La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 22. Quiero conocerte.
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Capítulo 22. Quiero conocerte.

La mañana se presentó tranquila y soleada dándole la oportunidad a la familia McGrath, con la niñera incluida, de disfrutar de una merecida salida.

Los niños iban adelante, casi saltando por la vereda. Señalaban escaparates y discutían cuál tienda visitar primero. Se detenían a cada rato en puestos de revistas e historietas o en jugueterías, para ver todo lo que tenían expuesto. Reían con una libertad que Elena no les había visto antes.

Leo corría de un lado a otro, emocionado. En ocasiones se acercaba a ellos para describirles los nuevos autos que quería sumar a su colección.

Max caminaba con paso decidido, como si la ciudad fuera un campo de batalla que debía conquistar. Miraba todo con agudeza, como si buscara un tesoro escondido entre estantes y vitrinas.

Theo avanzaba un poco más atrás que sus hermanos, observándolo todo con atención. Cuando llegaban a una librería o a un puesto de revista se perdía entre las mesas de novedades. Acariciaba, hojeaba y olía los libros como si fuesen una joya muy valiosa.

Adrián y Elena iban siempre detrás, vigilándolos. No demasiado cerca, pero tampoco muy lejos. Se mantenían atentos a lo que hacían.

—Gracias por esto —dijo ella en una ocasión rompiendo el silencio—. Es evidente que esta salida los tiene muy emocionados.

Adrián asintió, con la mirada fija en sus hijos.

—Te confieso que a mí también —admitió—. Se siente bien escucharlos reír y ver cómo brillan sus ojos.

Elena lo miró de reojo. En la luz del día, sin el peso de las sombras de la mansión, él parecía distinto. Más humano, pero también, con más cargas encima.

Entraron a la primera tienda de juguetes.

Leo casi gritó de felicidad al ver una edición limitada de autos de colección.

Adrián no dudó en comprarla. Max encontró una espada deportiva, ligera, perfecta para un principiante.

Adrián escuchó con atención las explicaciones del vendedor y preguntó por el resto del equipo de esgrima.

Theo eligió un pack de historietas nuevas y unos tomos antiguos que llevaba tiempo anhelando y completaban las que tenía en casa. Adrián las llevó a todas a la caja.

Elena observaba la escena con una mezcla de ternura y desconcierto. Aquello no encajaba con la imagen del hombre que ella había construido durante años.

Quizás cometía un error al buscar más intimidad para así manipular a Adrián y lograr que tuviera libertad para revisar la casa. Él comenzaba a convertirse en alguien real, con sentimientos y preocupaciones. Eso no era bueno para su causa.

Después vino el helado. Los niños se sentaron en una banca al sol, manchándose las manos, riendo y discutiendo sabores. Adrián los observaba apoyado contra una baranda, con una expresión que Elena no supo definir del todo.

—Parecen felices —murmuró ella.

—Lo están —respondió él—. Y eso me asusta.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque no sé cuánto durará. Yo quisiera que fuese eterno, pero el mundo para nosotros nunca ha funcionado así.

Él no dijo nada más, dejándola llena de intrigas.

Caminaron de regreso al auto. Los niños iban adelante, absortos en sus propias conversaciones, sin prestar atención a nada más. Adrián y Elena quedaron otra vez rezagados.

—Cuéntame de ti —dijo él de pronto—. Quiero conocerte.

Elena sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres saber?

—Tus estudios. Tu familia.

Ella respiró hondo y pensó en mentiras. Era lo único que podía darle.

—Me costó terminar la carrera de educación infantil —confesó, sin mirarlo.

—¿Por qué?

—La vida —respondió, con una sonrisa forzada—. No siempre se puede seguir el plan original.

Adrián la escuchó en silencio, con semblante serio. Eso la inquietó más que cualquier reproche.

—¿Por qué elegiste dedicarte a ser niñera y no maestra de escuela? —preguntó—. Eres muy buena con los niños.

Elena dudó un segundo.

—Los padres de niños ricos pagan mejor que las escuelas privadas —bromeó—. Supongo que fui práctica.

Adrián no sonrió. Solo asintió.

—Entiendo.

El silencio que siguió fue pesado. Elena se removió incómoda.

—¿Y tú? —se animó a decir—. Te he escuchado discutir con tu contador y con ese extraño socio que se nos apareció en la terraza. ¿Tienes muchos problemas en el trabajo? —quiso saber, curiosa.

El rostro de Adrián se endureció de inmediato. El gesto abierto de minutos antes desapareció, siendo reemplazado por el semblante habitual del CEO impenetrable que ella conocía.

—Solo son asuntos de trabajo. Temas aburridos.

—Por los gritos, no parecían aburridos —replicó ella con suavidad.

—Eso no volverá a pasar —cortó él con tono seco.

Elena no insistió. Sintió que la distancia entre ambos volvió a crecer y no quiso presionar para no complicar las cosas.

Cuando llegaron a la mansión, los niños subieron corriendo las escaleras, ansiosos por revisar en privacidad sus compras y guardarlas.

El mayordomo se acercó a Adrián y le entregó una carta que llegó para él mientras estaban fuera. El hombre cambio al ver el remitente. Sus facciones se endurecieron y sus ojos se oscurecieron como si vaticinaran una tormenta.

Abrió el sobre y leyó con rapidez la tarjeta que había dentro, su mandíbula se tensó.

Respiró hondo para recuperar el control y volvió a guardar la tarjeta dentro del sobre antes de lanzarlo sobre una mesa auxiliar. Luego fue tras la niñera.

Elena había subido las escaleras para dirigirse a su habitación y así refrescarse antes de preparar a los niños para el almuerzo, pero no llegó.

Adrián la interceptó en el pasillo y, sin decirle una solo palabra, la tomó del brazo y la llevó a una habitación de huéspedes cercana. Cerró la puerta tras ellos con un gesto firme.

—Adrián… —se quejó ella, sorprendida.

No la dejó terminar. La besó con arrebato, con la misma hambre con que la había abordado la noche anterior.

Fue un beso intenso, cargado de todo lo que habían evitado durante mañana. Sus manos la sujetaron con urgencia, como si necesitara anclarse a algo real.

Elena respondió sin pensar. Tuvo intensión de resistirse, pero el contacto, la cercanía y el peso del cuerpo del hombre contra el suyo borraron cualquier duda.

Ese momento se alargó más de lo debido. Lo suficiente para que ambos olvidaran quiénes eran y todo lo que los separaba.