Capítulo 24. La llave.
La noche se había asentado, llenando de silencio toda la mansión. A pesar de ser más de las tres de la madrugada, Elena estaba despierta, recostada de lado en su cama, con los ojos abiertos repasando las penumbras de su habitación.
Adrián no había ido a cenar, faltó a su promesa. Aunque los niños no se notaron muy defraudados porque aún estaban emocionados con los nuevos regalos, ella los vio algo desanimados. Eso le molestó.
Al principio de la noche decidió esperarlo para reclamarle, pero a esa hora su efervescencia había pasado. Solo quería que llegara.
«¿Dónde estará? ¿Con quién se reunirá?», pensaba.
Las dudas amenazaban con desesperarla, pero, entonces, oyó el ruido del motor del automóvil que indicaba que entraba a la casa.
La piel de la mujer se erizó por completo. Enseguida se puso de pie y se aproximó a la ventana, pero no se asomó en su totalidad. Solo lo justo para ver, a través de las cortinas entreabiertas, cómo Adrián descendía del auto.
Su figura se recortó bajo la luz exterior durante unos segundos antes de desaparecer en la entrada principal.
Ella no se movió. La ansiedad empezó a bullirle por dentro mientras escuchaba la puerta cerrarse con suavidad.
Los pasos del hombre eran sigilosos y calculados, avanzaban como si conociera cada rincón de la casa incluso en la oscuridad.
Elena se mantuvo atenta a los movimientos lejanos que oía. Primero se paseó por la primera planta. Tal vez, yendo al despacho o a la cocina, luego subió las escaleras. Allí se hicieron más sonoros.
Pudo identificar que él caminó por la zona donde se encontraban las habitaciones de los niños, quizás, verificando que estuviesen dormidos. Después continuó, pero su corazón se detuvo un instante.
Adrián no avanzó por el pasillo hacia su habitación, sino que se dirigió hacia la de ella. Sus pisadas se hacían cada vez más cercanas.
El pulso se le disparó. Cada paso era una invasión, un robo lento a su calma y a su autocontrol. Como un ladrón que no se llevaba objetos, sino certezas.
Se giró de espaldas y fingió dormir.
La puerta se abrió sin ruido. Lo sintió antes de verlo. La presencia de Adrián llenó todo el espacio y la tocó a ella, con su magnetismo. Más aún, luego de cerrar y pasar el pestillo.
Oyó cómo se quitaba los zapatos, cómo dejaba caer la chaqueta al suelo y cómo se desabrochaba la camisa. Su piel volvió a erizarse al escuchar el sonido del cinto del pantalón al abrirlo, él se desnudaba. Se desprendía de toda su ropa, quizás, mientras la veía dormir.
Luego la cama se hundió a su lado y las sábanas se movieron. El contacto de la piel caliente de Adrián contra la de ella la estremeció.
El hombre la rodeó con un brazo, lento, casi cuidadoso, como si temiera despertarla. Sus labios recorrieron su cuello, su hombro y su espalda, con adoración.
Elena aguantó unos segundos más antes de moverse.
No pudo continuar inmóvil después de que él la acariciara con mayor firmeza metiendo su mano bajo su camisón, hasta llegar a su seno desnudo.
Su palma ardiente lo atrapó y amasó haciéndolo hervir a su misma temperatura mientras su aliento rozaba su oído.
—Hola, hermosa.
Elena gimió, sobre todo, cuando su pene duro y erecto se apoyó contra sus nalgas punzando a través de la tela de su tanga.
—Adrián… —susurró, girándose hacia él.
El hombre la besó. Había licor en su boca, no demasiado, pero lo suficiente para notarlo. Elena respondió al beso con la misma necesidad, con la misma hambre acumulada.
Todo pensamiento racional se diluyó en el contacto, en el calor compartido y en la sensación de ser buscada como refugio.
Se dejó quitar la ropa y permitió que él se la comiera entera, rasgando con suavidad su piel con sus dientes.
Abrió las piernas cuando Adrián se ubicó sobre su cuerpo y ahogó un grito mientras la penetraba, con firmeza y determinación. Sus gruñidos de placer resonaron en su oreja a medida que las acometidas se profundizaban, acrecentando los suyos.
La poseyó con calma, aunque con una intensidad que rayaba en la locura. Él estaba muy necesitado, como si hubiese pasado mucho tiempo sin ser alimentado.
Elena se entregó sin reservas, moviéndose en ocasiones a su ritmo para aumentarle las sensaciones y volviéndolo más vulnerable. Cuando se derramó en su interior, con su pene palpitando por el orgasmo, ella sonrió satisfecha.
Con cada entrega lo sentía más suyo, más dependiente.
Esa noche no hablaron. Y tampoco las siguientes. Aquello se convirtió en una rutina silenciosa.
Adrián pasaba el día afuera, sumergido en asuntos de trabajo. Regresaba de madrugada, siempre algo bebido y siempre directo a su habitación. La buscaba, la encontraba y juntos se olvidaban del mundo por unas horas.
Luego, antes del amanecer, él se iba. Sin despedirse. Elena despertaba sola, con el aroma del hombre aún en las sábanas y una sensación de vacío que no sabía cómo nombrar.
Durante el día, disimulaba. Sonreía mientras jugaba con los niños, aunque sin saber cómo justificar lo que sucedía ni cómo manejarlo.
Leo cada vez preguntaba menos por su padre, como si temiera la respuesta. Max entrenaba con menos entusiasmo, frustrado por la falta de avances concretos. Theo observaba con discreción, aunque prefería sumirse en la lectura de sus libros, como si se hubiese resignado.
Elena se esforzaba por mantenerlos activos. Organizaba juegos, salidas al jardín o competencias improvisadas. Animaba a Max con sus prácticas, le hablaba de las futuras clases de esgrima, aunque el niño empezaba a desinflarse.
—Siempre fue así, él dice que después —murmuró un día—, y después no llega.
Elena no supo qué responder.
La cuarta noche, luego de hacer el amor, Adrián se quedó más quieto de lo habitual. Su respiración se volvió pesada, cargada. Elena se giró hacia él apoyando la cabeza en su pecho.
—No puedes seguir desapareciendo así —dijo en voz baja—. No después de lo que hiciste con ellos hace unos días —habló, en referencia a los trillizos.
Sintió cómo el cuerpo del hombre se tensaba.
—Me ocuparé de ellos la próxima semana —respondió cansado—. Lo prometo.
—Haces muchas promesas —replicó sin dureza—, y ellos te siguen creyendo.
Adrián suspiró.
—Se presentó un problema serio —admitió—. Estoy resolviéndolo.
Elena pensó en la invitación, en Miles Royce y su carta dorada. ¿Sería ese hombre el culpable de lo que sucedía?
Aunque sus dudas eran muy grandes, no dijo nada. Adrián fue quien habló primero.
—Habrá una fiesta este sábado.
Ella se incorporó un poco.
—¿Una fiesta?
—Una gala —corrigió—. Quiero ir con los niños. Y contigo.
La noticia paralizó a Elena. Estaba segura que se trataba de la invitación de Miles Royce.
—¿Conmigo?
—Sí. No quiero estar solo, además… necesito que me ayudes con los niños.
Un cúmulo de emociones se desató en el pecho de la mujer.
Entre ellas, miedo y alegría. Ir a ese evento podría ayudarla para conocer el ambiente donde Adrián se movía y los tipos de negociaciones que realizaba, pero debía entender que ese no era un lugar seguro.
Gente de moralidad cuestionable asistiría.
—Adrián, yo no tengo ropa para asistir a un evento de ese tipo.
Él sonrió apenas, mostrando una mueca cansada.
—Eso no es un problema. Mi esposa compraba vestidos todo el tiempo y nunca llegó a usarlos. Su enfermedad no se lo permitió.
Elena contuvo la respiración.
—Están guardados en la habitación donde entraste una vez buscando a los niños, cuando realizaban aquel juego de buscar pistas. Puedes revisarlos y probarte uno si quieres. Estoy seguro que alguno te quedará bien.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Él la invitaba a entrar en la habitación donde estaban guardadas las medicinas. Allí también se encontraba almacenada la ropa de su esposa.
—¿Están en esa habitación que según tú, estaba cerrada?
—Ahora lo está. Charles se asegura de mantenerla con llave cada día, para que los niños no entren y hagan desastres. Te dejaré la llave.
El corazón le dio un vuelco. Aquella era su oportunidad. Adrián le daría, por voluntad propia, la llave de esa habitación y le regalaría el tiempo para que ella pudiese revisar todo sin sospechas y obtener las pruebas que necesitaba.
Mientras pensaba en eso, él se quedó dormido y ella no pudo hacer otra cosa que imitarlo. Al despertar en la mañana, Adrián ya no estaba, pero sobre la mesa de noche se encontraba la llave metálica que le había prometido.
—No puedo creerlo —se dijo impactada, y tomó la pequeña llave como si pesara toneladas.