La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 35. Heridas emocionales.
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Capítulo 35. Heridas emocionales.

Elena despertó con la sensación de que algo le faltaba. La cama estaba fría del otro lado, Adrián se había ido antes de que ella abriera los ojos.

Se incorporó despacio. El dolor en los pies la devolvió de golpe la realidad. Pequeñas punzadas le recorrieron los talones y la planta, como recordatorios de la lluvia, del barro y de la carrera desesperada por el bosque.

Fue al baño con dificultad, al regresar tomó dos analgésicos y se sentó en la cama, para esperar a que el ardor se volviera tolerable.

Se vistió con ropa cómoda y salió al pasillo con lentitud y en medio de una cojera. La mansión estaba silenciosa, solo el murmullo lejano de la cocina y el tintinear de la vajilla rompían la quietud.

La habitación de Leo fue su primera parada. El niño yacía en la cama con la pierna elevada sobre almohadas y el rostro pálido. Charles se encontraba junto a él, ajustaba con cuidado el vendaje.

—Buenos días —saludó ella.

—Buenos días, señorita Isabella. El desayuno ya está listo —respondió el hombre—. Preparé una mesa en la salita de esta planta para que no tuviera que bajar las escaleras.

—Gracias, Charles. Ya iré a comer, vine a ver cómo había amanecido Leo.

El niño le regaló a Elena una sonrisa débil.

—Me duele —murmuró.

Ella se inclinó para acomodarle el cabello, percatándose que él se notaba decaído.

—Lo sé, pero va a pasar. Tienes que ser fuerte. ¿Comiste algo?

Él asintió, aferrándose a la bandeja móvil que tenía frente a sí y portaba un vaso de jugo con tapa y boquilla. Mantenía la mirada baja, como si sintiera vergüenza y angustia.

—No comí mucho, tengo el estómago revuelto.

—Tal vez por los medicamentos, eso también pasará pronto.

Se quedó un rato con él tratando de animarlo y ayudándolo a estar cómodo. Luego fue a ver a Theo, a quien encontró en su cama arropado hasta la barbilla, con la nariz roja y los ojos vidriosos.

—Oh, Dios. Estás resfriado —dijo ella tocándole la frente para saber si tenía fiebre. Estaba tibio, pero nada alarmante.

—Charles dice que fue por la lluvia —comentó él con voz ronca.

—Ayer temblabas mucho. ¿Comiste algo?

—Solo un poco de té y una galleta.

—Le pediré a Charles que más tarde te traiga más té. Es importante que tomes mucho líquido cuando se está resfriado, eso ayudará a que te recuperes.

—Tú también estás mal. Caminas horrible —bromeó el niño al verla cojear.

—Parezco un robot defectuoso.

Theo intentó reír, pero le sobrevino un ataque de tos. Elena le dio un poco de agua y esperó a que se calmara, luego lo dejó descansar y fue a ver a Max. El chico no estaba en su habitación.

El sonido de golpes y gruñidos la guió hasta el salón de juegos. Lo encontró descargando su furia contra el enorme oso de peluche. Blandía su espada de madera contra él como si se enfrentara a un enemigo, cada impacto levantaba pequeñas nubes de la pelusa del relleno que flotaban en el aire.

—Max —lo llamó, pero él no se detuvo—. Max —repitió, acercándose—. Ven, siéntate conmigo un momento.

El niño decidió detenerse, aunque no le dio la cara ni se movió. Tenía la mandíbula apretada y un leve moretón en un costado del rostro. Respiraba con resuello y su frente estaba un poco perlada de sudor.

—¿Te duele el golpe en la mandíbula? —preguntó ella con suavidad.

—Un poco —respondió el niño aun dándole la espalda—. Pero no importa.

—Cuéntame qué pasó anoche.

Max guardó silencio un rato. Sus dedos jugueteaban con la empuñadura de la espada.

—Todo fue por culpa de James Roberson —dijo al fin—. Siempre quiere todo lo que Leo toca.

—James Roberson, ¿cuál es? —preguntó. Sabía que los niños Roberson eran tres hermanos de nueve, siete y seis años.

—El menor, el más tonto —aclaró Max, irritado—. Estábamos en la competencia de autitos. Cada auto que Leo agarraba, James se lo quitaba. Leo siempre se deja, nunca se pone rudo, eso me molesta.

Max golpeó el oso con la espada antes de continuar.

—Theo trató de hablarle, por las buenas, pero James lo golpeó en el estómago. Yo me enfadé y lo empujé. Entonces fue a llorar con sus hermanos.

Elena tragó saliva.

—¿Por eso ellos te golpearon?

—Henry vino a reclamar —dijo Max—, pero pensó que había sido Leo quien empujó a James, o eso siempre busca creer. Aunque sepa que fui yo, no me hace nada. Me tiene miedo. Fue directo con Leo porque sabe que él nunca se defiende.

Sus manos se apretaron en puños.

—Lo empujó y lo humilló delante de todos diciéndole ofensas. Incluso, delante de Melany Ferguson.

—¿Quién es Melany Ferguson? —preguntó Elena, confundida.

Max frunció el ceño.

—Una niña molesta —soltó y volvió a golpear con rudeza al oso, que cayó al suelo ya vencido por el ataque.

Max recrudeció su agresión dándole golpes más fuertes y repetidos, hasta que uno de los brazos del peluche se descosió por completo.

Elena lo dejó desahogarse mientras lo miraba. Sabía que detenerlo en ese momento solo cerraría la puerta que acababa de entreabrir.

Cuando el niño se cansó, lanzó la espada a un lado y se apartó hacia la ventana. Se sentó en el alfeizar con los hombros tensos, mirando el jardín empapado.

Sus ojos brillaban, cargados de lágrimas que se negaba a dejar caer.

—No es justo que te guardes todo eso —expuso la mujer con voz suave—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.

Max negó con la cabeza.

—Si yo no soy fuerte, nadie en esta casa lo será, y siempre querrán derribarnos.

Esas palabras le apretaron el pecho.

—Tú no estás solo —respondió—. Tienes a Theo, a Leo y a tu padre.

Él la miró por primera vez. Por un segundo la rabia se le resquebrajó, dejando ver algo más frágil dentro de él, sus miedos más ocultos.

—Leo no se defiende y Theo solo busca la vía diplomática, que no funciona —aseguró—. Y papá… él nunca está.

Elena creyó entender parte de su furia. Su rabia no solo era por la pelea y la injusticia, sino por la falta de voluntad y la ausencia. La sensación de tener que ocupar un lugar que no le correspondía porque otros tenían miedo de asumirlo o se marchaban.

Se puso de pie y avanzó con lentitud hacia la ventana para sentarse junto a él en el alfeizar.

—Ser valiente no siempre es pelear. A veces es pedir ayuda y dejar que alguien más cuide de ti.

Max bajó la mirada. Una lágrima resbaló por su mejilla, rápida, como si se avergonzara de existir.

En ese momento, el sonido de pasos en el pasillo los hizo voltear. Charles apareció en la puerta.

—El señor McGrath llamó. Dijo que llegará más tarde, para el almuerzo. Prepararé la mesa en la salita de este piso para que todos puedan comer juntos sin moverse demasiado.

Elena asintió. Max rápido se secó la cara con la manga para que no descubriera que había llorado.

—Gracias por esa consideración, Charles.

El hombre hizo una venia y se marchó.

Elena se quedó un rato allí, mirando el oso descosido en el suelo y la espada abandonada.

Comprendió que la pelea de la noche anterior había sido solo la punta de un iceberg, debajo había algo mucho más grande: miedo, rencor, vergüenza y la necesidad desesperada de proteger y ser protegido al mismo tiempo.

Heridas que no sangraban por fuera, pero que dolían más que cualquier rasguño.