La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 12. Un hombre violento.
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Capítulo 12. Un hombre violento.

Elena regresó con los niños al jardín intentando parecer tranquila. Por fuera, sonreía, respondía a Leo, vigilaba a Max y seguía con atención las observaciones silenciosas de Theo, pero por dentro, su mente era un torbellino que no lograba acallar.

El beso, la conversación posterior, la llegada del contador llamándola por su nombre, y, sobre todo, la forma en que Adrián la había defendido.

«No preguntó nada, no mostró sus propias dudas, solo me ayudó a salir de aquel aprieto», pensó mientras ayudaba a Leo a acomodar sus autos sobre el césped.

«¿Por qué?». Esa pregunta se repetía una y mil veces en su cabeza, mezclada con el recuerdo del apasionado beso, uno que la marcó para siempre.

«¿Lo había hecho por la intimidad compartida? ¿Por ese beso que no debió existir? ¿Por la cercanía que logramos y todavía ardía bajo la piel como una quemadura lenta?». Tenía tantas dudas en la cabeza que creía que se volvería loca.

«Pero… y si él… ¿sospecha algo?». Se irguió, nerviosa, mirando a la nada con el terror tallado en sus pupilas.

¿Y si Adrián ya la había descubierto y lo que buscaba era que nadie más lo notara para solo él actuar y tener el placer de destruirla?

—¡Isabella! —la llamó Leo, sacándola de golpe de sus pensamientos—, ¿me escuchaste?

Elena parpadeó y bajó la vista reordenando los autos.

—Claro que sí. Perdón, estaba distraída.

—Siempre te distraes cuando papá está en casa —observó Theo desde su tumbona.

Ella sintió un pequeño golpe en el estómago.

—No es cierto —respondió, demasiado rápido.

Theo ladeó la cabeza, atento.

—No dije que fuera malo.

Max, que había estado arrojando piedritas a una fuente cercana, se acercó.

—¿Papá está enojado? —preguntó.

—No —respondió Elena—. Está trabajando. Creo que se le presentó un problema que debe resolver sí o sí.

—Cuando trabaja, siempre está enojado —replicó Max.

Elena no supo qué decir. Porque en el fondo sabía que el niño no estaba equivocado.

El día avanzó sin sobresaltos. Leo insistió en enseñarle un nuevo circuito que había diseñado. Max la desafió con pequeñas provocaciones, midiendo sus límites y buscando reacción. Theo la observó como si cada uno de sus gestos fuese una pieza más de un rompecabezas que solo él armaba.

Elena se obligó a concentrarse en ellos, pero su cuerpo no obedecía con la misma facilidad que su mente.

Cada vez que una puerta cercana sonaba, para abrirse o cerrarse, sentía una presión extraña en el pecho. Una mezcla incómoda de alerta y algo más. Un anhelo que le costaba controlar.

En una ocasión se sintió tan perturbada que necesitó estar en soledad unos minutos.

—No se muevan de aquí —indicó—. Ya vengo.

—¿No tardarás otra vez? —consultó Leo.

—No. Solo… necesito ir al baño —se excusó y entró a la casa.

Avanzó con pasos silenciosos decidida a ir a su habitación. La mansión estaba quieta, pero al llegar a las escaleras, escuchó voces elevadas provenientes del despacho.

Se detuvo, intentando traducir las palabras que llegaban a sus oídos de forma entrecortada. No era una conversación convencional ni había risas.

—¡Esto no fue lo acordado! —la voz de Adrián sonó dura, cortante.

—¡Estoy haciendo lo que le conviene a la empresa! —respondió otra voz, más suave y calculadora. El contador.

—¡No a costa de traicionar mi confianza! —replicó Adrián.

Se oyó un golpe seco. Elena dio un pequeño salto, pensó que eso debió ser un golpe al escritorio, aunque sus ojos se abrieron con alarma al imaginar que pudo haber sido algo más. Tal vez, un golpe a la anatomía de alguien.

—¡Me estás acusando sin pruebas! —gritó Towsen.

Se produjo otro golpe, uno más fuerte. El pulso de la mujer se aceleró, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

En su mente se formó una imagen inmediata: Adrián imponiéndose, intimidando, sometiendo a cualquiera que se interpusiera en su camino con sus propias manos.

El CEO despiadado del que siempre había oído hablar parecía revelarse. El hombre capaz de arrasar con familias enteras por un negocio se mostraba ante ella poco a poco.

—¡No te atrevas a subestimarme, Ángelo! —dijo Adrián, con un tono que no había escuchado antes—. ¡No conmigo!

Elena se llevó una mano al pecho, conteniendo la respiración.

—¡¿Y qué harás si lo hago?! —replicó Towsen con una risa breve—. ¡¿Despedirme?! ¡¿Arruinarme?!

—¡Haré lo que sea necesario! ¡Como siempre!

El silencio que siguió fue espeso, peligroso. Elena retrocedió un paso sin darse cuenta. El miedo le anudó el estómago.

«Esto es lo que hace: amenaza y luego destruye», recordó. Ese era el Adrián McGrath que conocía, el que hizo pedazos a su familia.

Al escuchar que la puerta del despacho se abría, corrió para esconderse. Se ubicó tras un estante, tan asustada que creía que eran capaces de oír los latidos de su corazón.

Alguien pasó a toda velocidad hacia la puerta de la casa y cerró de un portazo.

Cuando el silencio volvió, ella salió apresurada de su escondite y subió las escaleras encerrándose en su habitación.

—Este hombre es peligroso —se dijo, en susurros—. Y yo estoy jugando con fuego al estar aquí, al investigarlo, al involucrarme con sus hijos y dejar que me bese.

Su angustia creció tanto que tuvo que sentarse en el borde de la cama para recuperar el aliento. Las sensaciones de los besos que compartió con Adrián se mezclaban en su memoria con el sonido de los golpes. Se sacudió la cabeza para quitárselos de encima y fue al baño a refrescarse.

Salió de allí minutos después con el rostro controlado. Regresó con los niños y se sentó en el suelo junto a ellos para reír y responder preguntas como si nada hubiese pasado.

Aunque Elena Whitman estaba llena de miedos, ansiedades y confusiones, Isabella Reed debía mostrarse tranquila y confiada. No podía revelar sus emociones para no delatarse, pero cada vez que escuchaba pasos en las cercanías su cuerpo temblaba.

No sabía si huir o quedarse.

Cuando Adrián salió del despacho para compartir un rato con los niños, Elena lo vio de lejos. Su postura era rígida, aunque no agresiva. Tenía el ceño fruncido y los hombros tensos, como alguien que acababa de contener algo demasiado grande.

Evitó mirar hacia ella, eso la decepcionó.

«¿Qué estás pensando, tonta?», se reprendió. Aunque, una vez más, el recuerdo de sus besos y sus caricias la erizaron por completo despertando una atracción prohibida hacia ese hombre.

Cuanto más intentaba odiar a Adrián McGrath, más deseo sentía por él.