La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 28. Conflicto interno.
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Capítulo 28. Conflicto interno.

El día de la fiesta llegó, impregnando con otra energía el ambiente. Elena tenía el corazón inquieto y la mente llena de pensamientos que no lograba ordenar. Ese día conocería en persona al tal Miles Royce. El «hipócrita», como lo había llamado su padre.

Pero la novedad de aquel evento no dejaba alegría entre la familia, solo tensión. Adrián se mantuvo todo el día afuera, ocupándose de un millón de cosas que él decía «eran importantes para esa noche». Y los niños no parecían para nada emocionados.

Cuando ella salió a la salita del primer piso, los encontró parados alrededor de los sofás, vestidos con unos impecables trajes de etiqueta que los hacía ver más mayores de lo que eran.

Reflejaban una gran elegancia, pero también, mucha incomodidad a través de sus caras largas.

—¿Qué pasa? —preguntó Elena aproximándose a cada uno para enderezarles la pajarita o acomodarles la chaqueta del traje.

Leo se encogió de hombros.

—Es que nunca usamos ropa así.

Max frunció el ceño.

—Parece que vamos a una boda… o a un funeral.

Elena no pudo evitar reír.

—Pero, se ven elegantes. Se parecen mucho a su padre.

Los tres levantaron la vista al mismo tiempo.

—¿De verdad? —preguntó Theo, con una chispa de orgullo en los ojos que no pudo disimular.

—Claro. Él siempre usa trajes así. Hoy los cuatro van a verse como si fuesen de un mismo equipo.

La palabra «equipo» pareció suavizar algo entre ellos. Max se enderezó un poco, Theo asintió y Leo sonrió con amplitud.

Cuando bajaron al vestíbulo, Adrián ya estaba allí. Él se quedó inmóvil al verla. El tiempo pareció detenerse un segundo entero.

Elena había elegido un traje azul oscuro de tela metalizada, con mangas cortas y un escote discreto.

Le quedaba ajustado al torso estrechando su cintura, para luego terminar en una falda algo amplia y elegante que estilizaba su figura.

Su cabello recogido dejaba a la vista su cuello largo, que le daba un aire aristocrático.

La mujer sintió el peso de su mirada recorrerla, sin pudor y sin prisa. Vio cómo se le tensaba la mandíbula y cómo su postura cambiaba, como si tuviera que recordarse a sí mismo que los niños estaban cerca.

—Estás… —empezó, pero no terminó la frase.

—Tú también —dijo ella, antes de que él pudiera recomponerse.

Adrián llevaba un traje oscuro que le daba un aire más severo, más poderoso, pero sus ojos la traicionaban. Había algo en ellos que solo ella parecía ver.

Los trillizos lo rodearon enseguida.

—¡Papá, mira! —gritó Leo—. ¡Nos parecemos a ti!

El hombre los observó de inmediato y sonrió.

—Están geniales. Parecen sacados de una revista.

Max levantó la barbilla, orgulloso, y Theo se alisó aún más el cabello. Elena observó la escena con ternura y un nudo en el estómago.

Adrián tomó las llaves y los condujo hacia la puerta. Cuando Elena pasó a su lado, él bajó la voz.

—Después de esto, tenemos que hablar.

Ella perdió la sonrisa de pronto, aunque asintió. Esa petición la puso nerviosa.

El trayecto en auto fue silencioso al principio. Los niños miraban por las ventanas, impresionados por el paisaje que iba volviéndose más urbano e iluminado.

La mansión de Miles Royce se alzaba a lo lejos como un palacio moderno, rodeado de jardines perfectamente cuidados y luces que comenzaban a encenderse a medida que el sol caía.

Al llegar al vestíbulo se encontraron con invitados que también llegaban, todos vestidos con gran distinción. Las mujeres iban ataviadas con joyas que parecían costosísimas y los hombres miraban por encima de su hombro a quienes les pasara por un lado.

Elena sintió vibrar su teléfono en el bolso. Lo sacó con un mal presentimiento.

—Es mi tía —murmuró, mirando a Adrián—. ¿Puedo atender?

Él asintió. Elena se llevó el móvil al oído, separándose un poco del resto mientras Adrián saludaba a una pareja que se acercó en ese momento, sorprendidos por lo grande que estaban los trillizos.

—¿Tía?

—Corazón, ¿te interrumpo?

—Tranquila. Estoy acompañando a Adrián en un evento para cuidar de los niños, pero tengo unos minutos disponibles. ¿Qué sucede?

—Es que logré hablar con dos amigos de tu padre, que trabajaron con él en la empresa. Me aseguraron que el tal Ángelo Towsen y Dairus Cohen lo conocían muy bien.

El corazón de Elena dio un salto.

—¿Qué?

—Durante los últimos meses de vida de tu madre, iban todo el tiempo a verlo. A la oficina, a la casa e incluso a la clínica. Le llevaban papeles y decían que iban en nombre de Northstar Distribution Corp.

Elena apretó el teléfono con fuerza.

—¿Lo presionaban?

—Es posible —respondió Margaret—. Le hablaban sobre una negociación importante, que necesitaba atender con prontitud a pesar de la situación de tu madre.

Decían que era «lo mejor para su familia».

Ellos nunca supieron de qué se trataba, pero siempre vieron a tu padre muy nervioso cuando ellos aparecían.

La mujer sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Imágenes sueltas comenzaron a encajar en su mente: las miradas de reconocimiento de Towsen y la confusión de Cohen al llamarla Elena, como si vieran a su madre en ella.

—Maldición —susurró como para sí misma, pero su tía la escuchó.

—Hija, ¿qué harás con esa información?

—Aún no lo sé, debo pensar.

—Ten cuidado, Elena, por favor. Si Adrián te descubre podría volverse agresivo. Recuerda que puede considerar que lo estás atacando a través de sus hijos, al entrar en su casa para estar cerca de ellos.

—No te preocupes, tía, no dejaré que me descubra. Ahora debo dejarte porque ya tenemos que entrar en el salón. Luego te llamo. Gracias por avisarme.

Elena colgó la llamada y se quedó por un momento allí, pensando. Su padre había estado asociado con Northstar Distribution Corp participando en algunos contratos de importancia por unos tres años, pero fue en el momento en que su madre estuvo muy enferma en que lo empujaron a vender su empresa.

Lo buscaron cuando estaba desesperado, cansado y asustado por la precaria salud de su esposa. Lo manipularon cuando no tenía fuerzas para resistirse.

¿Adrián había estado detrás de ese plan?

Ella no sabía qué pensar, las manos le temblaban de forma casi imperceptible por la rabia y la confusión.

—¿Elena? —El llamado de Adrián la sobresaltó—. ¿Estás bien? —quiso saber él, mirándola con el ceño fruncido.

Ella se obligó a asentir, mostrando una sonrisa débil.

—Sí —respondió, con una calma que no sentía—. Todo está bien.

—Debemos entrar.

—Vamos —aceptó, y ensanchó la sonrisa mientras caminaba hacia los niños. Buscó centrarse en ellos para no dejarse llevar por sus emociones.

La mansión de Miles Royce era imponente, tanto por fuera como por dentro, aunque Elena sintió que el mundo fastuoso que se abría ante ellos no era más que una fachada. Un escenario perfecto para negocios oscuros y sonrisas falsas.

Mientras avanzaban hacia el salón principal, sintió cómo su rabia se transformaba en algo más frío y calculador.

Había dudado y hasta sintió culpa por lo que hacía, estuvo a punto de olvidar su objetivo, pero la llamada de su tía lo cambió todo.

Se acercó un poco más a Adrián, fingiendo la misma cercanía de siempre. Él la miró sorprendido, con una sonrisa que le nació sin esfuerzo.

Elena le devolvió la sonrisa, pero por dentro tomó una decisión que la hizo temblar. No iba a retroceder hasta hallar la verdad, evitaría la compasión porque con su familia nadie la había tenido.

La venganza estaba de nuevo viva en su pecho, más fuerte y clara. Y esta vez, no pensaba dejar que sus sentimientos se interpusieran en su camino.