secreto.

Leo extendió la bolsita con manos inseguras.

—Solo… devuélvelo. Por favor. Le avisaré a Melany que tú irás.

Elena la tomó.

—Lo haré.

Max se irguió asumiendo un semblante enfadado, aunque sus ojos brillaban llenos de incertidumbre.

—Vuelve rápido —pidió entre dientes.

Elena sonrió apenas. Veía tierno las maneras en que él se esforzaba por aparentar indiferencia y frialdad a pesar de que por dentro se derretía por la angustia.

—Lo prometo —dijo y regresó sola a la salita, guardando el collar en el bolsillo de su pantalón. Jacob se levantó cuando la vio.

—¿Todo listo?

Elena asintió.

—Sí.

Caminaron hacia las escaleras. El hombre se adelantó para así sostenerla y ayudarla a bajar con lentitud. Mientras subían al auto, Elena miró hacia la primera planta y vio a Theo y a Max observándola ceñudos desde una ventana.

Se despidió de ellos con un movimiento de manos y se acomodó en el vehículo dispuesta a cumplir con el trabajo que le asignaron y salvaría a esos chicos de un problema mayor.

Mientras salían de la mansión ella pensó que su estadía en aquel lugar se alargaba más de la cuenta y cambiaba por completo su razón de ser.

Nada de lo que hacía tenía que ver con su venganza, más bien, la complicaba, porque ahora comenzaba a pensar que, al destruir a Adrián, estaría destruyendo también a esas tres criaturas que empezaba a amar y a quienes quería proteger.