La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 14. Motivación.
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Capítulo 14. Motivación.

Elena regresó el sábado a su pequeño departamento con un torbellino de pensamientos desatado en su cabeza, caminaba de una habitación a otra sin encontrar descanso.

El silencio le resultaba incómodo. Muy distinto al murmullo constante de la mansión McGrath, a las voces de los niños y a los pasos pesados de Adrián.

Tuvo a su enemigo en su memoria más de lo que quiso admitir. No podía borrarse de la mente su mirada que ardía, la forma en que evitaba tocarla y los leves estremecimientos que sentía cuando lo tenía cerca.

También pensó en Leo durmiéndose con la cabeza apoyada en su brazo, en Max viéndola de reojo como si midiera su resistencia, en Theo observándola con esa atención que no parecía la de un niño de siete años. Los extrañaba, y eso la irritó.

—No fuiste a esa casa a entablar lazos emocionales con ninguno de ellos. Concéntrate. No te desvíes de tu meta —se regañó a sí misma mientras se ocupaba de realizar una limpieza superficial de toda la casa y lavaba su ropa.

El domingo por la mañana, sentada en la mesa de la cocina, desplegó hojas, marcadores y cartulinas. Empezó a trabajar con una concentración casi feroz.

Diseñó un juego de búsqueda para los niños, con tarjetas que poseían pistas simples, acertijos visuales y pequeñas misiones. Nada demasiado complicado.

Su plan era mantenerlos ocupados y en movimiento.

Nunca había conocido a unos trillizos tan individualistas, que, a pesar de estar todo el día juntos, no jugaban entre sí ni se comunicaban. Tenían menos interacción que los niños que vivían solos en casa con algún adulto.

La actividad pretendía fomentar el trabajo en equipo y empujarlos a interactuar.

«Theo deduce. Leo anima. Max decide», pensó la mujer. Eran el trío perfecto, pero ellos no parecían aceptarlo. Cada uno se mantenía distante.

Además, aquel inocente juego tenía otro objetivo: le daría la excusa perfecta para recorrer aquella inmensa casa y hallar momentos que le permitieran inspeccionarla más a fondo, en busca de pruebas.

Se sintió culpable por un segundo. Usar a los niños para obtener resultados no estaba bien, pero la culpa se le disolvió rápido arrastrada por la frustración acumulada.

—Una semana —murmuró—. Estuve una semana en esa casa y no tengo nada concreto.

Tuvo que detener su trabajo porque tocaron el timbre. Su tía Margaret, hermana de su madre, fue de visita.

—¡Elena, corazón, mírate cómo estás! —expuso la mujer con rostro preocupado, dándole dos besos—. Tienes ojeras, piel pálida y estás flaca. Te hace falta una sopa, ya me pongo a prepararla.

Margaret entró a la cocina sin esperarla, llevaba en las manos una bolsa con comestibles.

Elena cerró la puerta y la acompañó. Iba de hombros caídos, se sentía cansada.

—Te traje una caja con las infusiones relajantes que me ayudan a recuperar el control de mis nervios, creo que las necesitas —contó la tía mientras sacaba de los estantes los utensilios necesarios para cortar los vegetales y las verduras que había llevado consigo—.

No dormiste bien anoche, ¿cierto? Estás fatal.

—Es que no tenía sueño —respondió ella retomando el trabajo con las tarjetas.

Margaret la miró con esa mezcla de cariño y preocupación que Elena conocía desde siempre. Su tía era la única familia que le quedaba y quien sabía toda la verdad de su misión en la mansión McGrath.

—¿Eso es para ellos? Para los trillizos —inquirió la mujer al ver en lo que su sobrina trabajaba.

Elena apretó los labios.

—En parte.

Margaret suspiró hondo al notar el rostro acongojado de la joven.

—Quizás te estás involucrando con ellos más de lo que planeaste.

Ahora fue Elena quien suspiró.

—Paso las veinticuatro horas del día, de cinco días a la semana, con esos chicos. Es inevitable que me afecten.

—¿Y no estarás olvidando por qué empezaste todo esto?

El silencio cayó entre ambas.

—Eso nunca lo olvidaré.

—Te veo cansada y confundida, y cuando hablamos por teléfono solo hablas de los niños, de lo que dicen y de cómo se comportan. No de los resultados que logras.

—Tú entiendes de niños, eres una educadora con años de experiencia y especializada en orientación infantil. Necesito tu asesoría para no causarles ningún daño mientras estoy en esa casa, por eso siempre hablo de ellos cuando te llamo.

—Pero ya no hablas de la venganza como antes.

—Porque no he tenido oportunidad de avanzar —dijo molesta—. Todo en esa casa conspira para distraerme.

Margaret sonrió mientras tomaba una olla y la llenaba de agua para luego ponerla sobre el fuego y cocinar la pechuga de pollo.

—O porque una parte de ti no quiere encontrar lo que busca —insistió la mujer—. Tal vez deberías soltar eso y ser feliz. Dejar que el pasado…

—No —cortó Elena, con brusquedad—. No voy a olvidar ni a perdonar al hombre que destruyó a mis padres. No importa cuántos niños dulces haya en el medio ni cuán… humano parezca él.

Margaret la observó con atención.

—Solo te pido que tengas cuidado —aconsejó—. Porque si te dejas absorber por esa familia, el golpe va a ser muy doloroso.

Elena no respondió, solo se estrujó la cara con ambas manos pensando que de esa forma se quitaría de la memoria los recuerdos de Adrián McGrath y de sus hijos, para así concentrarse en lo importante.

Esa noche, ya sola en el departamento, recibió un mensaje de texto en su móvil. Al verlo, se alteró por completo logrando que de su cabeza se borraran las caras dulces de los trillizos y los ojos voraces de Adrián, siendo suplantados por el recuerdo de su venganza.

Se trataba de un ex empleado de su padre. Un hombre al que ella había intentado contactarlo una y otra vez durante un año. Llegó a pensar, incluso, que estaba muerto, o que no quería ser encontrado.

«¿Estás disponible para hablar?», le preguntó el hombre.

«Sí», fue su única respuesta y dejó el teléfono sobre la mesa recostándose en el sofá, en espera. Casi enseguida sonó el primer repique.

Elena se incorporó de golpe con el corazón latiéndole con fuerza y respondió.

—¿Hola?

Hubo silencio al otro lado por unos segundos.

—Elena —dijo una voz masculina, baja—. No vuelvas a contactarme.

Ella se quedó sin aire.

—¿Señor Harris? —preguntó—. Por favor, yo solo quiero…

—No —la interrumpió—. No quiero saber nada. Me van a matar si hablo.

Elena se puso de pie.

—¿Quién? —preguntó—. ¿Quién lo está amenazando?

—No importa —respondió él—. Solo… olvídese. Olvide todo. No siga buscando.

—No puedo —replicó ella—. Es mi padre. Él lo perdió todo, por eso murió.

El silencio volvió, desesperándola.

—Yo lo apreciaba —reveló Harris—. Era un buen hombre.

Elena sintió un nudo en la garganta.

—Entonces, ayúdeme.

La respiración de Harris se volvió irregular.

—No debí llamar —murmuró—. No debí hacerlo.

—Por favor —insistió Elena—. Dígame la verdad.

—Su padre no quería vender —confesó el hombre de repente, deteniendo el mundo para Elena.

—¿Qué dijo?

—Él no quería vender la empresa —repitió—. Peleó hasta el final, pero lo obligaron.

La mujer cerró los ojos, sintiendo cómo la sangre le rugía en los oídos.

—¿Quién? —preguntó—. ¿Quién lo obligó?

—No puedo decirlo —respondió Harris con la voz quebrada—. Ya dije demasiado.

—¿Fue Adrián McGrath? —preguntó ella, casi sin voz.

El silencio fue la única respuesta.

—No me busque más. Por favor.

La llamada se cortó. Elena quedó de pie en medio de la sala, con el teléfono aún pegado a la oreja.

«Lo obligaron». Esa frase se grabó en su mente como una herida abierta. La confusión se le mezcló en el pecho con la rabia, el miedo y una necesidad renovada y feroz de saber la verdad.

Sin importar cuánto doliera ni a quién arrastrara en el camino.