La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 26. Averiguaciones.
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Capítulo 26. Averiguaciones.

El almuerzo terminó entre comentarios sobre el programa policial que los trillizos querían ver después.

Elena los llevó a la sala y los niños se acomodaron frente al televisor ansiosos por disfrutar de una de sus series favoritas.

La música dramática y las voces graves del inicio prometían misterios y pistas imposibles de resolver, que a ellos los animó aún más.

Luego de un buen rato, los evaluó a los tres notando que estaban muy atentos a lo que sucedía en la pantalla, así que se alejó un poco, refugiándose en uno de los balcones cercanos. Desde allí los podía vigilar al tiempo que realizaba una llamada telefónica.

La ansiedad impedía que dilatara más esa tarea.

La adrenalina le corría por las venas. Las imágenes de las fotografías que había visto en la habitación de las medicinas se repetían en su mente como una película que no podía detener.

Marcó el número de su tía Margaret. La mujer tardó tres tonos en contestar.

—¿Elena? —La voz de su tía sonó entre sorprendida y aliviada a la vez—. ¿Todo bien, corazón? ¿Estás en la mansión McGrath?

—Sí. Ahora los niños están viendo televisión, por eso te llamé. Necesito hablar contigo.

—¿Qué pasó? —preguntó Margaret de inmediato, con ese tono que siempre usaba cuando sabía que algo no andaba bien.

—Encontré cosas, tía. Cosas importantes para el caso.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.

—Explícame —pidió la mujer, con calma.

Elena empezó despacio, como si temiera que las palabras se rompieran al salir de su boca.

—Hoy entré a una habitación donde él guarda documentos y otras pertenencias.

En ese lugar hallé registros de su empresa con envíos de medicinas oncológicas.

En esos documentos se pueden obtener fechas de llegada, retenciones y tardías liberaciones.

Allí queda en evidencia que Northstar Distribution Corp era quien movía esas medicinas y manipulaba los tiempos haciendo tardes las entregas.

Por eso, nunca había en existencia en los hospitales y clínicas.

—Esas medicinas, ¿eran las que requerían tu madre?

—Y muchos otros enfermos oncológicos de esa época. Fue él quien evitó que llegaran a tiempo a su destino —aseguró con rabia y en voz baja, lanzando una mirada hacia los niños para asegurarse que no la habían escuchado.

—Corazón, eso es aterrador —expresó Margaret con cautela.

—Sí que lo es, pero también encontré fotografías. Fotos de mis padres con él y con su esposa. Juntos. Como amigos. Incluso hay imágenes de mamá y Mónica en la clínica oncológica, hospitalizadas. Sonreían tomadas de la mano.

El silencio esta vez fue más largo.

—¿Estás segura de lo que viste? —preguntó la mujer al fin.

—Por completo. Tomé fotografías con mi móvil y guardé algunas carpetas que usaré como pruebas físicas —respondió Elena con seriedad—.

Es un miserable, tía. Entabló una amistad cercana con mi padre justo en su momento más vulnerable, para luego obligarlo a vender la empresa y dejarlo sin nada.

Más que un manipulador, es un psicópata.

Margaret suspiró al otro lado de la línea.

—Elena, pero ¿dices que la esposa de McGrath también estaba hospitalizada?

—Sí. Al parecer, también tuvo leucemia y se trató en el mismo centro de salud de mi madre. Murió poco tiempo después de ella.

—Entonces, ¿por qué Adrián retuvo esas medicinas si su esposa también las necesitaba? ¿Quería que muriera? —consultó alarmada.

—No creo. En la habitación hay cajas de medicinas. Tal vez él logró sacar algunas para que le suministraran a su esposa, aunque eso no logró salvarla.

Se escuchó una respiración pesada al otro lado. Margaret no podía creerse lo que escuchaba.

—No sé, corazón. Me parece muy confuso. Nada de eso tiene sentido.

Si ese hombre llevó medicinas al centro de salud para su esposa, de alguna manera debió explicar de dónde las sacó y dejar registros de ellas.

La clínica siempre aseguró no haber recibido jamás medicinas, ni siquiera, de forma personal.

—No sería de extrañar que él tuviese algún aliado allí. Es un tipo muy ágil para los negocios y para entablar contactos, por algo es considerado uno de los mejores empresarios del país.

De nuevo hubo silencio, pero Elena ya no podía alargar más esa llamada. Notó que Leo la buscaba con la mirada. Tuvo que hacerle señas para que el niño entendiera que estaba en una llamada y pronto se reuniría con él.

El chico sonrió convencido y regresó su atención a la televisión, aunque ella sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que volviera a buscarla. Debía culminar esa conversación.

—Escucha, tía, estoy quedándome de forma más permanente en esta casa. Los niños necesitan mucha atención y Adrián trabaja todo el tiempo, por eso me pidió quedarme.

Omitió la parte de la relación íntima que mantenía con él, de las noches de sexo, los besos apasionados y las promesas que no se decían en voz alta.

—Por Dios, hija. Tienes que tener mucho cuidado. Estar muy cerca de ese hombre podría ser peligroso, no dejes que te descubra.

Elena forzó una sonrisa. Ella mejor que nadie era consciente del peligro que corría. Sobre todo, a nivel emocional.

—Estando en esta casa me topé con dos hombres que creo que conocieron a mis padres. El contador, Ángelo Towsen, y el socio, Dairus Cohen. Al último lo vi en el funeral de papá.

—¿Estás segura?

—Sí. Lo peor es que ellos parecieron reconocerme, no porque hayamos tenido una relación en el pasado, sino por mi parecido por mi madre. Incluso, Cohen, me llamó Elena.

—¡Hija, por Dios, eso es terrible! Si ellos descubren la conexión, será sencillo que Adrián lo haga. Si fue tan amigo de tu padre como dices…

Elena se apretó los labios para controlar la rabia.

—Eso no ha pasado —dijo, tratando de convencerse a sí misma de esa teoría—.

Pero necesito más información sobre esos hombres, saber si tuvieron o no una relación estrecha con mi padre y si estuvieron involucrados en la venta de la empresa.

¿Podrías hablar con algún amigo o socio de mi padre y conseguirme algunos datos?

—Lo haré —prometió Margaret sin dudar—. Pero dime una cosa, Elena, ¿estás segura de que estás a salvo ahí?

Elena se lo pensó un instante y miró hacia los niños. No podía negar que junto a ellos se sentía muy bien, pero las dudas no dejaban de atormentarla.

—No lo sé —admitió—. A veces siento que estoy en el centro de algo mucho más grande de lo que imaginé, pero los trillizos… —su voz se suavizó—. Ellos no tienen la culpa de nada y cada vez me tratan con mucha más confianza.

—Entiendo —dijo Margaret con ternura—. Siempre fuiste igual que tu madre, tienes un don con los niños, pero debes tener cuidado. No confíes en nadie a ciegas. Ni siquiera en quien te haga sentir segura.

Las palabras resonaron en su mente más de lo que le hubiera gustado admitir.

—Lo sé, no te preocupes —respondió—. Llámame cuando tenga noticias. Intentaré mantenerme en contacto.

Cortó la llamada y se quedó un momento allí, respirando profundo, con una tormenta de emociones desataba dentro de ella.

Los niños rieron por algo que ocurrió en el programa, atrapando la atención de la mujer. Aunque su corazón seguía latiendo con fuerza, se aproximó a ellos para continuar con su mentira, consiente, de que cuando se descubriera la verdad, iba a ser muy dolorosa la separación.