La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 23. Un nuevo personaje.
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Capítulo 23. Un nuevo personaje.

Después del almuerzo, Adrián se marchó a la empresa dejando la promesa de que regresaría para antes de la cena. La emoción por lo vivido esa mañana los convenció de que de ahora en adelante todo sería distinto.

Elena observó por la ventana cómo el automóvil desaparecía tras los árboles del camino experimentando cierta incomodidad en el pecho. Un presentimiento que le decía que sí, todo sería distinto, pero no como lo esperaban.

Sacudió la cabeza para quitarse esos tontos pensamientos y regresó con los niños. A ella no debían interesarle los cambios que atravesara esa casa. Estaba allí para cumplir con una misión, no podía olvidarlo.

La mujer halló a Leo tumbado en la grama del patio de juegos rodeado de bloquecitos plásticos. Ampliaba el estacionamiento que había creado para sus autitos para así incluir a los nuevos.

Murmuraba números contando espacios y probaba rampas improvisadas con una concentración absoluta.

—Si pongo esta columna acá, pueden entrar tres más —le explicó a Elena sin levantar la vista—. Y así no chocan.

—Es una gran idea —respondió ella, sentándose a su lado—. Estás pensando como un ingeniero.

Leo sonrió con orgullo.

Max, en cambio, se había ido a un sofá de la terraza con la tableta. Miraba videos de esgrima con el ceño fruncido para memorizar movimientos que luego repetiría con ayuda del equipo que había adquirido esa mañana.

—Mira —le dijo a Elena, sin apartar la vista—. La postura es importante. Si bajas mucho el brazo, quedas expuesto.

—Veo que te lo estás tomando muy en serio —comentó ella.

—No quiero quedar mal cuando empiece —respondió él, firme—. No quiero que piensen que soy débil —apuntó con seriedad.

Elena sintió un pequeño pinchazo en el pecho, pero no dijo nada. A veces, Max parecía cargar un peso que no le correspondía.

Theo se ubicó en la mesa con sus nuevas historietas.

Les quitaba el plástico protector como su estuviese abriendo una bomba nuclear, las revisaba una por una admirando las imágenes y revisando que las hojas no estuviesen dobladas, las olfateaba como si se tratara de un postre exquisito y al final les estampaba en la primera página un pequeño sello que poseía su nombre.

—¿Es necesario sellarlas todas? —preguntó Elena con una sonrisa.

—Sí —respondió él sin dudar—. Así nadie puede decir que no son mías.

—¿Alguien lo ha hecho?

Theo alzó la vista un segundo.

—Antes.

No explicó más.

Los tres estaban tranquilos, e incluso, felices. Esa imagen hizo que Elena se relajara un poco. Aprovechó el momento para levantarse.

—Voy un momento a mi habitación —anunció—. Volveré en unos minutos.

—No te tardes mucho —pidió Leo.

—No lo haré. Estaré cerca —recordó ella con una sonrisa.

Caminó por los pasillos de la planta baja con pasos silenciosos. El personal no estaba a la vista ni se escuchaba cerca. Solo le llegaba el sonido lejano de voces en el jardín. Tal vez, el jardinero trabajaba entre los arbustos con sus ayudantes.

Se detuvo frente al despacho de Adrián. La puerta estaba cerrada con llave. Pensó en abrirla con un gancho de pelo, como hizo con la puerta de la habitación donde se guardaban las medicinas, pero el corazón no dejaba de latirle con nerviosismo.

Si las cortinas del despacho estaban abiertas, el jardinero o sus ayudantes podrían verla. De seguro no le dirían nada, pero no quería tener testigos de sus incursiones. Si Adrián preguntaba, ellos no iban a encubrirla.

Decidió subir las escaleras hacia la primera planta, pensando en revisar la habitación de las medicinas. Podría entrar como la vez anterior y así tener tiempo y espacio para obtener pruebas. Sin embargo, al llegar al vestíbulo algo llamó su atención.

Sobre una pequeña mesa de madera, cerca del ventanal, había un sobre dorado apenas cerrado. Se notaba elegante para ser correspondencia común, por eso no pudo evitar darle una mirada.

Recordó el momento en que Adrián había recibido una carta esa misma mañana y el gesto tenso que mostró mientras la leía. ¿Sería esa?

Repasó los alrededores asegurándose de que nadie estuviese cerca y se acercó despacio.

El sobre no tenía nombre escrito, solo un discreto relieve con iniciales entrelazadas. Dudó. No debía hacerlo. Sabía que no debía, pero la curiosidad fue más fuerte. Lo abrió apenas lo suficiente para asomarse.

El interior contenía una tarjeta gruesa, de papel fino. La extrajo con cuidado y leyó.

Gala Anual de Inversores Deportivos.

Presentación de Proyectos Nacionales.

Residencia Miles Royce.

El nombre la hizo quedarse inmóvil. ¿Miles Royce?

Un eco del pasado vibró en su cabeza. Cerró los ojos un segundo y las imágenes volvieron: su padre sentado frente al televisor, cambiando de canal con fastidio o los titulares en la prensa económica que él revisaba.

«Un hipócrita», aseguraba el hombre. «Ese Miles Royce es un estafador con traje caro».

Elena tragó saliva. Miles Royce no era un desconocido. Se trataba de un magnate deportivo, dueño de equipos, patrocinador de fundaciones y figura recurrente en galas benéficas.

Pero su padre siempre lo había criticado con dureza. Decía que detrás de su imagen pulcra había negocios sucios, favores comprados y dinero mal habido.

¿Qué hacía Adrián involucrado con alguien como él?

Siguió leyendo. La invitación hablaba de proyectos anuales, de oportunidades de inversión, de un selecto grupo de empresarios invitados a formar parte de un círculo exclusivo. Todo envuelto en un lenguaje refinado, casi seductor.

Sintió una punzada de decepción.

—Claro —murmuró—. Tiene sentido.

Para ella la conclusión fue inmediata y amarga. Adrián se aliaba con gente como Royce porque eran sus iguales. Tipos poderosos y fríos, dispuestos a pasar por encima de otros para crecer.

Sacó el móvil y con rapidez tomó una fotografía de la tarjeta. Necesitaba investigar más. Saber todo sobre ese hombre con el que Adrián de seguro se reuniría. Sobre sus conexiones y su relación con Northstar Distribution Corp.

Volvió a guardar la invitación como la había encontrado y se alejó de la mesa.

Mientras regresaba con los niños, su mente no dejaba de trabajar. Si Adrián asistía a esa gala, significaba que entraba, o ya formaba parte, del círculo exclusivo de aquel sujeto.

Tal vez Adrián no es un inversionista oportunista, sino un aliado desde el principio.

Al llegar al patio los niños seguían absortos en lo suyo, ajenos a cualquier sospecha.

—¿Todo bien? —preguntó Leo al verla.

—Sí —respondió ella, forzando una sonrisa—. Todo bien.

Se sentó con ellos, intentó escuchar, reír y participar en sus charlas, aunque su mente ya no estaba allí. Tenía un nuevo nombre en el cual pensar, un nuevo hilo del que tirar: Miles Royce.