La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 36. Armas de guerra.
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Capítulo 36. Armas de guerra.

Adrián llegó poco antes de que el médico cruzara la reja principal. Elena lo vio bajar del auto con paso rápido y la chaqueta oscura colgándole de un brazo.

Se encontró con ella al subir las escaleras.

—¿Y los niños? —preguntó antes de darle un beso en la mejilla como saludo, aunque sosteniéndola por la cintura de manera posesiva.

—Están con Leo. Poco han salido de ahí en toda la mañana.

Adrián asintió y siguió hasta la habitación de su hijo sosteniéndola y manteniendo su ritmo.

Al entrar, hallaron a los trillizos juntos en la cama. Theo y Max estaban recostados a los lados, como si quisieran formar una muralla alrededor de su hermano herido.

Theo sostenía una historieta que no leía, solo la retorcía entre sus manos. Max tenía los brazos cruzados y la mirada severa fija en la ventana y Leo apretaba una almohada contra su pecho con nerviosismo, con la pierna aún elevada.

—El médico acaba de llegar a la casa —informó Adrián—. Deben darle espacio para que haga su trabajo.

Theo y Max bajaron de la cama y se ubicaron en un costado sentándose juntos en un sofá. Elena se ubicó en una silla cerca de ellos mientras Adrián ayudaba a Leo a incorporarse para estar más sentado.

A los pocos minutos apareció el médico con Charles y revisó las suturas con cuidado. Explicó los tiempos de recuperación, habló de ejercicios suaves que debía realizar, de la paciencia que se debía tener en esos casos y de evitar esfuerzos por al menos dos semanas.

—¿Cuándo podrá caminar con normalidad? —preguntó Adrián.

—Con apoyo, en pocos días. Sin dolor, quizás en una semana —respondió el hombre—, pero no debe correr ni jugar brusco por un tiempo.

Adrián asintió, serio, como si memorizara cada palabra.

—¿Y los vendajes?

—Deben cambiarse a diario y mantener la zona limpia y seca para que cicatrice sin problemas.

El médico salió con Adrián para continuar explicándole sobre la situación física de Leo, Elena se puso de pie con delicadeza y se aproximó al niño.

—¿Necesitas algo?

—No, estoy bien —respondió él, aunque algo nervioso y lanzando ojeadas hacia sus hermanos.

Theo y Max se acercaron para ubicarse de nuevo en la cama. Theo se sentía un poco mejor del resfrío y Max ya no estaba tan enfadado, aunque ambos se mantenían en alerta, como si estuviesen preparados para algún enfrentamiento.

Ella decidió no molestarlos, salió de la habitación con lentitud escuchándolos susurrar algo que no alcanzó a oír. Fue a la salita y se sentó en un sofá en espera de que Adrián regresara. Él había acompañado al médico a la puerta.

A los pocos minutos, el hombre apareció y se sentó a su lado, con un semblante entre endurecido y cansado.

—Esta mañana hablé con Max —comenzó la mujer—. Me contó lo que pasó con los Roberson en la fiesta.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué te dijo?

Ella le explicó con detalle la historia que el niño le había contado.

—Creo que esto no va a terminar aquí —concluyó—.

Lo que existe entre ellos es una fijación que parece tener tiempo y se repetirá cada vez que vuelvan a verse.

Ahora están tranquilos porque están de vacaciones, pero cuando reinicien las clases y deban verse en la escuela, estas peleas seguirán dándose y pueden empeorar.

Él guardó silencio, como si estuviera escuchando algo que no quería oír.

—¿Qué pasa? ¿No tienes nada que decir? —acusó Elena—. Tus hijos tienen un problema grave con esos niños, hay que buscar una forma de resolverlo.

Adrián cerró los ojos un segundo.

—Esta mañana, Norman Roberson vino a mi oficina.

Elena se enderezó.

—¿Qué quería?

—Dinero —respondió, sin rodeos—. Me llevó las facturas que le dieron en la clínica por haber atendido a sus tres hijos anoche.

—¿Qué les pasó?

—Los dos mayores tuvieron cortes en los labios y en el rostro por los golpes que le dio Max, necesitaron sutura. Y al menor tuvieron que hacerle una placa de rayos X en la cabeza, porque Max lo empujó y el niño se golpeó la cabeza contra el suelo.

Elena se quedó sin palabras.

—¿No le dijiste que también tuviste gastos por la herida de Leo?

—Por supuesto, pero antes lo mandé a la mierda.

La frase cayó como un golpe seco en la habitación. Ella amplió los ojos.

—¿Lo mandaste a la mierda?

—Le dije que se lo pagaría si él pagaba primero los gastos de Leo, que por supuesto, fueron mayores —explicó Adrián con la mandíbula tensa—.

El necesitó el doble de suturas, placas de rayos X, una férula ortopédica, vendajes y antibióticos, pero me dijo que no piensa hacerse cargo de eso porque Leo se lo hizo al caerse en el bosque, sus hijos no fueron responsables.

Elena sintió la rabia arderle en el pecho.

—¿Y cuál cree que fue el motivo por el que Leo tuvo que huir al bosque en medio de una tormenta?

—Eso fue lo que le pregunté. Leo escapó por culpa de la humillación y el maltrato que Henry, su hijo mayor, le infringió frente a todos sus amigos y conocidos.

Un ataque que fue producto del acoso que su hijo menor cometió.

Leo sintió tanta vergüenza que decidió alejarse de la fiesta, saliendo al patio cuando recién iniciaba la lluvia y sin saber que se desataría una tormenta inclemente.

Buscó esconderse en el bosque para que Theo no lo encontrara.

Elena lo miró, tratando de leer en su rostro algo más que enojo.

—¿Cómo supiste lo que había pasado en la fiesta? ¿Hablaste con los niños antes de irte al trabajo?

Adrián asintió.

—Además de hablar con ellos, Eugine Ferguson, mi director de Recursos Humanos, me lo contó al llegar a la oficina.

—¿Ferguson? —repitió Elena, recordando que Max le había confesado que una tal Melany Ferguson había estado presente cuando Henry ofendió a Leo.

—Su hija Melany fue testigo de lo ocurrido. Ella es amiga de los trillizos, estudian juntos.

Elena arqueó las cejas. La «niña molesta», como la había llamado Max, era hija de uno de los empleados de Adrián. Pero… ¿los empleados de su empresa también habían sido invitados a la fiesta de Miles Royce?

—En fin… —expresó el hombre en medio de un suspiro mientras se ponía de pie—.

Norman estaba furioso y yo también, aprovechamos la ocasión para insultarnos y decirnos cosas que teníamos pendientes.

Antes de irse me aseguró que me demandaría por no responder a sus exigencias y yo volví a mandarlo a la mierda a los gritos.

Así que… dudo que podamos resolver la rivalidad entre los niños para antes del reinicio de las clases.

Quizás este asunto escale a mayores —confesó él, antes de salir al pasillo para llamar a Charles y pedirle que subiera la comida.

Elena se recostó en el sofá, angustiada por aquella situación. Consideraba que los trillizos ya cargaban suficiente peso con el tema de la ausencia de su padre y la falta de su madre, como para además estar en medio de una rivalidad entre dos hombres tercos.

No era justo que los usaran como armas para justificar sus ataques.

Pensó en Max golpeando con rabia al oso de peluche, en Leo apretando la almohada contra su pecho como si fuese un escudo, en Theo nervioso retorciendo una de sus amadas historietas, y en los tres recostados juntos en la cama y susurrando entre ellos como si establecieran un frente de batalla.

Los chicos comenzaban a rozar su límite.

Se puso de pie para ir con ellos y prepararlos para la comida, dándoles al menos, algo de paz. Era la única forma en que podía ayudarlos por ahora.