Capítulo 27. Un hombre con dos facetas.
Esa noche, cuando acudieron al comedor luego del anuncio de Charles de que la cena estaba lista, todos se sorprendieron al encontrar a Adrián allí, sentado a la cabecera de la mesa.
Los trillizos se quedaron inmóviles un segundo, incrédulos, antes de correr hacia él para saludarlo con un abrazo.
—¡Papá! —gritaron al unísono con enormes sonrisas en el rostro.
Todos se sentaron a su alrededor, hablándole casi al mismo tiempo. Elena se quedó de pie un instante más, con el corazón latiéndole fuerte. Aquella escena era lo que había deseado para los niños, e incluso, para ella misma.
Tomó asiento en silencio, recibiendo una mirada y una sonrisa cálida de parte del hombre.
La velada la dominaron los niños, quienes llenaron el aire con historias sobre los autos nuevos de Leo, los cómics de Theo y los videos de esgrima que Max había visto por la tarde.
Adrián los escuchaba con atención genuina, haciéndoles preguntas, inclinándose hacia adelante como si cada palabra fuese importante.
—Ya te inscribí en las clases de esgrima —anunció Adrián de pronto, mirando a Max.
El niño se quedó con el tenedor a medio camino de la boca.
—¿De verdad? —dijo, con los ojos abiertos de par en par.
—Empiezas la próxima semana. Hay un buen entrenador, estuve hablando con él esta tarde. Creo que te va a gustar.
El niño bajó la vista, como si la emoción fuera demasiado grande para sostenerla. Murmuró un «gracias» de forma casi inaudible. Elena notó cómo sus manos temblaban.
Un momento después, mientras Adrián escuchaba a Theo sobre los difíciles casos que se trataban en sus historietas, Max se levantó de la mesa.
—¿Puedo ir al baño?
—Claro —respondió su padre.
Elena siguió al niño con la mirada mientras se alejaba por el pasillo. No tardó en darse cuenta de que se había limpiado los ojos con la manga, secándose las lágrimas. Unas que no eran de tristeza, sino de una emoción mucho más poderosa. Una alegría súbita que en público le costaba expresar.
Entendió entonces cuánto significaba para ellos tener a su padre así, presente e interesado en lo que hacían. El nudo en su pecho se apretó.
La cena terminó entre charlas que parecían interminables, que continuaron en el cuarto de juegos. Leo arrastró a Adrián a ese lugar para que viera el nuevo estacionamiento que había construido y Theo quería mostrarle la forma en que había reorganizado su estante de historietas.
—Hoy los llevaré yo a la cama —anunció el hombre hacia Elena.
Los tres niños se miraron entre ellos, fingiendo indiferencia, pero la mujer notó cómo se les iluminaban los rostros.
Ella prefirió mantener las distancias para dejarlos compartir. Se quedó en la salita del primer piso, escuchando sus voces, risas y el sonido de sus pasos por toda la habitación. Era evidente que estaban felices, tanto los niños como Adrián.
Cerró los ojos un momento. Quería destruirlo, pero al mismo tiempo, deseaba protegerlo de todo, para que nunca les faltara a sus hijos.
Esa disparidad de emociones comenzaba a atormentarla. La confundía aún más.
Se marchó a su habitación para darles más privacidad. Se cambió con movimientos lentos, todavía atrapada en sus pensamientos, y se sentó en el borde de la cama mirando el cajón donde había escondido las carpetas y las fotografías.
Allí estaban las pruebas que incriminarían a Adrián en la estafa cometida hacia su padre, una que lo llevó a la muerte. Ellas representaban el pasado que tanto le pesaba y que le ardía en el pecho como una venganza. La razón por la que estaba allí.
Una hora después, escuchó pasos conocidos acercándose. La puerta se abrió sin ruido y Adrián entró y la miró como si hubiera pasado horas pensando en ella.
Se acercó sin decir nada y se ubicó a su lado. Sus manos buscaron las de Elena y su frente se apoyó en la de ella buscando apoyo.
—Gracias por esta noche —murmuró la mujer—. Por estar con ellos. Lo necesitaban.
Elena sintió que el corazón se le desarmaba un poco más.
—No solo ellos lo necesitaban. Yo también. —Adrián exhaló, como si esas palabras le quitaran un peso de encima—. No soy muy bueno en esto, pero quiero intentarlo.
Elena levantó una mano y acarició la mejilla del hombre.
—Lo haces bien. Solo no les rompas el corazón otra vez. Son más frágiles de lo que parecen.
Adrián cerró los ojos y se acercó más a ella buscando su boca. Los besos fueron suaves al principio, casi cuidadosos, como si ambos temieran cruzar una línea invisible. Pero la distancia se fue desvaneciendo, y con ella, la cautela.
Elena dejó que él la llevara hacia la cama, que la desnudara y la rodeara con sus brazos. Que la hiciera sentir segura, deseada y viva con cada toque y con cada caricia.
Esas atenciones la hacían olvidarse de todo, llevándola a concentrarse solo en sentir, en disfrutar del placer que le regalaba. Adrián la hacía suya de una forma tierna y estremecedora que la doblegaba.
Pero cuando desviaba su mirada hacia el cajón donde guardaba las carpetas y las fotografías, no podía evitar ver a su madre en la cama del hospital y a su padre con los ojos llenos de lágrimas, siendo víctima de una despiadada depresión.
La rabia volvió a arderle en el pecho, llenándola de amargura.
Adrián la penetraba con estocadas firmes y profundas, sin saber que dentro de ella se libraba una batalla silenciosa.
—Prométeme algo —susurró él en su oreja.
—¿Qué? —preguntó ella en medio de jadeos.
—Que no te irás nunca. Júrame que no vas a dejarnos.
Elena cerró los ojos. Sacudida entre el placer y la furia.
—No —respondió con la respiración entrecortada—. No me iré.
En ese momento le costaba pensar con claridad. Adrián se apoderaba de ella, de su claridad y entendimiento, con la pasión con que la abordaba.
La besó de nuevo, de forma más decidida e intensa, dejando que la cercanía los envolviera. Elena sabía que cada gesto, cada caricia y cada palabra compartida la alejaban de sí misma, le robaban el corazón, pero no podía evitarlo. Ya le pertenecía.
Cuando al fin el orgasmo los golpeó de manera agresiva, ella quedó tumbada en la cama, con el cuerpo del hombre encima.
No podía negar que le encantaba sentir su peso sobre ella, su calor quemándole la piel y las palpitaciones de su corazón retumbando en su pecho.
Todo él le fascinaba, la llenaba de una emoción que nunca pensó que existiría, pero cerca tenía las pruebas de su venganza, esas que lo convertían en un monstruo inclemente.
¿Con cuál de esas dos facetas se quedaría?