La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 11. Negociación.
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Capítulo 11. Negociación.

Elena no esperaba que el beso tuviera consecuencias tan inmediatas, pero no pudo evitarlas. Una vez que ambos escucharon que los pasos de los niños se alejaban del despacho recuperaron el aliento.

Adrián retrocedió varios pasos y se puso al otro lado del escritorio, como si el mueble fuese un muro de contención que lo mantendría alejado de esa mujer, por la que sentía una poderosa atracción.

Tenía el rostro serio, controlado.

—Esto no debió pasar —dijo ella antes de que él pudiera hablar.

—Coincido.

—Fue inapropiado —continuó Elena—. Eres mi empleador. Yo trabajo aquí. Esto podría considerarse acoso laboral.

Las palabras fueron como una fuerte bofetada para el hombre.

—No fue acoso, fue un error compartido. Admito que yo lo inicié, pero tú no pusiste ningún tipo de impedimento. Respondiste enseguida.

Ella sintió indignación.

—Eso no lo vuelve menos grave.

—No, pero sí cambia las implicancias.

Elena cruzó los brazos, a la defensiva.

—Estabas cansado, no has dormido nada. Tal vez bebiste mucho en la noche y continuaste en la mañana —dijo señalando la botella sobre la mesa—. No te encontrabas en condiciones de…

—Me hallaba perfectamente consiente —la interrumpió, fijando una mirada implacable en ella. Eso la descolocó.

—Entonces, fue peor.

—Fue honesto —corrigió—. Y no volverá a pasar.

Elena lo miró, desconfiada.

—¿Estás seguro?

—Lo estoy —respondió él—. Porque no puedo permitirme cruzar esa línea. Ni por mí, ni por mis hijos. —El silencio se tensó—. Aunque tú también cruzaste una.

Elena frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Me hablaste como nadie lo ha hecho en años. Me acusaste y juzgaste, pusiste en entre dicho la manera en la que crio a mis hijos.

—Y volvería a hacerlo, alguien tenía que decírtelo.

—Lo sé, pero esa fue una provocación directa. Me llevaste al límite y me hiciste actuar de manera… espontánea —reveló con desagrado.

La mujer abrió la boca en toda su extensión.

—¿Ahora soy la culpable?

—Podría despedirte por eso, por señalarme de esa forma. No tienes ningún derecho para hacerlo.

Elena sintió un escalofrío. No podía hacer que la echaran de allí. El plan al ir a su despacho era disculparse y asegurar su estadía en la mansión.

—Pero no voy a hacerlo. No te despediré —aseguró Adrián, desconcertándola aún más.

—¿Por qué? —quiso saber ella, con cautela.

El hombre se acercó al escritorio y apoyó una mano sobre la superficie de madera.

—Porque tienes razón en muchas cosas y porque mis hijos te necesitan.

Elena no respondió de inmediato. Adrián pudo percatarse que solo ella había logrado ver la verdadera necesidad de sus hijos, una que por el momento él mismo no podía solventar, pero tenerla allí le aseguraba que ellos recibirían lo indicado para superar su situación.

—Así que hagamos esto de manera clara —continuó el hombre—. Yo no tomaré medidas por tus insolencias y tú no harás un escándalo por el beso, no presentarás ninguna denuncia ni harás circular rumores.

Elena lo miró con incredulidad.

—¿Eso es una negociación?

—Es un acuerdo —corrigió—. Uno que nos conviene a ambos.

La mujer apretó los labios.

—Vaya, sí que eres bueno negociando.

—Ese es mi trabajo —respondió con frialdad, manteniendo sus ojos voraces en los de ella.

Elena pensó en la habitación prohibida, en los medicamentos ocultos y en todo lo que aún no había descubierto.

«Necesito quedarme», se dijo. Aquello se volvió imperioso para ella.

—Acepto —dijo al fin—, pero quiero que quede claro que lo que te dije no fue una amenaza, sino una necesidad real de tus hijos.

—Nunca lo interpreté así. Solo lo tomé como una advertencia, aunque igual me molestó mucho la forma que utilizaste para abrirme los ojos.

El silencio se suavizó apenas. Elena retrocedió una par de pasos mostrándose insegura. Aquello parecía una conciliación, aunque no en toda regla. Lo que había sucedido y las emociones que despertó en ella, no podían quedarse al margen con facilidad.

—Bien —dijo él—. Entonces, volvamos a la normalidad.

«Como si eso fuese posible luego de ese maldito beso», pensó ella.

—Los niños te esperan en el patio —añadió— y hoy para mí será un día complicado. Tengo una reunión importante aquí en la mansión.

—¿Con quién? —preguntó Elena antes de poder detenerse. Aquello no le importaba, no debía meterse en ese asunto, pero no pudo evitarlo.

Adrián la miró con el ceño fruncido.

—Con mi contador. Ha surgido un asunto delicado en la empresa y necesito resolver ese tema desde aquí. Preferiría que los niños no estén cerca mientras hablamos, así que te pido que los mantengas distante.

—Me encargaré —respondió, muy seria—. Como siempre.

Adrián asintió, dando por terminada la conversación.

Elena dio media vuelta para salir del despacho, con el pulso aún acelerado. No le gustó haber cedido, aquello fue una oportunidad excelente para enfrentarlo, pero sabía que no tenía alternativa. No era el momento clave, su prioridad era mantenerse en esa mansión.

Mientras caminaba hacia la puerta, sintiendo la mirada lacerante de Adrián sobre su nuca, tocaron a la madera. La mujer se detuvo en seco pensando que de nuevo serían los niños.

—Adelante —aceptó Adrián, apareciendo el mayordomo.

—Disculpe, señor. El señor Ángelo Towsen acaba de llegar.

—Hazlo entrar.

El empleado abrió más la puerta para darle acceso a un hombre alto, delgado, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y una sonrisa ensayada. Vestía un traje impecable, demasiado elegante para una simple visita contable.

Elena, al verlo, sintió un leve estremecimiento que no supo explicar.

Towsen avanzó con paso seguro hacia el escritorio, pero, al reparar en ella, fue incapaz de quitarle la vista de encima. Como si hubiese descubierto algo importante.

Se detuvo a su lado, logrando que el estómago de Elena se le encogiera.

—¿Elena?

La sangre se detuvo en las venas de la mujer.

—¿Perdón? —respondió ella.

—¿Tú no eres…?

—¿Ya estás confundiendo rostros? —soltó Adrián acercándose a ellos.

Ángelo reaccionó como si saliera de un sueño.

—Disculpa. Pensé que la conocía —expuso con una sonrisa.

Elena sostuvo su mirada, controlando la respiración.

—Lo dudo. Estoy recién mudada a la ciudad.

El contador ladeó la cabeza, como se la evaluara.

—Tiene un rostro familiar.

—Para ti todo el mundo tiene rostros familiares —aportó Adrián, ubicándose junto a Elena, a quien le costaba salir del shock—. Ella es Isabella Reed, la nueva niñera de mis hijos. Hace un par de día comenzó a trabajar aquí —respondió sin titubear.

El hombre sonrió.

—Encantado, Isabella.

Extendió la mano. Elena dudó un segundo antes de estrecharla. Su contacto fue impersonal.

—Un placer señor…

—Ángelo Towsen. También trabajo para tu despiadado jefe —dijo a modo de broma, sin soltar su mano.

Elena no supo que responder. Temía que el hombre la sintiera muy fría y nerviosa. Trató de apartar su mano, pero Ángelo la apretó para impedirlo.

—Isabella, regresa al patio con los niños.

Te esperan —ordenó Adrián, viendo con enfado la forma en que el contador retenía a la mujer.

La tomó por los hombros para apartarla de él e impedir el contacto dirigiéndola hacia la puerta—.

Recuerda, mantén a los niños alejados —pidió, hablándole cerca de su oreja, produciéndole un fuerte estremecimiento que despertó de nuevo su deseo.

Antes de salir, ella se giró para verlo a los ojos, sin determinar que estaban muy cerca, igual a cuando se estuvieron besando.

Ambos quedaron inmóviles, mirándose con anhelo por unos largos e interminables minutos. Ella quedó atrapada por la oscuridad de sus ojos, que parecían haberla encerrado en un lugar del que nunca podría escapar.

—Ve con los niños, nos veremos luego —susurró el hombre, casi como un suspiro.

Elena asintió con el corazón palpitándole con fuerza en el pecho. Le dio la espalda y se retiró, temblando por las intensas emociones que había experimentado durante esa visita al despacho.