La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 38. El plan.
30%

Capítulo 38. El plan.

Elena entró a la habitación de Leo acompañada por Theo. Max ya se encontraba dentro, sentado en el borde de la cama con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo.

Theo se ubicó de pie junto a la cómoda, apoyado en ella como si necesitara sostenerse de algo. Los tres la miraron con ansiedad, ella sintió en ese gesto el peso de la confianza que le entregaban sin reservas.

—Bien, hablemos sobre ese plan que tienen en mente —inició.

Los niños respiraron con alivio y compartieron una mirada entre sí.

—Este es el collar que hay que entregar —dijo Leo y sacó de debajo de su almohada un hermoso collar de oro con esmeraldas incrustadas.

Elena tembló al observarlo. Era una pieza enorme, llamativa y elegante. Debía costar una fortuna.

—No puedo tenerlo aquí —siguió el niño—. Me hace sentir mal porque eso podría ponerme en problemas con papá y a Melany con el suyo.

Elena sintió una punzada en el pecho.

—Empecemos por entender que tú no robaste nada, solo lo guardaste para que no se perdiera.

—Pero igual lo tengo —insistió él—. Y si el papá de Melany descubre que está aquí, va a pensar que se lo quité a su hija. Y entonces… —tragó saliva—, papá se va a enfadar y dejará de estar con nosotros.

Max apretó el semblante.

—No fue culpa de Leo —dijo, con tono desafiante—. Fue culpa de James Roberson por empezar todo y de Henry por humillarlo. Y de Melody por sacar ese collar de su caja.

Theo miró a su hermano con reproche.

—No hables así de ella —pidió y lanzó una mirada preocupada hacia Leo, viéndolo bajar la cabeza con expresión sufrida.

—¿Por qué no? Es la verdad —replicó Max—. Ella siempre anda metiéndose en problemas.

Leo se enfocó con su hermano con los ojos llenos de lágrimas.

—¡No! Melany es nuestra amiga. La mejor. No podemos delatarla.

Elena levantó una mano pidiendo calma.

—Nadie va a delatar a nadie. Solo buscamos resolver este asunto de la mejor manera posible, sin tener que ir a esa casa a escondidas.

Theo la miró con seriedad.

—¿De qué otra forma podemos resolverlo? Nadie debe enterarse que ese collar estuvo fuera de su caja.

—Quizás, si hablamos con el señor Ferguson solucionaríamos este asunto —expuso Elena—. Él es empleado de tu padre. ¿No es así? Supongo que es un hombre razonable. Si le explicamos lo que pasó, lo entenderá.

Leo negó con la cabeza de inmediato.

—No —dijo—. Si se lo dices, Melany se va a meter en problemas, y no queremos eso.

Max rodó los ojos.

—Siempre la defiendes.

—¡Porque es mi amiga! —respondió Leo comenzando a molestarse.

Elena observó la escena en silencio. Vio en los gestos de Theo una incomodidad que no terminaba de transformarse en palabras y en Max la necesidad de proteger a su hermano como si fuera su deber, a pesar de no aprobar sus métodos.

Ninguno de los dos estaba allí por «su amiga» Melany, sino por su hermano.

Leo era el único que mostraba una lealtad casi dolorosa hacia esa niña. Le resultaba evidente que para él, la chica representaba algo más que una simple amistad. Allí había sentimientos más fuertes.

—Theo —dijo Elena con suavidad—. Dime de verdad qué piensas de este plan.

El niño dudó.

—Yo… —miró a Leo, compadeciéndose por las súplicas que este le dirigía—. No quiero que Melody se meta en problemas —respondió entre dientes.

Max bufó.

—¿Cuál es tu opinión, Max? —consultó Elena.

—Solo quiero que todo termine pronto. Estoy cansado de que siempre nos miren como si fuéramos los malos.

Esa frase afectó a la mujer. Elena cerró los ojos un instante y recordó las miradas de las niñeras en la fiesta, las palabras llenas de desprecio y los susurros que los señalaban como problemáticos, agresivos y salvajes, así como lo mucho que a ellos les había costado adaptarse.

—Entiendo —dijo al fin—. Ya sé por qué no quieren decir nada y resolver esta situación a su manera.

Los tres la miraron, expectantes.

—Pero también tengo que ser clara con ustedes —continuó—. No podemos actuar sin que nada nos importe, hay reglas que debemos seguir.

Max levantó una ceja.

—¿Reglas?

—Sí —aseguró ella—. La primera, es que solo yo voy a ir a la casa de los Ferguson a entregar ese collar. Ustedes no saldrán de esta casa.

—¡¿Qué?! —exclamaron los tres al mismo tiempo.

—Melany me espera a mí para entregarle el collar. Ya hablamos con ella por móvil.

Elena se sorprendió por lo rápidos e independientes que eran para realizar planes.

—No puedo llevarlos —explicó—. Su papá me impuso una regla muy clara sobre salir con ustedes sin su permiso. Yo firmé un contrato con él, si la rompo, me echará de la mansión.

Ellos fruncieron el ceño, preocupados.

—La segunda regla —continuó Elena—, es que tengo que confiar en alguien para que me lleve.

Mis pies todavía están mal, no puedo caminar con facilidad y no quiero tomar un taxi con un desconocido que no tendrá paciencia conmigo, ni con el problema que resolvemos.

Voy a necesitar contar con alguien de confianza que me ayude.

Max negó con la cabeza.

—No puede ser Charles.

—No —completó Theo—. Charles le va a decir a papá.

—Siempre le dice todo —añadió Leo—. Es demasiado leal.

Elena sonrió apenas.

—Eso lo imaginé, pero… ¿A quién acudo entonces?

Los tres se miraron entre sí, buscando una respuesta a esa duda.

Un golpe suave en la puerta los interrumpió.

—Adelante —autorizó Elena.

Charles apareció al abrir.

—Disculpen que interrumpa, pero el señor Jacob Pierce ha llegado. Pregunta por la señorita Isabella y por los niños.

Elena sintió que el corazón le daba un salto.

—¿Jacob? —murmuró.

Los trillizos la miraron con inquietud.

—¿Qué hace aquí? —susurró Max hacia sus hermanos.

—No lo sé —respondió Theo, y vio a Leo con intriga.

—Hágalo pasar a la salita de este piso, yo lo recibiré —pidió Elena con una enorme sonrisa. Su gesto angustió a los niños.

Charles asintió y se retiró.

—¿Qué haces? —consultó Max poniéndose de pie.

—Necesitábamos de un aliado, ¿no es así? Jacob es el indicado —soltó Elena.

—Pero… ¿podemos confiar en él? —preguntó Theo, inseguro.

Elena los miró a los tres.

—No le revelaré con exactitud lo que voy a hacer, solo le pediré que me lleve a casa para buscar unas pertenencias que necesito, pero en el camino le rogaré que hagamos una parada en la casa de los Ferguson.

—¿Con qué excusa? —exigió Leo al borde de los nervios.

La mujer se encogió de hombros.

—No sé, ya se me ocurrirá algo —alegó, y salió con paso lento y renqueante para recibir al hombre, dejando a los niños ahogados en la preocupación.