Capítulo 18. El socio.
Cuando Dairus Cohen llegó a la mansión McGrath, el mayordomo se comunicó con su jefe antes de permitirle la entrada.
Adrián se molestó por la presencia de aquel sujeto en su casa, uno de sus más antiguos socios. El hombre acudió sin haberle avisado antes, pero como le urgía hablar con él, autorizó al mayordomo que lo llevara a la sala para que lo esperara, ya que estaba de camino.
Cohen aguardó en la sala principal, de pie, observando los cuadros como si en realidad no viera ninguno. Aceptó el vaso de brandi que solicitó con una sonrisa correcta y educada, pero sus ojos se movían demasiado rápido por aquel hogar. Evaluaba puertas y pasillos.
—Señor, si necesita algo más, puede presionar el timbre que está junto a la entrada y vendré enseguida. Necesito ir un momento a la cocina —informó el mayordomo.
—Sigue en lo tuyo, Charles. Yo esperaré aquí a McGrath —respondió el hombre y miró con satisfacción como el empleado se marchaba mientras daba un sorbo a su bebida.
Apenas escuchó el sonido de los pasos alejándose, el visitante dejó el vaso con licor sobre una mesa y aguzó el oído. Escuchaba el sonido suave de las voces de los niños.
Se dejó guiar por ellos y caminó sin prisa hacia la terraza. Al llegar, se asomó con precaución, desde allí llegaban risas infantiles y el golpe seco de la madera contra algo blando.
Se asomó, viendo a uno de los trillizos jugando con una espada de madera. Descargaba golpes furiosos contra un enorme oso de peluche. El muñeco estaba viejo, descosido en un costado y manchado por el uso y el tiempo. Cada estocada parecía una descarga de algo más que simple juego.
—¡Toma! —gritó el niño—. ¡Defiéndete, cobarde!
El hombre sonrió con una mueca tensa. Iba a avanzar un poco más cuando algo en un rincón de la terraza capturó su atención.
Descubrió sentada en el suelo a la niñera, la mujer por la que estaba realizando aquella incursión.
Ella jugaba con otro de los trillizos, lo ayudaba a armar una torre con bloquecitos de construcción. Su risa era suave y concentrada. Tenía las mangas arremangadas y estaba sentada con las piernas cruzadas.
Los ojos del hombre se abrieron con sorpresa al detallar su perfil. No solo por interés, sino como si la reconociera.
—No puede ser —murmuró.
Se acercó, casi sin darse cuenta, para verla mejor. Necesitaba confirmar que aquella imagen era real, pero antes de que pudiera decir una palabra, una figura pequeña se interpuso frente a él.
—¿Quién es usted? —preguntó Theo con una seriedad impropia para su edad—. ¿Qué hace aquí?
El hombre se detuvo en seco. No recordó que faltaba un chico por ubicar.
—Yo… —balbuceó.
Elena levantó la vista al escuchar las preguntas de Theo. Al ver al desconocido se puso de pie de inmediato y se acercó al recién llegado, colocándose entre él y los niños casi por reflejo.
—¿Necesita algo? —preguntó con cortesía, aunque al detallarlo, su rostro se tensó. Pareció reconocerlo—. El señor McGrath no está en casa.
Los otros dos niños se acercaron a Theo. Max no soltó la espada, la sostuvo con firmeza como si fuese un arma verdadera que podía defenderlo del peligro. Leo se aferró al pantalón de Elena.
El hombre tragó saliva antes de hablar.
—Entonces, es cierto que estás aquí —dijo.
Su voz no era amable. Elena apretó el ceño y sintió una presión en el estómago.
—¿Nos conocemos? —preguntó, dando un paso más hacia los niños, protegiéndolos.
—Más de lo que crees —respondió él, y la miró con una rabia contenida que no intentó ocultar. Aunque dudó a medida que la estudiaba más—. O eso me parece —reconoció con el ceño fruncido.
—Creo que se equivoca.
—No suelo equivocarme con los rostros, pero Ángelo Towsen me lo aseguró y tú…
Los niños lo veían sin entender, aunque percibiendo el peligro. Theo apretó los puños. Max se colocó delante de Leo.
Elena respiró hondo. Entendió que aquel sujeto se había comunicado con Ángelo Towsen, el contador, quien la había llamado por su nombre al encontrarla en esa casa.
Ellos debían confundirla con su madre, de quien ella no solo había heredado un gran parecido físico, sino que además, se llamaban igual: Elena.
Allí recordó que a Dairus Cohen lo había visto en el funeral de su padre. Tanto él como el contador conocieron a su familia.
—Le pido que se retire, esta es un área reservada para los hijos del señor McGrath. Puede esperarlo en la sala.
El hombre sonrió con cierta perversidad.
—Vaya, que gran sorpresa. Nunca imaginé que Adrián se atreviera a hacer algo así —habló, no como una respuesta a su exigencia, sino como una reflexión personal.
Elena se tensó aún más.
—Por favor, retírese. Le recuerdo que aquí están los niños.
—Creo que su padre ya los ha involucrado demasiado —dijo en tono de burla.
Theo frunció el ceño.
—No hable así de mi papá. Váyase.
El hombre lo miró con desagrado. Elena tomó al niño por un hombro para acercarlo más a ella.
—Tienes carácter, muchacho. Igual que tu padre.
—Disculpe, señor…
—Cohen. Dairus Cohen. Soy socio de McGrath —completó el hombre en respuesta a Elena. Ella se mostró impactada unos segundos, gesto que Dairus pudo percibir.
—Señor Cohen, vayamos a la sala a esperar al señor McGrath. Lo acompañaré.
—¿Me acompañarás? —preguntó el hombre, animado.
Elena asintió, pero antes de que pudiese dar un solo paso, Leo la sostuvo por una mano y Max y Theo se interpusieron en su camino.
—¡¿Qué demonios haces aquí, Dairus?!
La potente voz de Adrián retumbó entre ellos sobresaltándolos a todos. Él se aproximó a la terraza caminando con postura enfadada.
El visitante se enderezó y recompuso su máscara.
—¡McGrath! Me alegra que hayas llegado.
—¿Qué haces aquí? —repitió Adrián entre dientes, encarándolo con los puños cerrados.
—Estaba en la sala esperando, pero escuché una risas muy contagiosas y vine a saludar a tus hijos, es todo —expuso con inocencia.
Adrián lanzó una ojeada hacia atrás del hombre, encontrando a la niñera parada tensa y mirándolo con rostro preocupado, y a sus hijos alrededor de ella como si quisieran retenerla.
—No vuelvas a recorrer mi casa sin mi permiso.
Sabes que no me gusta que molesten a mis hijos.
—Sus palabras fueron duras y firmes y borraron todo gesto de burla del rostro de Dairus suplantándolo por una amarga seriedad—.
Ve al despacho. Charles te escoltará —ordenó, sin quitarle la mirada salvaje de encima.
El hombre se la mantuvo por algunos segundos, como si lo retara, aunque pronto decidió hacer lo que le pedían y no forzar más aquella situación.
Adrián esperó a que Cohen y el mayordomo desaparecieran entre los pasillos para enfrentar a sus hijos y a la niñera.
—¿Están bien? —preguntó, con voz suave.
Ellos recuperaron en ese momento la respiración y asintieron en silencio, aunque en sus rostros él pudo detectar el miedo.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Leo con timidez.
—Alguien que no debió estar aquí. Les prometo que no pasará de nuevo.
Luego de decir esas palabras, Adrián compartió una mirada con Elena, antes de dar media vuelta y dirigirse al despacho.
Con eso la mujer entendió que Dairus Cohen no había ido allí por un asunto de negocios, fue por ella, por lo que Ángelo Towsen le había dicho. Y Adrián lo sabía.