Capítulo 25. Una minuciosa revisión.
Elena pasó las primeras horas de la mañana con los trillizos, acompañándolos en una rutina que ya le resultaba natural.
Leo hablaba emocionado de reorganizar su colección de autos, Max practicaba frente al espejo movimientos aprendidos de memoria y Theo hojeaba sus historietas con la seriedad de un archivista.
Cuando el reloj marcó casi el mediodía, los envió a sus habitaciones.
—Se dan un baño rápido y se cambian de ropa. En media hora bajamos a almorzar.
Los niños obedecieron sin protestar. Elena los vio entrar a sus habitaciones para cumplir con la tarea y esperó unos segundos más asegurándose de que no saldrían de nuevo con alguna excusa trivial y entonces, respiró hondo.
La llave pesaba en el bolsillo de su pantalón como un secreto peligroso. Cruzó el pasillo con paso firme, aunque el corazón le golpeaba el pecho con fuerza.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación de las medicinas, esa que hasta ahora había sido territorio prohibido, e introdujo la llave. El clic del cerrojo le pareció demasiado fuerte en el silencio de la casa.
Entró y cerró tras de sí, encendiendo la luz. Repasó con expresión inquieta el lugar. A un lado se hallaban los percheros y el armario con los vestidos, y al otro, las cajas apiladas y llenas del contenido que le interesaba.
Para mantener su cuartada, se dirigió primero al armario. Deslizó la puerta y contuvo el aliento.
Los vestidos colgaban protegidos por fundas transparentes, cada uno con su etiqueta intacta. El nombre del exclusivo atelier donde fueron comprados se veía bordado en letras elegantes.
Eran piezas de alta costura, sobrias y refinadas, pensadas para galas, recepciones o noches donde la presencia debía imponerse sin estridencias.
Los revisó con atención y sacó tres que le interesaron, que no parecían tan ostentosos. Debía recordar que ella era una simple niñera, aunque su empleador le diera oportunidad de tomar un vestido del ajuar de su esposa fallecida, no podía abusar llevando consigo modelos estrambóticos.
Apartó los trajes elegidos y los apoyó sobre una silla. Después, se volvió hacia las cajas. Allí estaba lo importante.
Se arrodilló frente a la primera, la abrió con cuidado y comenzó a revisar su contenido. Encontró carpetas, documentos y sobres sellados. Sacó su teléfono y empezó a fotografiar con rapidez, pero sin perder detalle.
Descubrió registros de envíos con fechas de salida y de llegada bien señaladas. Todo parecía correcto, hasta que percibió los meses de retención. Medicinas que habían llegado en tiempo y forma, pero que permanecieron almacenadas sin explicación antes de ser liberadas.
Elena sintió una sonrisa amarga dibujarse en sus labios.
—Te tengo —murmuró.
Con manos ágiles seleccionó varias carpetas y las deslizó dentro de una de las bolsas de tela de los vestidos, cuidando que no se notara el volumen. Esas pruebas podían ser definitivas.
Pensó en su padre y en su madre. Si Adrián tuvo acceso a esas medicinas y manipuló los tiempos, entonces, era evidente que actuó mal. Quizás había salvado a su esposa sacando las que ella necesitaba a escondidas, mientras otros esperaban.
Pero el pensamiento se quebró de golpe. Recordó que Mónica, la esposa de Adrián, murió semanas después de su madre. Elena se quedó inmóvil, pensativa.
«¿Por qué no la salvó si tenía control de las medicinas?», reflexionó, confundida.
La duda le heló la sangre. Frunció el ceño y siguió revisando, como si las respuestas estuviesen escondidas entre papeles y cartón.
Abrió otra caja, pero allí no había documentos, sino fotografías. Las tomó con cuidado para revisarlas, una por una. El mundo pareció girar bajo sus pies a medida que las pasaba.
Sus padres estaban retratados en algunas, sonriendo mientras compartían una copa con Adrián y su esposa sentados en el jardín de esa misma mansión.
También había fotografías en la casa de su familia, e incluso, en la clínica donde se madre estuvo internada.
La misma donde a Mónica McGrath la habían atendido.
—Oh, Dios —exclamó Elena, dolida—. Esto no puede ser posible —susurró.
Nada de eso encajaba con la historia que durante años ella se había armado en su cabeza. No había hostilidad en esas imágenes ni engaño visible, solo cercanía y amistad. Incluso cariño.
Elena se sentó en el suelo, las fotografías temblaban entre sus dedos. Todo su esquema mental se resquebrajaba.
Si Adrián había sido un monstruo, ¿por qué sus padres le habían permitido entrar así en sus vidas? ¿Por qué habían compartido tanto con él y con su esposa?
La confusión la envolvió como una marea.
—Señorita Reed.
Se sobresaltó al escuchar una voz al otro lado de la puerta.
—¿Sí? —sabía que se trataba de Charles, el mayordomo.
—El almuerzo está listo y los niños la esperan en el comedor.
Elena reaccionó de inmediato. Guardó las fotografías en la caja con manos nerviosas, cerró las carpetas y acomodó todo con rapidez.
—Gracias, Charles. Ya bajo —respondió, intentando mantener la compostura.
El mayordomo se fue, otorgándole un instante de tranquilidad. Tomó los tres vestidos y los colgó sobre su brazo. Abrió la puerta, pero antes de salir, lanzó una última mirada a la habitación.
Allí quedaban muchas dudas sin respuestas. Demasiadas. Secretos que aún no había podido descifrar, pero que estaba dispuesta a desentramar.
Salió y cerró con llave, dejando, por ahora, todas sus inquietudes en pausa.