Capítulo 33. Rivales.
La lluvia seguía cayendo cuando el auto se detuvo en el estacionamiento subterráneo de una clínica privada.
Adrián enseguida bajó, abrió la puerta trasera y tomó a Leo con cuidado para sacarlo, sosteniéndolo como si fuera de cristal. Theo y Max lo siguieron, pero él les ordenó que se quedaran con Isabella porque no podían entrar.
Con rapidez se dirigió a la emergencia hablándole al niño con suavidad para calmar su llanto. En la entrada lo recibió un camillero facilitándole una silla de ruedas y así trasladarlo al interior.
Elena no pudo bajar, solo abrir la puerta y sacar los pies afuera. Le dolían mucho las plantas por la caminata bajo la lluvia en el bosque.
—¿Crees que estará bien? —quiso saber Max al ubicarse junto a ella, preocupado, con sus ojos fijos en la puerta del centro de salud.
—Por supuesto, solo fue un corte profundo que le curarán enseguida —respondió ella—. Luego pasará unos días en cama mientras se recupera.
—No podía ver por dónde íbamos, por eso no pude llegar rápido ni evitar que Leo cayera —se quejó Theo, aun temblando por el frío, aunque no tanto como antes. Se había quitado la chaqueta y la camisa y se puso la chaqueta de Max.
—No te culpes —lo calmó Elena, acercándolo hacia ella para dar acariciarle la espalda—. Aunque hubiese sido de día, Leo igual iba a caer. La lluvia ha estado muy intensa y el suelo se volvió resbaloso. Yo me caí varias veces mientras los buscaba.
Jacob en ese momento bajó de su auto y se acercó a ellos.
—¿Entraron?
—Sí —respondió Elena—. Ya lo deben estar atendiendo.
El hombre asintió y se quedaron los cuatro allí a la espera de noticias. Charles llegó a los pocos minutos, Adrián lo había llamado mientras estaban de camino a la clínica para avisarle lo sucedido.
El mayordomo les llevó abrigos, toallas, ropa seca para los niños y chocolate caliente. Max y Theo se sentaron en la parte trasera de su auto que estaba seco y tenía la calefacción encendida. Elena se quedó con Jacob afuera.
Ella seguía sentada en el asiento del copiloto de Adrián con las piernas hacia afuera. Él se recostó de la carrocería a su lado, ambos envueltos en toallas y tomando chocolate caliente.
La lluvia había disminuido, pero el aire seguía cargado de humedad.
—No he podido darte las gracias por haberme cargado desde el bosque hasta el auto —dijo Elena con una sonrisa cansada.
—Y yo no me he presentado como es debido. Soy Jacob Pierce, amigo de Adrián.
Estrecharon sus manos con semblante divertido. Elena suspiró hondo, con un nudo apretado en el estómago.
—Me siento culpable por lo sucedido —murmuró ella—. Debí estar más pendiente. Quise darles su espacio para que interactuaran con otros, pero me equivoqué.
—Esas cosas son impredecibles, no debes culparte. Pasa incluso entre adultos.
Ella lo pensó un instante, descubriendo que lo que decía era cierto. Llegó a esa fiesta pensando que Adrián se la llevaría bien hasta con el anfitrión, pero resultó lo contrario. Nunca imaginó que la tensión fuese tan palpable.
—No han querido decir nada sobre lo sucedido —reveló la mujer en referencia a los trillizos—. Adrián intentó interrogarlos de camino a la clínica, pero ninguno habló.
—A veces es mejor dejar que se calmen primero. A Max lo veo enfadado, Theo está arrepentido y Leo demasiado adolorido como para ordenar ideas en su cabeza.
—No entiendo cómo todo se salió de control tan rápido.
Ellos llegaron tranquilos, buscando mezclarse, pero es evidente que tienen problemas con esos niños Roberson.
Mientras los buscaba por la casa, una niñera me dijo que habían tenido una discusión cerca de la pista de autitos.
Ese debió ser el motivo de la huida de Leo y de la pelea de Max.
Jacob se pasó una mano por el cabello, pensativo.
—Los Roberson no son niños fáciles. Su padre, Norman, los cría con mucha rudeza.
Elena lo observó impactada.
—¿Norman Roberson? ¿Ese es el nombre del padre de los niños? —consultó, recordando al hombre que los miró con severidad desde la puerta de la mansión cuando se marchaban.
—Sí, es un tipo de carácter difícil, maneja un grupo que reúne a empresas hoteleras y de alimento.
Trata a sus hijos con mucha disciplina, les exige más de la cuenta para sus edades, piensa que el carácter se forja con un trato severo y frío.
El menor apenas tiene seis años y el mayor nueve.
El del medio creo que es contemporáneo con los trillizos, de siete años. Me parece que estudian juntos.
Elena frunció el ceño.
—Son solo niños.
—Para él, son futuros líderes —respondió Jacob, con un dejo de ironía—. Los empuja a ser los mejores en todo. Deportes, estudios, relaciones sociales. Por eso no es raro que se metan en problemas con otros chicos que no encajan en su mundo.
Elena miró el auto de Charles, donde Max y Theo se encontraban. Los veía a través del vidrio empañado, sentados en silencio, cada uno sosteniendo su taza de chocolate.
—Y Jeremy Cohen —preguntó ella, recordando la mirada que el hombre le dirigió en la mansión—. Estaba con Roberson cuando nos fuimos. ¿Son amigos?
Jacob soltó una risa corta, sin humor.
—Jeremy siempre se junta con gente complicada —respondió—. Sobre todo con quienes están en contra de Adrián.
Elena arqueó las cejas, con sorpresa.
—¿En contra?
—Adrián no es precisamente el hombre más querido en todos los círculos —explicó Jacob—. Su empresa ha crecido rápido, eso genera admiración, pero también envidia. Eso último es algo muy común en nuestro mundo.
—¿Envidia? ¿Norman Roberson y Jeremy Cohen le tienen envidia a Adrián?
Jacob dudó un segundo, como si evaluara cuánto debía decir.
—Es una forma de explicar la relación entre ellos sin entrar en detalles. En realidad, es una situación muy compleja, que involucra alianzas que no se dieron y acuerdos que alguien sintió que no fueron justos. ¿Me entiendes?
Elena sintió un escalofrío recordando a su padre. Los acuerdos que había logrado con Northstar Distribution Corp, que no fueron respetados, y la presión final que recibió, en su momento más vulnerable, que lo llevó a la muerte. Su «situación compleja» resultó mortal.
¿La que Adrián mantenía con Norman Roberson y con Jeremy Cohen resultaba igual? Aquella relación le generaba muchas más dudas, pero le costaba expresarlas porque lo sucedido con los niños le preocupaba más.
—Espero que los problemas que tienen los padres no se reflejen en los niños.
—Es posible que lo de hoy haya sido solo cosa de chicos, aunque no me extrañaría que lo sucedido con los padres tuviese alguna influencia. Ojalá me esté equivocando.
Elena apretó los labios, inquieta. Miró hacia la puerta de la clínica esperando ver salir a Adrián con Leo. Ya quería estar en casa y descansar de aquel extraño día.