Capítulo 30. Celos.
Elena volvió a alejarse de los trillizos dándoles un poco de espacio. Los dejó interactuar con unos chicos que se acercaron a saludarlos.
Los tres se notaban tensos. Theo mantenía los hombros rectos, Leo apretaba las manos contra el borde de la mesa y Max sostenía el mentón en alto, como si desafiara al mundo entero a decir algo.
—Es raro verlos aquí —dijo una niña de cabello oscuro que iba acompañada por dos chicos más—. Ustedes nunca vienen a estas reuniones.
Theo parpadeó, sorprendido por la franqueza.
—Tenemos asuntos que atender en casa —respondió, con una seriedad que no encajaba con su edad.
En realidad, Adrián nunca los llevaba porque no tenía quien los cuidara, las niñeras no les duraban lo suficiente. En esa ocasión, Elena velaba por ellos.
Los otros se miraron entre sí.
—¿Asuntos qué atender? —repitió uno de los chicos, frunciendo el ceño—. Eso suena a que se creen demasiado importantes.
Leo sintió que las miradas se volvían más duras. Bajó la cabeza deseando que la alfombra se lo tragara.
—No es eso —murmuró Theo—. Solo… no solemos salir de casa —intentó arreglar la situación, pero Max dio un paso al frente levantando aún más el mentón.
—No tenemos que explicar nada —dijo, con voz firme—. Estamos aquí porque queremos.
La niña alzó una ceja.
—Vaya, qué misteriosos.
Un silencio incómodo se extendió. La niña los observó un segundo más y luego se encogió de hombros.
—Prepararon la pista para hacer un rally de autos de juguetes y así entretenernos aquí adentro por la lluvia. Si no tienen asuntos que resolver y desean participar, pueden ir —dijo con tono de burla antes de dar media vuelta y marcharse, seguida por los otros dos.
El grupo murmuraba entre risas y les dirigían a los trillizos miradas ocasionales, que ellos intentaban ignorar, aunque les resultaba imposible.
Elena no escuchó lo que habían hablado aunque notó la tensión, pensó que debía darles tiempo para que se relajaran y entraran en confianza.
Prefirió quedarse cerca de la puerta para así no invadir el espacio de los niños y evitar al hombre que la había abordado en el patio, incomodándola con sus palabras.
El murmullo del salón infantil le resultaba como un refugio seguro, aunque, unos minutos después, sintió cómo unos dedos se cerraban alrededor de su muñeca.
—Hola —la saludó de nuevo el hombre con quien había hablado afuera. Él mostró una sonrisa que intentaba ser encantadora.
Elena se giró, tensa.
—Por favor, suéltame —pidió, sin levantar la voz.
Él no la soltó de inmediato. En cambio, su mirada recorrió el vestido que ella llevaba puesto.
—Es una prenda hermosa —comentó—, y es evidente que es costosa, estoy seguro que es de diseñador.
No es algo que una niñera usaría de forma habitual, no puede pagarla con su sueldo.
¿Adrián te lo regaló? ¿O al menos te lo prestó?
Debe existir mucha confianza y cercanía entre ustedes para que haga algo así.
La mujer sintió un calor incómodo subirle por el cuello. Entendió al instante lo que él estaba insinuando: que ese vestido no era suyo, y si Adrián se lo había dado, entonces, era posible que mantuvieran una relación íntima. Eso podía ser escandaloso.
—Tengo que volver con los niños.
El hombre ladeó la cabeza, como si estuviera divirtiéndose.
—Deja que los trillizos se diviertan solos, Adrián nunca los deja salir de la mansión y afuera empieza a llover —reveló, señalando el cielo donde los relámpagos iluminaban las nubes—.
Ven, podemos refugiarnos en la terraza de la piscina para hablar.
Es más agradable que este cuarto lleno de bullicios infantiles y carreras traviesas.
Elena negó con la cabeza.
—No. Mi trabajo es estar aquí, con los trillizos, disculpa.
Él dio un paso más cerca y con un gesto jovial se quitó el abrigo.
—Al menos, toma esto —ofreció—. Con este viento te vas a resfriar.
Ella se apartó un poco.
—No lo necesito, gracias.
—Por favor, déjame ser cortes —insistió, y la tomó de una mano para acercarla de nuevo.
En ese instante una sombra se proyectó sobre ambos.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Adrián sonó baja, aunque cargada de una tensión que no necesitaba elevarse para ser amenazante.
Elena se giró y lo encontró de pie a pocos pasos, con los hombros tensos y los ojos clavados en la mano del hombre que sostenía la de ella.
—Solo conversaba con Isabella —dijo él, sin soltarla—. El viento está frío y ella está algo desabrigada.
Adrián dio un paso al frente.
—Isabella está aquí para cuidar a mis hijos, no para socializar con invitados.
Elena sintió el golpe de esas palabras como si fueran una bofetada y bajó la mirada.
—Lo siento —murmuró—. Iré con los niños.
Intentó apartarse, pero el hombre lo impidió.
—Vamos, Adrián. Solo se relaja un momento, tus hijos están bien. No seas tan duro.
Adrián lo miró con frialdad.
—¿Por qué no vas a buscar a tu padre, Jeremy? Dairus parece necesitarte. Está bastante pasado de tragos y pretende cerrar tratos con gente que no debería.
Jeremy se tensó al oír esa noticia. Elena sintió que el mundo se le volvía a sacudir bajo los pies. Aquel hombre era el hijo de Dairus Cohen, el socio de Adrián. El mismo que había presionado a su padre en los peores momentos de su vida.
El viento se levantó con fuerza y un rayo iluminó el jardín seguido de un trueno que hizo vibrar los ventanales.
—Siempre tan correcto, McGrath —escupió el hombre—. Nos vemos adentro —expuso, y se giró hacia Elena una última vez con una mirada que ya no era amable—. Cuídate, preciosa —dijo, y se marchó hacia el salón principal.
Adrián soltó el aire cuando lo vio alejarse y se volvió hacia ella.
—Ven conmigo —ordenó, y extendió una mano hacia ella para que la tomara.
Elena la miró con rabia. Recordó a las mujeres que lo rodearon en el salón, sus risas y sus dedos tocándolo sin pudor mientras él lo disfrutaba.
Los celos la trastornaron, mezclándose en su cabeza con la realidad de que había estado socializando con el hijo de Dairus Cohen sin saberlo.
—No —dijo, apartándose.
Adrián frunció el ceño.
—Isabella…
—Regresa al salón —lo interrumpió, con la voz temblándole de furia—. Sigue disfrutando con el séquito de mujeres que te ha hecho la corte esta noche, yo tengo que trabajar, no socializar con los invitados —dijo eso último con ironía.
Le dio la espalda y comenzó a caminar por el salón, buscando a los trillizos, que ahora no estaban a la vista.
—Espera… —pidió Adrián, queriendo seguirla. Pero ella no se detuvo.
En ese momento alguien abrió las puertas que daban al patio para entrar al salón, dejando que se colara una ráfaga de viento y lluvia. El sonido de la tormenta llenó el vestíbulo y los relámpagos iluminaron los rostros de los invitados.
Elena avanzó sin mirar atrás. Dejando a Adrián con la palabra suspendida en los labios.