Capítulo 32. El rescate.
La lluvia caía con tanta furia que parecía querer borrar los caminos. Elena avanzaba a tientas entre los árboles, con el corazón desbocado y la respiración rota.
—¡Theo! ¡Leo! —gritaba, sin saber si su voz llegaba a alguna parte—. ¡Por favor, respóndanme!
Los relámpagos iluminaban el bosque por segundos, permitiéndole guiarse.
Por culpa de la maraña de raíces y piedras del suelo tropezaba y caía de rodillas, sintiendo el barro colarse por debajo de la falda de su vestido.
Se le escapaban sollozos aunque no eran por el dolor, sino por la desesperación.
Pero eso no la detenía. Se levantaba enseguida ignorando el ardor en las palmas y en los pies desnudos y continuaba la búsqueda.
Los fuertes truenos que acompañaban a cada relámpago eran tan sonoros que la ponían más nerviosa.
—¡No me hagan esto, chicos! ¡Díganme dónde están! —exigía, con la voz afectada por el miedo.
Avanzó un poco más apartando ramas con los brazos, guiándose solo por la intuición. El bosque parecía infinito, una trampa de sombras y sonidos que se confundían con la tormenta.
Entre el rugido de un trueno escuchó algo distinto.
—¡ISABELLA!
Quedó inmóvil, con el corazón golpeándole en los oídos.
—¡THEO! —respondió, girando sobre sí misma—. ¡¿Dónde están?!
—¡AQUÍ! —volvió a gritar la voz, más clara ahora.
Corrió hacia el sonido, sin pensar en el terreno ni en las ramas que le golpeaban el rostro. Otro relámpago iluminó el camino y por un segundo los vio.
Theo estaba de pie en medio del sendero, empapado hasta los huesos, con el cabello pegado a la frente. Saltaba sacudiendo sus brazos por encima de su cabeza para hacerse notar. A su lado, en el suelo, Leo lloraba abrazándose una pierna.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Elena, cayendo de rodillas frente a ellos.
Los rodeó con los brazos sintiendo el frío de sus cuerpos y el temblor que los sacudía.
—Lo siento —balbuceó Theo—. Yo… me perdí, y luego él se cayó.
Leo sollozaba, con los dientes castañeteando.
—Me duele —decía entre lágrimas—. No puedo caminar.
Elena le tomó la pierna con cuidado, buscando a tientas bajo la lluvia. Un relámpago le dio la luz suficiente para ver la herida y la sangre mezclándose con el barro.
—Está bien —dijo, aunque no lo sentía—. Todo va a estar bien.
Se arrancó un trozo de la parte baja de su falda con un tirón desesperado y con manos torpes por el frío envolvió la pierna de Leo, apretando lo suficiente para detener la sangre.
—Theo, ayúdame —pidió, y se puso de espaldas a ellos—. Súbelo a mi espalda.
El niño asintió y ayudó a que su hermano se levantara y envolviera con sus brazos el cuello de la niñera. Elena lo cargó oyéndolo gritar por el dolor en su pierna por culpa de la sacudida e ignorando el que ella sentía en los pies maltratados.
—Aguanta un poco, Leo. Te sacaré se aquí. Agárrate fuerte —rogó con voz temblorosa—. Theo, quédate a mi lado. Sostente de mi falta y no te sueltes.
—Sí —respondió el chico, obedeciéndola, y empezaron a avanzar de regreso, paso a paso, con la lluvia cayéndoles en la cara y el viento empujándolos hacia atrás.
Esperaban que los relámpagos les alumbrara el camino para guiarse y avanzar más rápido.
Elena sentía cada piedra y raíz clavarse en la planta de los pies amenazando con hacerla caer, pero no se detenía. A lo lejos, vio las luces de la mansión, era evidente que habían logrado reponer la electricidad con ayuda de una planta eléctrica, eso la ayudó aún más a guiarse.
Unos metros más adelante escucharon voces a lo lejos. Gritos que no eran los de la tormenta.
—¡Theo! ¡Leo! ¡Isabella!
Elena levantó la cabeza, reconociendo la voz de Adrián.
—¡ADRIAN! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Estamos aquí!
—¡PAPÁ! —la secundaron los niños, temblando como gelatina por el frío.
Un relámpago iluminó una figura que corría hacia ellos por el sendero, seguido de otras sombras. Adrián apareció empapado, sin chaqueta ni corbata, y con la camisa abierta hasta el pecho y el rostro desencajado entre el enfado y el miedo.
—¡Aquí están! —exclamó al verlos.
Corrió los últimos metros y enseguida tomó a Leo para ubicarlo sobre la tierra mojada y así evaluar su estado, ya que notó su rostro lloroso.
—¿Qué tienes? —preguntó al niño, casi sin aliento.
—Me duele la pierna. Me caí —respondió en medio de su llanto.
—Tiene un corte y ha perdido algo de sangre —agregó Elena, arrodillándose frente a ellos.
Adrián le acarició el rostro a la mujer, evidenciando su felicidad por encontrarla. Luego vio a Theo temblando de frío a su lado y estiró una mano hacia él pidiéndole que se acercara para abrazarlo.
—¿Estás bien? ¿También te caíste? —quiso saber, apretándolo contra su pecho.
—No, papá, pero me perdí. No supe cómo regresar.
—No te preocupes, lo hiciste bien. No dejaste solo a tu hermano —lo calmó, y se levantó del suelo manteniendo a Leo entre sus brazos, pegándolo a su pecho—. Volvamos con Max. No se alejen de mí —ordenó y comenzó a caminar de regreso.
Detrás de él llegaron tres hombres que portaban el uniforme de seguridad de la mansión, también empapados, aunque alumbrando el camino con linternas, y un invitado que Elena no reconoció. Un hombre rubio contemporáneo con Adrián que llevaba sus zapatos en la mano.
—Señorita Reed, ¿le duele algo? —le preguntó al verla cojear—. ¿Quiere ponerse sus zapatos?
—No creo poder avanzar con ellos, se hunden en el barro.
Adrián miró a Elena por unos segundos, evaluándola de arriba abajo: el vestido roto, sucio y manchado sangre, y los pies llenos de barro. Ahora que estaba acompañada y no debía llevar sobre su espalda a Leo, ella fue consciente de sus heridas y le costaba más caminar.
—Jacob, ¿puedes llevarla? —pidió a su amigo.
—Por supuesto —respondió el hombre, y enseguida cargó a Elena entre sus brazos.
Ella lo observó a la cara avergonzada, pero a la vez agradecida por esa ayuda. Ya no tenía aliento para seguir.
Uno de los guardias cargó a Theo y así pudieron avanzar más rápido hacia la mansión. Aunque no se dirigieron hacia la casa, sino al estacionamiento techado, donde pudieron ver a Max esperándolos con ansiedad acompañado por otros guardias, Miles Royce y unos pocos invitados.
—¡Papá! —gritó el niño al verlos, con parte de su mandíbula enrojecida e hinchada por el golpe recibido minutos antes.
—¿Necesitan un médico? —preguntó Royce cuando entraron en la zona techada y viendo que la ropa de Leo y de la niñera estaba machada con sangre—. Puedo buscar a alguien entre los invitados. De seguro hay un médico.
Adrián le lanzó una mirada dura.
—No —respondió, con brusquedad—. Yo me encargo.
Se dirigió al auto sin decir nada más, abriendo la puerta trasera y acomodando a Leo en el asiento con cuidado. Theo y Max subieron enseguida sosteniéndose entre ellos como si no quisieran separarse.
Jacob bajó a Elena junto a la puerta del copiloto y abrió para ayudarla a sentarse con cuidado.
—Iré detrás de ti —notificó a Adrián recibiendo un asentimiento de cabeza antes de correr a su auto.
Royce insistía en ayudarlos de alguna manera, pero Adrián seguía negándose y pidiéndoles de mala gana que los dejara en paz.
Elena quedó sorprendida por la forma en que lo trataba, pero antes de ponerse en marcha para salir de allí miró hacia la mansión y vio a un hombre parado junto a la puerta lateral con postura rígida. Los observaba con el rostro tenso y los brazos cruzados en el pecho.
Lo reconoció como el padre de los niños Roberson, quienes habían estado peleando con Max. A su lado se encontraba Jeremy Cohen, que mantenía su atención molesta tan fija en ella que le erizó la piel, como si la desafiara.
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia, pero por suerte el motor arrancó y el vehículo se alejó dejando atrás a aquel lugar, a la fiesta y las luces que se perdían entre la cortina de agua.