Capítulo 37. Una situación seria.
Elena se dejó caer sobre la cama como si el colchón pudiera absorber no solo el dolor de sus pies, sino también, el peso que le oprimía el pecho.
Sus plantas ardían, las heridas aún inflamadas le recordaban cada paso que había dado ese día, pero el dolor físico era menor comparado con la inquietud que no la dejaba pensar en otra cosa.
Los calmantes estaban sobre la mesita de noche, al alcance de su mano. Se incorporó tomando los que necesitaba y con ayuda de un poco de agua se los tomó. Se acostó de nuevo y cerró los ojos concentrándose en su respiración para en hallar el anhelado descanso, pero su mente tenía otras intenciones.
No paraba de funcionar, fastidiándola.
Se incorporó con un gemido suave para sentarse en el borde, quedando frente a la cómoda. Sin darse cuenta se hallaba frente al cajón donde había guardado las carpetas que sacó de la habitación donde se escondían las medicinas. Las pruebas contra Adrián. Su verdadera razón para estar en esa mansión.
Gruñó, frustrada.
—Debería estar ocupándome de ese asunto —murmuró al aire—. No pensando en cómo ayudar a los hijos de mi enemigo.
Si hubiese mantenido el foco en su venganza, en ese momento estaría llamando a testigos, reuniendo declaraciones, siguiendo pistas y buscando nombres y cuentas bancarias.
Debería estar construyendo la demanda que ocasionaría la caída de Adrián y lo obligaría a pagar por el daño que cometió a su familia en el pasado.
Pero lo único que veía cuando cerraba los ojos era a los trillizos. Y a Norman Roberson mirándolos con su postura desafiante, usando a sus propios hijos como piezas en una guerra que ninguno de ellos entendía.
—Esto se está saliendo de control —murmuró.
Necesitaba información para comprender lo que sucedía entre Norman y Adrián y así determinar cómo alejar a los niños de ese problema. Pensó en Jacob Pierce, quizás él podría darle respuestas, pero no tenía su número.
Y si le preguntaba a Charles, él le comentaría a Adrián lo que ella estuvo haciendo, complicando su relación con él. No podían volver al punto de la no confianza.
Se llevó una mano a la frente, cansada, pero un toqueteo en la puerta la distrajo de sus reflexiones.
—¿Quién?
—¿Isabella? ¿Estás disponible?
Era Theo.
—Sí, pasa.
El niño entró despacio, como si no quisiera hacer ruido en una casa que ya había tenido suficiente caos por un día.
—Hola, ¿cómo te sientes?
—Bien. Acabo de tomarme la medicina. ¿Y tú?
Theo se encogió de hombros.
—Bien, creo. No he vuelto a tener tos.
—Eso es bueno. —Se hizo un silencio breve, incómodo—. ¿Qué pasa? —quiso saber ella, cansada de las intrigas.
El chico se guardó las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Quería… darte las gracias.
Elena frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por ir a buscarnos al bosque —dijo, mirándola a los ojos—. Ninguna otra niñera lo habría hecho.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—Claro que lo habrían hecho. Alguna…
—No —la interrumpió—. No cualquiera hace eso por nosotros. Solo papá.
Elena no supo qué responder. Theo dio un paso más dentro de la habitación y cerró la puerta detrás de sí con cuidado.
—Necesito pedirte un favor —demandó, ansioso. Su tono serio la puso en alerta.
—¿Cuál?
El niño respiró hondo.
—Necesito que me acompañes a la casa de los Ferguson. Sin que papá lo sepa.
Elena quedó helada.
—¿Qué? Theo, no puedo salir con ustedes sin autorización. Es una regla que impuso tu padre.
—Ya rompiste varias reglas por nosotros —respondió él, con una lógica que la desarmó—. Esto es menos peligroso.
—¿Menos peligroso?
—Es por Leo.
Eso volvió a congelarla.
—¿Qué pasa con Leo?
—Está muy angustiado, cree que todo lo ocurrido fue su culpa. Henry lo atacó porque hablaba con Melany, no por lo que había pasado con James.
—¿Por hablar con Melany? ¿Qué tiene que ver esa niña en todo esto?
Theo apretó los labios, como si hubiesen verdades que no podía sacar a la luz o crearía un terrible cataclismo.
—Melany Ferguson tomó un collar de esmeraldas del cajón de su mamá —explicó—.
Se lo estaba mostrando a Leo cuando Henry fue a reclamar por lo que le hicieron a su hermano.
Leo lo guardó rápido en su bolsillo, ya que Melany no quería que nadie se enterara que lo había tomado y se asustó al ver aparecer a Henry.
Él se enfadó porque ella estaba allí con mi hermano, a pesar de que se lo había prohibido.
Elena se inquietó por lo que escuchaba. Había demasiadas cosas en aquella explicación que le darían un infarto a cualquiera.
¿Un collar de esmeraldas tomado sin permiso?
¿Un niño prohibiéndole a una niña que se reúna con otro niño?
—Debemos regresarle el collar a Melany —siguió Theo—. Si su papá descubre que no está, creerá que alguien lo robó. Y si se entera que lo tiene Leo, podría meterse en un serio problema.
Los ojos de la mujer se abrieron en toda su extensión.
—Theo, esto es muy delicado.
—Lo sé. Por eso necesito que me ayudes. Si papá se entera se va a enfadar y dejará de venir a comer con nosotros y a llevarnos de paseo. No queremos perderlo de nuevo.
Aquello fue como si una bola de demolición impactara en el pecho de Elena. La gran preocupación de los niños no era el collar de esmeraldas, o la posibilidad de ir a prisión si pensaban que lo habían robado, sino perder de nuevo la cercanía con su padre.
Esa petición la doblegó por completo y apretujó su corazón como si se tratara de un pedazo de papel con el que hacían una bola.
—Esto nos puede meter en problemas. El papá de esa niña trabaja con tu papá, ahora no está en casa.
—Lo sé, por eso quiero ir. Melany está en casa solo con su niñera y su hermanita, le dejamos el collar y regresamos.
—Debemos avisarle a su padre de la visita.
—¡No! —enfatizó—. Nadie puede saberlo, o se enterarán que tenemos el collar.
Elena abrió los ojos en toda su extensión.
—Theo, ¿piensas ir a escondidas a esa casa?
—Sí, sabemos cómo entrar sin que nadie se entere.
La noticia la alarmó.
—¡¿Han entrado a esa casa a escondidas?!
—No, pero hemos ayudado a Melany a entrar.
Elena puso una mano en su corazón.
—¿Cómo es eso posible? —consultó alarmada.
Theo comprimió el rostro en una mueca.
—Por favor, Isabella. Te necesitamos. No nos abandones ahora.
El rostro suplicante del niño volvió a doblegarla. Los ruegos que emitían sus ojos le ablandaron el corazón. Allí no solo había una petición desesperada, sino mucha soledad y miedo. No podía dejarlos solos en ese momento tan lleno de angustia.