La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 21. Un hombre distinto.
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Capítulo 21. Un hombre distinto.

El agua caliente resbalaba por la piel de Elena calmando sus ardores. Tenía el cuerpo cansado, los músculos sensibles y la mente aún atrapada en la vigilia de la noche anterior.

Apoyó la frente contra los azulejos y respiró hondo, intentando ordenar lo que sentía. Había pasado toda la noche con Adrián y no podía negar que lo disfrutó al máximo. No quería ponerle nombre a eso, no todavía, pero le preocupaba.

Cerró la ducha, se envolvió en la toalla y se miró al espejo. Sus ojos estaban enrojecidos por el poco sueño, pero había algo distinto en su expresión, se sentía más liviana, con menos tensiones.

Se vistió con rapidez, eligiendo ropa discreta y profesional, como si esa elección pudiese devolverle el control. Debía mostrar que todo seguía normal.

Bajó al comedor preparada para encontrarse con el ruido habitual de los niños y el murmullo distante del personal. Lo que no esperaba era verlo allí. Adrián estaba sentado a la mesa, sonriente.

No en la cabecera, sino a un costado, inclinado hacia Leo. Conversaba con él, lo escuchaba con atención genuina.

El niño hablaba con entusiasmo, gesticulando con las manos mientras explicaba algo que solo él parecía comprender del todo.

—…y entonces ajusté esa parte —contó Leo—, así los autos no se salen en las curvas cerradas.

—¿Y funciona? —preguntó Adrián, con una media sonrisa—. ¿Incluso con los más pesados?

—Sí —respondió Leo, irguiéndose con orgullo—. Probé con el azul y el rojo, que son los más grandes, y no se salieron.

Elena se quedó quieta en la entrada, observando la escena como si no perteneciera a esa casa. Nunca había visto a Adrián así. No estaba distraído ni apurado, tampoco distante, sino presente junto a sus hijos. Tanto, que los tenía abrumados.

Max se encontraba frente a ellos, removía su jugo con gesto distraído. Adrián lo observó con fijeza.

—Ayer te vi en la terraza —dijo—. Con la espada de madera.

El niño alzó la vista, sorprendido.

—¿Sí?

—Parecía que sabías lo que hacías. ¿Te gustaría practicar esgrima?

Los ojos de Max se iluminaron, aunque enseguida frunció el ceño.

—Me gustaría, pero no tengo espada de verdad, ni el traje. Y nadie puede llevarme a las prácticas.

No había reproche en su tono, solo un hecho. Adrián asintió despacio, como si tomara nota de algo importante.

—Hay un complejo deportivo cerca de casa —comentó—. Ofrecen clases. Podríamos averiguar.

El niño abrió la boca, aunque enseguida la cerró. Miró a sus hermanos, como buscando confirmación de que aquello era real.

Theo, por su parte, había estado leyendo una historieta apoyado contra el respaldo de la silla, pero no podía dejar de observar lo que sucedía en la mesa. Adrián se volvió hacia él.

—¿Es una de detectives? —preguntó señalando la historieta.

Theo amplió un poco los ojos, en alerta.

—Sí.

—¿Ya la leíste?

—Todas —respondió sin alardear—. Estas son antiguas. Las releo para repasar los casos.

Adrián pareció impresionado.

—Eso es bastante meticuloso.

El niño encogió un hombro, pero no bajó la mirada.

Elena veía lo que sucedía impactada. Adrián levantó la vista hacia ella y la vio. La mujer sintió un leve vuelco en el estómago.

Sus miradas se cruzaron apenas un segundo, suficiente para que el recuerdo de la noche anterior se colara entre ambos. Adrián fue el primero en apartar los ojos.

—Buenos días —dijo, con naturalidad.

—Buenos días —respondió ella, y caminó hacia la mesa como si su pulso no se hubiese acelerado.

Los niños la miraron al mismo tiempo.

—¡Isabella! —exclamó Leo—. Papá estaba hablando con nosotros.

—Ya lo veo. Parece una charla muy interesante.

Se sentó y aceptó una taza de café. Notó que Adrián seguía allí, que no se levantaba para irse como otras veces.

—Pensaba —continuó él— que hoy podríamos salir un rato.

Los tres niños se tensaron.

—¿Salir? —preguntó Leo.

—Sí, a comprar algunas cosas. Como nuevos autitos de colección, el equipo de esgrima para Max y tal vez algunas historietas nuevas para Theo.

El silencio que siguió fue absoluto.

—¿De verdad? —susurró Max.

—Claro. ¿Se animan?

Leo saltó de la silla.

—¿Podemos ir todos?

—Esa es la idea.

Theo observó a su padre con atención, como si analizara una escena improbable. Elena contuvo la respiración, sin querer interrumpir ese momento tan dulce y personal.

—¿Isabella puede venir? —preguntó Leo de pronto, mirándolos a ambos.

Adrián no dudó.

—Nunca la dejaríamos —aseguró—. Ella ya es parte de la familia.

Elena sintió que el café se le atragantaba. Las palabras la golpearon con una fuerza inesperada.

¿Parte de la familia? No estaba preparada para eso.

Leo sonrió con una felicidad contagiosa. Max bajó la mirada, disimulando la emoción. Theo, en cambio, alzó la vista hacia Elena y luego hacia Adrián, pero no dijo nada. Aunque en realidad, en su silencio había cierto rastro de sospecha.

Más tarde, cuando los niños subieron a cambiarse, Elena quedó a solas con Adrián en el comedor.

—No tenías que hacer eso —habló ella en voz baja—. Prometerles cosas.

—No son promesas —respondió él—. Son decisiones.

Elena lo miró, buscando al hombre que había conocido días atrás. El CEO distante, el padre ausente, el monstruo que ella había jurado destruir.

—¿Por qué actúas así de repente?

Adrián le sostuvo su mirada.

—No sé. Tal vez porque quiero algo diferente. ¿Tú no?

Ella no supo qué responder. Una parte quería creerle, otra gritaba que no olvidara por qué estaba allí.

Desde el pasillo, Theo los evaluaba. Vio a su padre inclinarse hacia Isabella y la forma en que ella apretaba la taza, nerviosa.

Había algo entre ellos que no terminaba de comprender, pero que reconocía como importante. Cuando Max pasó a su lado, Theo le habló en voz baja.

—Papá no es así.

—No —respondió Max—. No lo era.

Leo apareció corriendo, con una sonrisa enorme.

—¡Vamos a salir! ¡Papá quiere salir con nosotros!

Max intentó calmarlo para que no llamara la atención. Theo miró una vez más hacia el comedor, reconociendo que Isabella estaba cambiando algo en su padre y no sabía si eso era bueno o peligroso.