Capítulo 13. Fracasos y frustraciones.
La semana pasó sin que Elena se diera cuenta.
No hubo grandes revelaciones ni oportunidades para investigar.
No volvió a acercarse a la habitación de las cajas, ni al despacho de Adrián.
Cada intento era frustrado antes de comenzar, como si la casa misma conspirara para mantenerla ocupada y vigilada.
O quizás no era la casa, sino los niños.
Leo se convirtió en su sombra. Si ella se sentaba, él se acomodaba a su lado. Si se levantaba, la seguía con un objeto en la mano, siempre necesitando mostrarle algo, contarle algo, compartirle una idea que no podía esperar.
Dormía mejor si ella estaba cerca, comía más si era ella quien le servía el plato, se tranquilizaba con solo tomarle la manga del suéter.
Max, en cambio, parecía haber decidido ponerla a prueba cada día.
—Eso no se hace así —le decía, cruzándose de brazos.
—¿Ah, no? —respondía ella, alzando una ceja.
—Papá lo hace distinto.
—¿Y tú qué opinas? ¿Qué manera te gusta más?
Max dudaba, siempre lo hacía. Luego sonreía, desafiante.
—Creo que tú lo haces mejor, pero no se lo diré a él.
Theo era otra historia. No importaba dónde estuviera Elena ni qué pensara hacer.
Cuando intentaba subir las escaleras laterales, el niño estaba allí, sentado, observándola.
Cuando se desviaba por un pasillo poco usado, Theo surgía desde una puerta, como si hubiese adivinado su recorrido.
Cuando se detenía frente a la puerta de la habitación prohibida, fingiendo revisar su teléfono, Theo tosía detrás de ella.
Nunca decía nada, solo la miraba, y Elena sentía cada vez que ese niño veía más de lo que debería.
A finales de la semana comprendió que no podía investigar sin levantar sospechas. No con Theo cerca ni con los niños tan pegados a ella. No sin exponerse a preguntas que no estaba lista para responder.
Pero no solo se trataba de los niños, Adrián también estaba allí.
La observaba desde el marco de una puerta o desde el otro extremo de la mesa.
En ocasiones desde el pasillo, cuando creía que ella no lo notaba.
Había en su mirada una tensión constante, como si luchara contra algo que no quería admitir.
Durante las comidas, el roce era inevitable. Sus manos se tocaban al pasarse el pan o los dedos se encontraban al mismo tiempo sobre una jarra. Cada contacto era breve, accidental y venía cargado de una electricidad que comenzaba a desquiciarla.
—Perdón —decían al unísono cuando eso sucedía y se separaban demasiado rápido.
Un día, chocaron en el pasillo al doblar una esquina. Ambos se encontraban sumergidos en la revisión de sus móviles, por eso no estuvieron atentos.
El impacto fue leve, aunque fue suficiente para que quedaran cerca. El cuerpo de Adrián era una barrera sólida frente a ella. La mujer tuvo que alzar la vista para encontrarse con sus ojos, oscuros e intensos, que se mantenían por mucho tiempo pendientes de sus labios.
—Lo siento —murmuró él, dando un paso atrás. Por instinto la había sostenido por la cintura, provocando en la mujer un estremecimiento general que la perturbó.
—Yo… no pasa nada —respondió ella, apartándose. Con su corazón acelerado por aquella proximidad, por su aroma masculino, por su calor embriagante, por la dureza de esos músculos y la suavidad de esa piel que tanto anhelaba acariciar.
Siguieron caminando en direcciones opuestas sin mirar atrás, aunque esa noche Elena tardó en dormir.
Se decía que era cansancio, que el ajetreo de la convivencia y la frustración por no poder inspeccionar la mansión le generaba tanto estrés que le robaba el sueño. Pero en el fondo, ella sabía que no era solo eso.
La cercanía forzada que mantenían en esa casa los obligaba a compartir por mucho tiempo el mismo espacio, las rutinas pequeñas, la preocupación por los niños. Las miradas que decían más de lo que las palabras permitían.
Adrián evitaba quedarse a solas con ella. Sin embargo, siempre parecía terminar cerca. Les dedicaba a los niños una atención que antes no había mostrado, gestos que a ellos los tenía encantados y lo disfrutaban al máximo.
Su actitud la descolocaba. Pronto, el miedo que había sentido al creerlo violento el día en que discutió con Ángelo Towsen, el contador, se diluía en su memoria. El monstruo que había construido en su mente empezaba a resquebrajarse.
Una tarde, mientras ayudaba a Leo a armar un rompecabezas en el suelo de la biblioteca, Elena sintió una presencia detrás de ella. Se giró y se encontró con Adrián apoyado en la estantería, observándolos.
—¿Es bueno concentrándose? —preguntó él, señalando a Leo.
—Cuando quiere —respondió ella, sonriendo.
Adrián le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
—Gracias —dijo, logrando que la mujer se tensara.
—¿Por qué?
—Por estar aquí y compartir tu tiempo con ellos.
—Es mi trabajo —alegó, encogiéndose de hombros.
Adrián asintió y regresó a su despacho marchándose con la misma sutileza con la que había aparecido.
Esa noche, mientras los niños dormían, Elena pasó frente al despacho cerrado. Se detuvo y pensó en las pruebas que necesitaba, en los documentos allí almacenados y en las respuestas que todavía no había encontrado.
Pensó en su madre, que murió a la espera de las medicinas que podían mantenerla un tiempo más viva; en su padre, que se marchó con ella semanas después doblegado por el dolor, y en la rabia que la había llevado hasta esa casa.
Adrián estaba adentro, solo, podía aprovechar el momento para provocarlo, para lograr más acercamiento y confianza y así tener mejores oportunidades para investigarlo, pero decidió seguir de largo.
Se fue a su habitación con una sensación extraña de pérdida atormentándole el pecho.
No supo que Theo la había visto detenerse, ni que la había observado alejarse en silencio. Tampoco que el niño había presenciado, días antes, cada uno de los gestos que parecían acercarlos: el roce de manos, la cercanía excesiva, la forma en que se miraban cuando pensaban que nadie más los veía.
Theo no entendía del todo lo que sucedía, aunque era capaz de deducir que algo muy fuerte ocurría entre su padre y su niñera, que ninguno de los dos podía controlar.