Capítulo 19. El dominio de las emociones.
Adrián nunca fue a cenar, su silla permaneció vacía. El mayordomo sirvió los platos con la misma precisión de siempre, pero el ambiente se sentía distinto. Todos se mantenían expectantes, como si aguardaran el estallido de una explosión.
—¿Papá no va a venir? —preguntó Leo con la voz más baja de lo habitual.
—Tal vez, tiene mucho trabajo —respondió Elena, forzando una sonrisa—. A veces los adultos deben resolver cosas importantes.
Max frunció el ceño.
—Siempre son «cosas importantes».
Theo no dijo nada. Comía en silencio, atento a cada sonido que venía del ala derecha de la mansión.
No pasó mucho tiempo antes de que los gritos recorrieran todo el hogar.
Primero fue una voz grave, luego otra más aguda, cargada de reproches, acompañada por un golpe seco contra el escritorio. Elena levantó la mirada y el mayordomo carraspeó. El hombre se apresuró por ir a la puerta para cerrarla y amortiguar los ruidos.
—Vamos a terminar rápido —pidió Elena—. Después, subimos a ver un poco de televisión.
—Están peleando —dijo Max sin rodeos.
—No —corrigió ella—. Están discutiendo. Eso es normal entre socios. Los negocios son así.
—Es lo mismo —replicó el niño.
—En realidad, no —aclaró Theo—, pero en el fondo tienen la misma motivación.
Elena puso los ojos en blanco, aunque luego de que la puerta se cerrara y ya no se escucharan más discusiones, los niños no volvieron a tocar el tema y se concentraron en su comida.
Al terminar, fueron a la salita privada del piso superior y se distrajeron un rato viendo una serie de misterio protagonizada por un grupo de niños, hasta que cada uno comenzó a cabecear y cerrar los ojos por el cansancio.
Ella los animó a que se fueran a sus habitaciones y se pusieran el pijama.
—Te vas a quedar con nosotros, ¿cierto? —consultó Leo mientras Elena lo ayudaba a arroparse.
—Claro que sí, no los dejaré esta noche.
—¿Ni nunca?
Ella besó su frente con dulzura.
—Estaré todo lo que pueda con ustedes. No te angusties por eso ahora. Duerme tranquilo, yo estaré un rato afuera.
Él sonrió complacido y se dejó llevar por el sueño. Cuando fue a la habitación de los otros dos niños, se extrañó que ambos le hicieran la misma pregunta.
Todos temían quedarse solos. Ese día sus miedos parecían haberse agitado.
—Mañana será un mejor día —les susurró a cada uno antes de apagar las luces, sintiendo esas palabras más para sí misma que para ellos.
Theo no respondió, aunque sonrió. Max se dio vuelta hacia la pared, como siempre hacía. Ninguno tardó mucho en dormirse, confiando en su promesa.
Elena salió despacio y se sentó abatida en el sofá de la salita. Cerró los ojos un instante.
«Cohen», pensó. Aquel sujeto perturbó aún más un día que ya había estado complicado. Los recuerdos se le agolparon sin permiso en su memoria.
La primera vez que supo de la existencia de Dairus Cohen, fue por una visita que el hombre hizo a su padre días antes de que su madre muriera.
En esa ocasión no se vieron las cara, ella se mantenía en la habitación con su madre moribunda, pero hasta allí llegaban los gritos de sus discusiones.
Igual a como sucedió ese día con Adrián.
En esa oportunidad, Elena no pudo escuchar mucho, no estaba interesada. Cohen hablaba de números, de oportunidades, de salidas elegantes para la empresa de su padre. Ahora la mujer lamentaba no haber estado más atenta. Sintió que aquella conversación debió ser clave.
«Tu padre no quería vender, pero lo obligaron». La frase del ex empleado de su padre, resonó en su cabeza con una claridad dolorosa.
—¿Y si fue Cohen quien obligó a mi padre a vender? —se preguntó a sí misma en voz baja.
¿Adrián lo sabría? ¿Lo habría enviado él a negociar o simplemente fue beneficiario final de una jugada sucia?
Cuando los vio enfrentados en la terraza, en el rostro de ambos descubrió inconformidad. Cohen tenía algo en contra de Adrián y él en contra de su supuesto socio.
Sintió rabia. Una rabia caliente y punzante que le subió por el pecho y se mezcló con algo mucho más incómodo: confusión.
Odiaba no entender lo que sucedía, no haber estado más atenta en el pasado y, peor aún, que ahora hubiesen sentimientos en su pecho que se empeñaban en hacer ver a Adrián más como una víctima que como el monstruo del cuento.
Negó con la cabeza, intentando ordenar las ideas. No era momento para emociones. No debía bajar la guardia.
Luego de vigilar el sueño de los niños por algunos minutos, se dirigió a su dormitorio. Entró en su habitación y se cambió en silencio.
Se puso su camisón corto y casi trasparente con movimientos mecánicos, como si su cuerpo funcionara mejor que su mente. Cuando se sentó en la cama, el cansancio cayó sobre ella de golpe.
Aquel había sido un día difícil y parecía no querer terminar. No tenía nada de sueño, su cabeza solo ansiaba pensar para aclarar todas sus dudas.
Apagó la lámpara y se recostó, aunque no pudo dormirse. Cada vez que cerraba los ojos veía a Cohen mirándola con reconocimiento y rabia y a Towsen llamándola por su nombre, confundido.
Veía a su padre firmando papeles con la mano temblorosa y a Adrián tenso, furioso, golpeando el escritorio.
Dio vueltas y vueltas en la cama tratando de quitarse esas imágenes de la mente y así poder descansar, pero el sonido de pasos en el pasillo la inquietó.
Se incorporó de inmediato. Logró reconocer esas pisadas, su cadencia y su peso. Era Adrián.
Él caminaba despacio, como si dudara, y se detuvo frente a su puerta. Elena contuvo la respiración.
El silencio entre ambos era tan denso que parecía una cuerda a punto de romperse.
Podía fingir dormir, pero no lo hizo. Se levantó y abrió la puerta antes de que él tocara o se marchara.
Adrián estaba allí, con la camisa abierta hasta el tercer botón y las mangas arremangadas. Tenía el rostro endurecido y los ojos oscuros, cargados de algo que no era solo enojo.
—Perdón, no quise despertarte —dijo, aunque no dio un paso atrás. La miró de pies a cabeza, logrando captar las formas perfectas del cuerpo femenino a través del camisón claro.
Eso encendió aún más el fuego que ardía dentro de él.
—No dormía.
Se miraron en silencio. El pasillo estaba en penumbra, iluminado apenas por una luz lejana. Elena sintió cómo el pulso le golpeaba en las sienes.
—Cohen ya se fue —comentó el hombre, clavando en ella sus ojos embriagados no solo por el alcohol, sino también por el deseo, uno que comenzaba a tensarla a ella.
—Lo sé.
—¿Escuchaste?
—Era imposible no hacerlo. Los niños también lo hicieron.
Adrián apretó la mandíbula.
—Ellos no debieron oírlo.
—Pero pasó —respondió ella con suavidad—. Aunque estaban seguros que tú lograrías enfrentarlo.
Él guardó silencio un instante.
—No hubiese querido que estuviesen cerca de él. Ese hombre es…
Adrián cerró los labios, al igual que los puños, resultándole difícil completar la frase.
—Tranquilo, no sucedió nada. Tus hijos son muy valientes, lo enfrentaron sin miedo.
Él mostró una diminuta sonrisa.
—Vi cómo te defendían y cómo tú te mantuviste junto a ellos.
—Jamás los abandonaría y menos en un momento como ese.
El silencio fluyó por un casi minuto mientras ellos se evaluaban, como si se comunicaran con los ojos todo lo que sentían.
—Hoy no fui justo contigo.
—Yo tampoco lo he sido contigo.
Se miraron, vulnerables por primera vez, sin máscaras claras. La cercanía hizo que Elena fuera consciente de cada detalle de él, del leve temblor en su respiración, del cansancio en sus ojos y del calor que parecía emanar de su cuerpo.
—No debería estar aquí —murmuró Adrián.
—No —respondió ella—. No deberías.
Ninguno se movió.
El deseo, ese enemigo silencioso, fluyó entre ambos sin pedir permiso. Elena sintió cómo se le aceleraba el pulso, cómo algo la atraía hacia ese hombre pese a todo lo que sabía y a todo lo que sospechaba.
Adrián levantó una mano, como si fuera a tocarla, pero la dejó caer a medio camino.
—Esto… nos va a destruir.
—Tal vez ya lo está haciendo.
Sus ojos se engancharon, imposibles de separar. Había rabia, confusión y necesidad. Demasiadas emociones a flor de piel mezclándose sin control.
Por un instante, Elena pensó que él se marcharía. Por otro, que ella cerraría la puerta manteniendo la distancia, pero nada de eso ocurrió.
El deseo fue más poderoso que lo que sus mentes les dictaban.
Adrián avanzó hacia la mujer y ella lo tomó de la mano cerrando la puerta cuando estuvo dentro, pasando el pestillo.