La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 29. La llegada de la tormenta.
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Capítulo 29. La llegada de la tormenta.

La mansión de Miles Royce brillaba como un diamante incrustado en la ladera de la montaña. Candelabros de cristal iluminaban los jardines, reflejándose en las copas de champagne y en los vestidos de gala que se deslizaban entre columnas de mármol.

La prensa se movía con agilidad entre los invitados, micrófonos y cámaras listos para capturar sonrisas, promesas de inversión y palabras que sonaban a filantropía, aunque muchas veces parecían más negocios disfrazados.

Elena se mantuvo en un segundo plano, como correspondía a su papel.

Mientras Adrián posaba con los niños para varios portales digitales y un canal de noticias.

Observaba desde un costado, sosteniendo el bolso con las manos apretadas.

Intentaba que su rostro no revelara el torbellino que llevaba dentro.

Los trillizos lucían impecables en sus trajes, se portaban como pequeños caballeros. Sonreían cuando se lo pedían y miraban a su padre con una mezcla de orgullo e inquietud.

—Chicos —dijo una mujer del equipo del evento con una sonrisa ensayada—. Hay una zona infantil por allá, con juegos y otros niños. Pueden dirigirse a ese lugar, así su padre atiende sus asuntos con sus socios.

Adrián miró a Elena.

—Yo los acompañaré —respondió ella enseguida.

Los llevó por un pasillo lateral que desembocaba en una sala amplia, decorada con colores más vivos, mesas bajas, juegos de mesa y una extensa pista para autos de juguete.

Había varios niños, algunos corriendo, otros sentados en grupos conversando con naturalidad. Los trillizos se detuvieron en la entrada.

Leo, al ver cómo un par de chicos lo miraban y se reían por lo bajo, se ubicó junto a Elena. Max cruzó los brazos, desafiante, como si estuviera listo para un combate. Theo, como siempre, se quedó un poco atrás, evaluándolo todo.

—Pueden ir a jugar y conversar con otros chicos —dijo Elena con suavidad—. Yo estaré cerca.

Ella se alejó, siendo seguida al inicio por la mirada cautelosa de Leo, pero Theo lo jaló del brazo para que avanzara con ellos, aunque no se integraron.

Se quedaron juntos, cerca de una mesa donde había bloques de construcción.

Hablaban entre ellos en voz baja mientras tanteaban con precaución los alrededores.

Algunos niños los veían con curiosidad, otros con una especie de burla mal disimulada.

Elena decidió no intervenir, quería ver cómo se desenvolvían en público. Hasta ese momento los había visto actuar solos en la mansión, pero no junto a otras personas o niños.

Se quedó próxima a la puerta que daba al salón principal, dando ocasionales miradas hacia ese lugar.

Veía a Miles Royce siempre en el centro de todo. Alto, elegante, con un traje claro que contrastaba con su sonrisa amplia y su manera de tocar los hombros de cada invitado como si fueran viejos amigos.

La prensa lo adoraba. Cada gesto suyo parecía calculado para la cámara y cada risa para el titular del día siguiente.

«Hipócrita», recordó Elena que decía su padre cuando lo veía en televisión y eso le pareció.

Alguien que solo actuaba según un guion establecido con el fin de alcanzar alguna meta oculta.

Prefirió olvidarse de él y sus ojos buscaron a Adrián. Lo encontró rodeado de un pequeño grupo de personas, entre las que se encontraban mujeres que parecían muy interesadas en él.

Algunas reían de sus comentarios, otras lo mantenían aferrado del brazo y se inclinaban hacia él como si la gravedad las empujara en su dirección. Él sonreía, amable y educado, sin apartarse del todo.

Elena sintió un pinchazo en el estómago. No tenía derecho a reclamar nada. Lo sabía, pero aun así le dolía.

Se alejó del marco de la puerta y caminó hacia el patio trasero buscando aire. No podía seguir mirando esa escena o terminaría encendida por la cólera.

La imagen del paisaje calmó sus emociones. El patio era inmenso, con faroles que iluminaban senderos de piedra y un jardín que se perdía en un pequeño bosque y seguía hasta las lejanas montañas. El viento comenzaba a soplar con más fuerza moviendo las hojas y levantando el borde de su vestido.

—Parece que se acerca una tormenta —dijo una voz a su lado.

Elena se giró. Un hombre de su edad la miraba con una sonrisa tranquila. Tenía una copa en la mano y el cabello revuelto por el viento. Sus facciones le resultaron familiares, pero no se esforzó por recordar.

—Había pronóstico de tormenta, pero estaba tan despejado cuando salimos de casa que pensé que se habían equivocado —respondió ella, y evaluó el cielo que con rapidez se tapaba de nubes.

—Te vi llegar con Adrián McGrath —comentó—. Eres Isabella Reed, ¿cierto? La nueva niñera de sus trillizos.

Ella se sintió vigilada.

—Sí, ahora estoy cuidando de los niños. Solo salí para conocer el lugar y respirar aire fresco —dijo, señalando hacia el salón infantil.

El hombre la observó con más atención, y alzó una ceja, intrigado.

—Me hablaron de ti, de tu parecido con la esposa de un antiguo socio de Adrián. Dicen que es curioso que él te haya contratado.

Elena sintió que el mundo se le inclinaba un poco hacia un lado.

—No entiendo a qué te refieres —expresó, esforzándose por mantener la calma.

El hombre dio un sorbo a su bebida.

—Es solo que… hay personas que traen recuerdos que uno no quiere enfrentar. Por eso resulta extraño que Adrián no se aleje de ellos, sino que busque enfrentarlos.

Elena dio un paso atrás.

—Creo que te equivocas —murmuró.

Una ráfaga de viento, más fuerte que las anteriores, sacudió los árboles. Las luces del jardín parpadearon. A lo lejos, un trueno retumbó, bajo y profundo.

El hombre sonrió como si disfrutara su incomodidad.

—No pienses que te estoy juzgando. Solo me pareció raro que alguien con tu rostro termine en esa casa, con esta gente.

Elena sintió que su corazón golpeaba contra sus costillas.

—Disculpa, debo volver con los niños.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y caminó de regreso al salón infantil. El viento siguió soplando a su espalda, como si la empujara.

Al entrar en la sala, encontró a los trillizos donde los había dejado.

Leo armaba una torre con los bloques. Max observaba a un grupo de chicos que charlaban y reían entre sí, lanzando ocasionales miradas hacia ellos.

Y Theo hojeaba una revista que halló en las cercanías con desánimo antes de dirigir su atención hacia ella, justo en el momento en que un trueno retumbaba más cercano.

—¿Todo bien?

Elena se sorprendió por la pregunta.

—Sí —respondió—. Todo bien.

Pero no era verdad. Elena sintió que algo en el ambiente amenazaba con arrancar las mentiras que había construido, para dejarlas al descubierto bajo la luz implacable de los relámpagos que cortaban el firmamento.