Capítulo 16. Peligroso desafío.
Adrián entró a la habitación y cerró la puerta tras él con un movimiento lento, sin perderla de vista. Dentro, las sombras los rodearon, solo entraba la luz que podía colarse a través de las cortinas de tela liviana.
El sonido seco del cerrojo hizo que Elena contuviera la respiración.
—Explícame —dijo él, sin alzar la voz—. Ahora.
Elena sintió que las manos le temblaban. El gancho de pelo seguía entre sus dedos, frío y acusador. Buscó con la mirada una salida que no existía.
—Yo… —tragó saliva—. Estaba buscando a los niños.
Adrián dio un paso hacia ella.
—¿En esta habitación?
Elena retrocedió por instinto. Aprovechó el movimiento para lanzar el gancho hacia un rincón oscuro. Cayó entre unas cajas sin hacer ruido.
—Corrieron por toda la casa —continuó, forzando firmeza en su voz—. El juego se descontroló. No sabía dónde se habían metido.
—Esta habitación estaba cerrada con llave.
—Si lo hubiese estado, yo no estaría aquí. La encontré sin cerrojo, solo me asomé para saber si los niños se habían metido.
Adrián la observó con atención, dudando. Sus ojos se desviaron de ella unos segundos para recorrer el cuarto, como si buscaran algo fuera de lugar. Luego regresaron a ella.
—Siempre terminas enredada en situaciones confusas, como sucedió el primer día cuando te vi revisando mi escritorio.
Elena sintió el golpe de esas palabras.
—En esa ocasión no estuve revisando nada, al igual que ahora. Todo fue una simple casualidad —replicó—. No todo gira en torno a ti y tus secretos.
—¿Mis secretos? —preguntó con soberbia, eso la enfadó aún más.
—Ya te dije por qué estoy aquí. Esta casa es enorme, no sé qué zonas son prohibidas y cuáles no. Mi trabajo es estar pendiente de los niños.
Adrián avanzó otro paso. La distancia entre ambos se redujo hasta volverse incómoda. Elena pudo percibir el aroma de su perfume y captó en su piel la energía que irradiaba de la de él.
A pesar de que el enojo en los ojos del hombre empezó a transformarse, su cuerpo seguía en tensión, como si estuviese listo para una batalla.
—Estás cambiando las cosas en esta casa, mujer —dijo él, con voz baja—. Y eso no estaba en el contrato.
—¿De qué hablas?
—De los niños.
Elena parpadeó.
—Te pedí que no te aferraras a ellos, que no los hicieras necesitarte, pero no me obedeciste. Ahora dependen de ti.
—Eso no es malo —replicó ella.
—Lo es cuando eres nada para ellos, solo una empleada pasajera. Este fin de semana no hablaron de otra cosa, preguntaron por ti a cada momento, querían llamarte o ir a visitarte, para tener la seguridad de que volverías.
Elena sintió una punzada en el pecho.
—Te lo advertí —añadió Adrián—. No debías aferrarte emocionalmente a mis hijos.
—¿Aferrarme? —repitió la mujer, indignada—. Son niños, no máquinas. No puedes pedirles distancia cuando lo único que reciben de su padre es ausencia.
El gesto de él se endureció.
—No tienes derecho a hablarme así.
—Sí lo tengo —respondió Elena, dando un paso al frente—. Tú nunca estás, por eso ellos se aferran a quien les preste un poco de atención. Esa no es mi culpa, sino la tuya.
Adrián apretó la mandíbula. Odiaba ese tono y sentirse expuesto. No estaba acostumbrado a que lo enfrentaran de esa manera, mucho menos, una mujer. Elena con su actitud encendía en él algo que no podía controlar.
—No soy un niño para que me regañes —reclamó, entre dientes.
—Entonces, deja de comportarte como uno y asume tus errores —replicó ella sin pensar.
El silencio que siguió fue denso, casi peligroso.
Adrián la miró como si fuera la primera vez, como si acabara de descubrir algo que no sabía si quería enfrentar. Dio un paso más y Elena no retrocedió. El fuego que descubrió en la mirada de él la paralizó, agitando el suyo.
—No sabes lo que estás haciendo —murmuró el hombre, con una voz ronca, afectada, y siguió avanzando hacia ella hasta que la acorraló contra la pared.
—¿Qué te hace pensar que no lo sé?
Adrián se estremeció por su réplica, la tensión en él se volvió física, palpable. Elena podía sentir el calor de su cuerpo abrigándola y notó la forma en que su respiración se había vuelto más profunda. Sus ojos bajaron, apenas un instante, a los labios de ella.
—Esto… —dudó Adrián— no debería estar pasando.
—Entonces, aléjate y déjame ir.
Él no lo hizo. La mano de Adrián se apoyó en la pared, a un lado de su cabeza. Elena sintió que el pulso se le aceleraba, que el aire se volvía insuficiente.
—Estás rompiendo todas las reglas —gimió el hombre, perdiendo su último hilo de control.
Se inclinó y la besó, reteniendo su cabeza al tomarla por la nuca con su mano libre.
No fue suave ni cuidadoso. El beso resultó como una descarga contenida demasiado tiempo.
Elena respondió sin pensar, aferrándose a su abrigo y devolviéndole el beso con la misma intensidad. Todo lo que había quedado suspendido entre ellos: las discusiones, las miradas evitadas, los roces accidentales, explotó en ese contacto.
Por un instante, no existió nada más. Solo ellos.
Los gemidos se intensificaron y Adrián afincó su cuerpo en ella buscando el calor de su piel. La mano con la que le sostenía la nuca bajó y se aferró a uno de sus senos, apretándolo con deseo, arrancándole a la mujer gemidos mientras sus bocas se comían con ansiedad.
Sus lenguas se unieron a aquel debate, acariciando, saboreando, bebiéndose todo el deseo que ambos expelían.
El descontrol poco a poco los abordó, tanto, que Adrián la tomó por la cintura para pegarla a su cuerpo y comenzó a meter sus manos bajo su falda buscando llegar a sitios más íntimos.
Elena sentía su pene duro y erecto en su vientre, se movía contra él buscando provocarlo, lográndolo de forma magistral. El hombre estaba tan desbordado de ganas que, apenas alcanzó su tanga, la rompió de un violento jalón pudiendo tocar con sus dedos el centro húmedo y palpitante de la mujer.
Ella emitió un grito ahogado por culpa del placer cuando sintió que él alcanzaba su sexo, pero un ruido sonoro producido afuera la regresó de golpe a la realidad.
Los niños pasaban justo en ese momento corriendo por el pasillo.
—¡Isabella! ¡Isabellaaa!
La voz de Leo despertó sus miedos.
—¡Theo hizo trampa! —gritó Max.
—¡Mentira! —rebatía Theo.
Elena abrió los ojos, sobresaltada. Adrián se apartó de ella de inmediato, como si el contacto quemara. Ambos respiraban agitados.
—Los niños… —murmuró la mujer.
El hombre asintió, pasándose una mano por el rostro para despejarse la mente. Los pasos apresurados y los gritos de los trillizos se perdieron en dirección a las escaleras.
—Vete —pidió Adrián, hablando con dificultad—. Ya deben estar abajo.
Elena no se lo pensó dos veces. Corrió a la puerta y salió apresurada al pasillo con el corazón desbocado y temblando por la intensidad de las emociones. Aunque no fue a la planta baja, sino a su dormitorio. Sentía los hilos de su tanga rota colgando de sus caderas.
Adrián se quedó solo en la habitación, apoyando la frente contra la pared.
—Maldita sea, eso estuvo demasiado cerca —se dijo, captando en su interior unas llamas que ya no podían ser ignoradas.
Isabella Reed no solo había hechizado a los niños, también a él, pero su caso era mucho más peligroso.
La ansiedad de los trillizos podía controlarla. La suya, en cambio, nadie le pondría límites y esta no se detendría hasta verse saciada.