La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 31. Desaparición.
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Capítulo 31. Desaparición.

La música seguía sonando, pero ahora vibraba al ritmo de la tormenta que rugía afuera. Elena avanzaba entre los grupos de invitados con el corazón golpeándole en el pecho, mirando de un lado a otro. Trataba de localizar a los trillizos entre el mar de niños, adultos elegantes y niñeras uniformadas.

—¿Has visto a los trillizos McGrath? —preguntó por enésima vez a las personas con las que se topaba.

La mujer que en esa ocasión se encontraba frente a ella, era una niñera de vestido gris y peinado impecable que la observó de arriba abajo, con una mezcla de curiosidad y recelo.

Sus ojos se detuvieron un segundo de más en el vestido de Elena, en la tela fina que caía y la hacía ver como si fuera una invitada más y no una empleada.

—¿Se perdieron los niños que cuidas? —preguntó, cruzándose de brazos—. Vaya detalle interesante.

Elena apretó los labios para no iniciar una discusión, sintiéndose arrepentida por el error que había cometido.

—¿Los has visto? —consultó con tono desafiante.

La mujer soltó una risa breve, casi burlona.

—No. Los niños de familias pudientes, que viven encerrados en casa y controlados las veinticuatro horas, suelen aprovechar estas fiestas para escapar y hacer trastadas. Por eso no hay que quitarles los ojos de encima nunca.

Elena sintió que algo le ardía en el pecho.

—Los trillizos no son así —replicó, con firmeza—. Son niños dulces e inteligentes.

—Sí claro, quizás fue por inteligencia que hace poco tuvieran una discusión en la pista de autitos con los hijos de los Roberson.

Te aconsejo dejar de intentar mezclarte con los invitados y mantenerte cerca de los chicos a tu cargo.

Los trillizos McGrath son como son porque no tienen quien los controle, su padre ni siquiera les presta atención, por eso viven cambiando de niñera.

Nadie logra llevarles el ritmo, son arrogantes y voluntariosos.

Elena dio un paso atrás, como si la hubieran empujado.

—No conoces a esos niños, ni lo mucho que se esfuerza su padre por cuidar de ellos estando solo. Es más fácil criticar que comprender una realidad.

Elena se alejó de aquella mujer con la indignación reflejándose en su semblante. Jamás pensó que la gente opinara de esa manera de tres chicos inocentes que habían vivido muy solos sin haber superado sus pérdidas.

Se movió con mayor rapidez por el salón intentando hallarlos, incluso, pasó al salón principal y hasta se llegó al vestíbulo.

Por la lluvia, todos estaban dentro de la casa, ocupando cada uno de los rincones.

—¡Llamen a los de seguridad! —exigió una niñera que empujaba un cochecito acompañada por dos niñas que parecían asustadas.

—¡¿Qué sucede?! —preguntó Elena corriendo hacia ella. La mujer venía de los pasillos que dirigían al estacionamiento y se dirigía al salón principal.

—¡Hay unos niños peleando! ¡Se golpean con violencia!

—¡¿Los trillizos McGrath están allí?!

—¡No sé! ¡Creo que sí!

Elena siguió a toda velocidad hacia el lugar, con el corazón latiéndole a mil por horas.

—¡Theo! ¡Leo! ¡Max! —llamó.

Su voz se perdía entre la música y los murmullos. Pero pronto escuchó gritos y voces infantiles y excitadas que animaban algo.

Se introdujo por un pasillo desolado que llevaba al exterior, donde un grupo de niños formaban un círculo. Algunos reían, otros lloraban y había quienes gritaban palabras que Elena prefirió ignorar.

—¡Basta! —gritó, empujando para abrirse paso.

Lo que vio le heló la sangre.

Max estaba en el suelo, con dos niños encima, forcejeando. Tenía los puños cerrados y los ojos encendidos de rabia. Intentaba zafarse mientras uno le golpeaba un hombro.

—¡Suéltenlo! —chilló Elena, metiéndose en medio de la reyerta.

Trató de separar a los niños con sus propias manos, pero el tumulto la empujaba hacia atrás. Vio a un mesonero llegar a las carreras, tal vez alertado por la niñera que había huido con las dos niñas y el bebé en el cochecito.

—¡Ayúdame! —le exigió.

El hombre se metió dentro del grupo para separar a los chicos. Con esfuerzo lograron apartarlos.

Los dos niños que había atacado retrocedieron, jadeando, con marcas de golpes en la cara y la ropa arrugada y salpicada de sangre. Max se quedó sentado en el suelo, respirando con dificultad.

—¡Max! —exclamó Elena y se arrodilló a su lado.

Le tomó el rostro con cuidado. Tenía un moratón junto al labio, pero ninguna otra herida visible. Sus ojos seguían desafiantes, llenos de furia.

—Ellos empezaron —gruñó, y señaló a los otros dos—. Los Roberson siempre creen que son mejores que nosotros.

De pronto aparecieron niñeras, padres y un par de guardias de seguridad. Elena apretó los labios y ayudó al niño a ponerse de pie.

—¿Y tus hermanos? —preguntó, con un nudo en la garganta al percatarse que no estaban en los alrededores.

Max la observó con preocupación.

—Leo escapó afuera. Se fue cuando estos dos lo empujaron —reveló, acusando a los dos niños que ahora estaban siendo atendidos por sus padres—. Theo fue a buscarlo.

El mundo se encogió sobre Elena.

—¿Salieron al patio? —repitió, incrédula, y miró al exterior por la puerta que estaba cerca.

Un poderoso trueno estalló afuera, tan fuerte que algunos invitados gritaron. La luz del salón parpadeó amenazando con extinguirse.

—Max, quédate aquí —ordenó Elena, decidida—. Iré por tus hermanos.

—Quiero ir contigo —protestó.

—Ni lo pienses. Te quedas aquí, es una orden —sentenció, entregándole su cartera—. Y avísale a tu padre lo que sucedió.

El niño estuvo a punto de emitir otra queja, pero Elena enseguida se alejó de él y corrió hacia el exterior.

La lluvia era un muro de agua y el viento le azotaba el vestido haciendo que se le pegara a las piernas. La noche era un caos de relámpagos y sombras. El bosque, al fondo, se alzaba oscuro, como una boca abierta.

—¡Leo! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Theo!

La respuesta fue solo el rugido del trueno. Se adentró en la naturaleza, sus zapatos de tacón se hundían en la tierra, así que se los quitó para no retrasarse.

Avanzó por un sendero empedrado que se escurría entre los árboles resbalando un par de veces. La tormenta parecía querer tragárselo todo.

—¡Leo! ¡Theo! ¡Por favor! ¡Respóndanme! —exigía sin detenerse.

Giró en una ocasión para mirar hacia la mansión de Miles Royce, descubriendo que la luz se había ido. El lugar se encontraba entre penumbras.

—Oh, no. Esto es culpa mía —murmuró, sintiendo cómo la angustia le subía por la garganta—. ¡Debo encontrarlos! —expuso con pena retomando su búsqueda, intentando ver o escuchar algo entre la oscuridad.

En ese momento nada más le importaba, solo hallar a esos niños.