La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 17. El secreto.
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Capítulo 17. El secreto.

Adrián se marchó de la mansión sin despedirse de nadie y no volvió en todo el día. Elena supo que no regresaría porque el mayordomo le informó que el señor McGrath tendría una agenda cargada ese día y solo iría a cenar. La noticia le cayó como un peso en el pecho.

Intentó convencerse de que así era mejor. Necesitaba distancia y tiempo para pensar luego de lo sucedido en la habitación de las medicinas, pero tenerlo lejos no funcionó.

El beso regresaba a su mente sin permiso, inquietándola. La forma en que Adrián la había acorralado contra la pared, la tensión en su cuerpo, la manera en que había pronunciado su nombre justo antes de besarla, como si fuera una advertencia y una rendición al mismo tiempo, le tenía la piel erizada.

Dentro de sí se mantenía agitado un fuego que resultaba imposible serenarlo. Por más que se esforzaba, no lograba sacarlo de su cabeza.

«Esto no puede estar pasando», se dijo a sí misma mientras se ocupaba de los niños.

Adrián comenzaba a meterse en sus huesos, lento e inevitable, como una enfermedad silenciosa. Lo llevaba consigo incluso cuando no estaba.

No podía permitir que eso siguiera avanzando. Él era su enemigo, estaba allí buscando pruebas que la ayudaran a destruirlo, enamorarse no podía estar en sus planes. Eso representaría un serio peligro.

Solo las discusiones que se presentaban entre los trillizos era capaz de distraerla. El juego que realizaron esa mañana dejó serias secuelas entre ellos.

Leo estaba callado, más retraído de lo habitual. Max parecía irritable, saltando ante una mínima provocación, y Theo, como siempre, observaba, pero ahora con una sombra nueva en la mirada, que agitaba a sus hermanos porque ellos la sentían como si fuesen reclamos silenciosos.

—Él hizo trampa —acusó Max mientras Elena intentaba que recuperaran su rutina en el patio, y señalando a Theo.

—Mentira. Fuiste tú el tramposo. Escondiste las pistas para que yo no las encontrara y resolviera el acertijo —respondió Theo sin levantar la voz.

—Porque tú siempre quieres ser el más listo.

—Porque alguien aquí tiene que pensar.

Leo apretó los labios y los autitos que tenía en las manos.

—Siempre pelean —murmuró.

—Porque tú nunca haces nada —replicó Max, sin pensar.

Leo levantó la vista, herido.

—Basta —intervino Elena con firmeza—. Ya dejen de discutir, eso no resolverá lo sucedido esta mañana.

Los tres guardaron silencio, pero la tensión no desapareció. Se trasladó con ellos del jardín a la sala, y a cada rincón de la casa. Durante el día se hablaron poco y, cuando lo hacían, era para reprocharse algo.

Elena intentó mediar.

—Esto no se trata de ganar —les explicó, sentándose frente a ellos—. Se trata de confiar. De apoyarse.

—¿Para qué? —preguntó Max—. Igual siempre perdemos algo.

Esa frase la descolocó.

—¿Qué quieres decir? —preguntó con suavidad.

Max se encogió de hombros.

—Nada.

Theo bajó la mirada y Leo jugueteó con sus dedos. Elena sintió un nudo en el estómago.

—Escúchenme —dijo—. El mundo puede ser cruel, mucho más de lo que creen, y cuando eso pasa, lo único que queda es la familia. Ustedes se tienen entre sí, no estarán solos. Siempre será así.

El efecto no fue el esperado. Leo bajó la cabeza, Max frunció el ceño, como si contuviera algo, y Theo cerró su libro con lentitud, demasiado lento.

—No siempre —dijo Theo, casi en un susurro.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Nada —respondió él de inmediato, pero ya era tarde. Algo había cambiado.

El silencio que siguió fue distinto. No solo había enojo en sus miradas, también podía divisarse el miedo, y hasta el dolor.

Elena los observó con atención renovada. Los tres compartían algo que no querían revelar. Algo pesado, oscuro, que los había marcado más de lo que cualquier adulto parecía notar.

Sintió el impulso de presionar, de exigir respuestas, de preguntar qué ocultaban, pero se contuvo. Recordó su propia infancia, las cosas que había callado porque nadie le había preguntado de la manera correcta. Así que pensó que no era el momento de husmear en esas profundas heridas.

—¿Qué les parece si hacemos algo distinto? —propuso, forzando una sonrisa—. Algo para olvidar el juego.

—¿Qué cosa? —preguntó Leo, sin entusiasmo.

—Una merienda especial —dijo—. ¿Les gusta la tarta de helado?

Los tres levantaron la vista al mismo tiempo.

—¿Con chocolate? —preguntó Max.

—¿Y galletas? —añadió Theo, sin mirarla.

—¿Y frutillas? —pidió Leo, con un hilo de voz.

Elena sonrió.

—Con todo eso. Cada uno la preparará a su gusto y le pondrá los aderezos que quiera. ¿Se animan?

Los tres asintieron y enseguida su pusieron de pie para ir con ella a la cocina.

La preparación de la merienda alivió la tensión. Los niños se repartieron tareas simples: Leo eligió los platos, Max cortó las galletas con una concentración exagerada y Theo leyó las instrucciones, aunque Elena sabía que no las necesitaba.

Trabajaron en silencio, cada uno llevando a cabo una tarea individual, aunque buscando todos la misma finalidad. Se sentaron juntos a la mesa para disfrutar del postre, ya sin la tensión reflejada en sus caras.

El helado comenzó a derretirse poco a poco manchándoles los dedos, provocando risas pequeñas y tímidas. Por un rato, parecieron niños normales. Solo niños.

Elena los observó con una mezcla de ternura y preocupación.

¿Qué les habría pasado? ¿Qué los asustaba tanto?

Cuando terminaron, Leo apoyó la cabeza en su brazo sin pedir permiso, Max se quedó a su lado, cerca, más cerca de lo habitual, sin mostrarse molesto, y Theo limpió la mesa en silencio.

—Gracias —dijo Leo—. Estaba triste.

—Yo también —admitió Max, sin verla.

Theo no dijo nada, pero al pasar junto a Elena, se detuvo un segundo.

—No le digas a papá —murmuró.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Decirle qué?

Theo la miró a los ojos. Ya no parecía un niño.

—Todavía no —expuso, y se fue al patio. Sus hermanos lo siguieron luego.

Elena se quedó allí, sola, con el corazón apretado. Ese día pudo percatarse que los niños tenían un secreto. Uno que los llenaba de temores y le ocultaban a su padre.

Ella no sabía si estaba preparada para descubrirlo.