Capítulo 34. Culpabilidad.
El camino de regreso a la mansión se hizo eterno y estuvo envuelto en un silencio que pesaba más que la lluvia fina que golpeaba el parabrisas.
Por suerte, Leo no tuvo ninguna complicación en su pierna. Solo sufrió una herida que necesitó de varios puntos de sutura y requería de un par de semanas de inmovilización.
Iba sentado en el asiento trasero con sus hermanos.
El trío se comunicaba de forma magistral solo con miradas y unos pocos movimientos de labios.
Elena los veía con atención a través del retrovisor buscando traducir sus palabras y gestos, pero resultaba imposible.
Menos aun cuando ellos notaron su escrutinio y decidieron no seguir «hablando en silencio».
Adrián manejaba con las manos tan aferradas al volante que tenía los nudillos blancos. Los limpiaparabrisas marcaban un ritmo lento, casi hipnótico, como un reloj que contaba los segundos de una noche que nadie quería revivir.
Jacob se había despedido en la clínica con una inclinación de cabeza y la promesa de llamar al día siguiente. No fue con ellos. Entendió que esa noche era necesario descansar antes de reflexionar sobre lo sucedido.
Como Charles se había adelantado unos minutos para recibirlos, al llegar a la mansión las puertas estaban abiertas y la habitación de cada uno de los trillizos lista.
Adrián cargó a Leo para subirlo por las escaleras, seguido de sus otros dos hijos.
Elena iba atrás, cojeando, ayudada por el mayordomo.
Mientras Adrián los cambiaba y preparaba para dormir, ella fue a su dormitorio para hacer lo mismo.
Estuvo a punto de llorar al quitarse el vestido y detallar el estado deplorable en el que había quedado.
Ese traje debió costar una fortuna y en una noche lo destruyó por completo.
Solo le faltó prenderle fuego y lanzar los restos al interior de un volcán a punto de hacer erupción.
Se dio una ducha rápida y se puso el pijama.
Le costaba afincar bien los pies porque las plantas las tenía heridas.
Solo se puso una venda antes de colocarse las medias.
No quiso que la vieran en la clínica para no complicar ni atrasar más la estadía en ese lugar, pero, por suerte, no tenía cortes profundos, solo arañazos y espinas que debió sacarse mientras iba en el auto.
Cuando ya estuvo lista e iba hacia la cama, Adrián entró en la habitación. Se había puesto ropa deportiva e iba descalzo, y tenía un botiquín de primeros auxilios en la mano.
—¿Cómo están? —preguntó ella en referencia a los niños.
—Los dejé en la cama, todos se veían muy cansados. Leo fue el primero en dormirse gracias a los analgésicos que le dieron en la clínica.
Ella asintió. Al menos, los chicos ya se encontraban en la seguridad de su hogar.
—Ven. Siéntate —ordenó Adrián, y señaló la cama.
Elena obedeció en medio de un suspiro mientras él se ubicaba frente a ella en una silla y subía uno de sus pies encima de su muslo, quitándole con cuidado la media.
—Gracias —dijo mientras lo hacía, acariciando luego con dulzura el pie de la mujer—. Por lo que hiciste esta noche por mis hijos. Por buscarlos en medio de la tormenta sin importarte las apariencias o el peligro.
—Fue mi culpa lo que pasó. No debí descuidarlos ni un segundo —expuso cabizbaja.
—Tú no los descuidaste, fue Jeremy quien te distrajo.
De eso me ocuparé luego —aseguró eso último entre dientes y con rostro enfadado—.
Pero no debiste salir en medio de la tormenta, sino buscar ayuda —habló, evaluando las heridas de sus plantas con el ceño fruncido—. Pudiste haberte hecho algo peor.
—No iba a dejarlos solos. Sabía que estarían asustados y por la oscuridad se perderían.
Él apretó los labios, concentrado en aplicar con cuidado una crema que contenía antibiótico y era desinflamante. El ardor la hizo jadear.
—Lo siento.
—No pasa nada.
El silencio volvió a instalarse, pero era distinto al del auto. Este estaba cargado de preguntas.
—Cuéntame —pidió Adrián al fin—. ¿Qué pasó con los niños antes de que todo se descontrolara?
—Quise darles un poco de espacio para ver cómo se desenvolvían en público. Noté cierta tensión, no solo de ellos hacia el resto, sino de algunos de los presentes hacia ellos. Creo que los ven arrogantes al ser tan poco sociables.
Adrián no hizo ningún comentario, pero endureció más las facciones.
—Cuando desaparecieron, hablé con algunas niñeras para saber si los habían visto. Unas me hicieron comentarios muy duros sobre la forma en que los has criado y me dieron a entender que no era la primera vez que ellos tenían problemas por su carácter.
—Hay gente que critica sin tratar de entender el contexto de lo que ocurre.
Al terminar de aplicar la crema, Adrián comenzó a envolver el pie de nuevo con la venda.
—Esos niños Roberson… ¿los trillizos han tenido antes problemas con ellos?
—En la escuela se han presentado discusiones, competencias y algunos desafíos, pero siempre creí que era cosa de niños, que solo tenían que ver con lo académico. Por eso nunca le he prestado mucha atención.
Elena levantó la vista.
—Uno muchas veces ve los problemas de los niños como algo insignificante, porque cometemos el error de compararlo con los nuestros, pero para ellos son conflictos complejos, que hasta podrían marcarles la personalidad.
Adrián respiró hondo mientras volvía a poner la media. Luego subió el otro pie sobre su muslo para repetir la operación.
—Ha sido muy difícil cuidarlos estando solo y las niñeras que contrato no suelen ser de mucha ayuda.
—Aprovecha que esta que tienes ahora es una muy metiche —soltó la mujer, logrando que él la mirara con un brillo de diversión en los ojos—. No permitiré que los sigas ignorando.
—No los ignoro. Aunque no lo creas, ellos son muy importantes para mí. Solo… no he sabido cómo protegerlos.
—Empieza por estar más tiempo con ellos. No sabes cómo les encanta que hagas eso.
Adrián asintió y culminó su trabajo con el pie que faltaba. Se levantó y fue al baño para lavarse las manos antes de reunirse de nuevo con ella. Elena se acomodó en la cama acostándose sobre los almohadones con cansancio.
—¿Y tú? ¿Tienes problemas con Norman Roberson, el padre de los niños que atacaron a tus hijos? Jacob me hizo pensar que lo que sucedía entre ellos podía ser un reflejo de lo que pasa entre ustedes. Cuando salimos de la mansión de Miles Royce, él nos miró con rencor.
Adrián se quedó quieto un instante, tenso por lo que ella había dicho. Pensó en sus palabras antes de sentarse en la cama.
—Norman ha querido comprar mi empresa desde hace años —reveló—. Quiere anexarla a su grupo. Yo me he negado. Eso ha provocado que cada vez que tomo una decisión importante, él haga críticas demasiado duras que reciben mis réplicas implacables. Es como una especie de guerra fría entre nosotros.
—Quizás los niños se han contagiado con eso.
—No lo sé —respondió él, con un tono de frustración—. Nunca pensé que nuestras disputas pudieran trasladarse a ellos. Los trillizos muchas veces no son abiertos conmigo, tienen sus propios códigos de comunicación y a mí me dejan afuera. Solo he respetado su individualidad.
Elena recordó la forma en que los niños se comunicaron en el auto, manteniendo en secreto lo que sentían u opinaban y encerrándose en una burbuja donde no dejaban entrar a nadie más.
—A veces siento que soy un mal padre —dedujo Adrián acostándose en la cama quedando de espaldas, con la mirada frustrada clavada en el techo.
Elena se acercó a él y lo envolvió con uno de sus brazos, recostando la cabeza en su pecho.
—Haces lo mejor que puedes. Ellos lo saben, aunque no lo digan —confesó, logrando que él la abrazara y besara su cabeza con ternura—. No te desanimes ahora. Tus hijos te necesitan más que nunca.
Adrián cerró los ojos por un segundo, como si esas palabras lo atravesaran. Cuando los abrió, había algo distinto en sus ojos, algo más suave.
—Intentaré no defraudarlos.
Se quedaron así un rato, hasta que Adrián se durmió. La agitación de aquel día lo dejó exhausto.
Elena cerró los ojos, pero el sueño no llegó.
En su mente las imágenes se repetían: Max en el suelo, siendo atacado por dos niños; Leo llorando en la oscuridad del bosque, sangrando; Theo temblando como si estuviese hecho de papel; la mirada dura de Norman Roberson en la puerta de la mansión y los ojos atentos de Jeremy Cohen, clavados en ella como si la midieran. Todo eso la hizo estremecer.
Aunque ya había menguado la tormenta en el exterior, en esa casa y en el interior de cada uno de ellos, apenas iniciaba.