Capítulo 8. La habitación equivocada.
Esa noche, Elena tardó más de lo esperado en ir a su habitación.
No solo se quedó un poco más con Max, esperando a que volviera a dormirse, sino que vigiló a los otros dos niños temiendo que también sufrieran de pesadillas.
Cuando al fin decidió dormir, era muy de noche. El personal ya no se encontraba en las cercanías y ella no quería encender luces para no molestar el sueño de nadie.
Con la luz de la linterna de su móvil se guío, intentando recordar la ubicación de la habitación que le habían asignado.
La mansión era hermosa, sí, pero también confusa. Poseía pasillos largos, puertas idénticas y alfombras que amortiguaban los pasos hasta volverlos irreales. Avanzó contando dormitorios, guiándose por la memoria, pero pronto se dio cuenta de que se había equivocado de ala.
—Genial —murmuró.
No quería llamar a nadie y Adrián McGrath ni siquiera había regresado a casa. No deseaba que la encontrara aún en los pasillos, así que siguió caminando con la esperanza de reconocer algún punto familiar.
Fue entonces cuando vio una puerta entreabierta y pensó que era la suya. Al empujarla, esta se abrió con un leve crujido, como si llevara tiempo sin usarse.
Elena quedó quieta y con el corazón acelerado. Pronto descubrió que ese no era el dormitorio que le habían asignado, estaba lleno de cajas y la cama no poseía fundas.
Pero le resultó imposible dar media vuelta y marcharse. No solo su curiosidad era enorme, sino que el recuerdo de su misión en esa casa detuvo sus pasos.
«No revises nada que no te concierne. Trata de controlar tu curiosidad para que no sucedan situaciones parecidas a las de ayer», le había ordenado Adrián. Esa era su regla no escrita y diseñada solo para ella, que no podía romper.
—Solo será un segundo —se dijo en susurros—. Nadie lo descubrirá.
Entró.
La habitación no era lo que esperaba. No se trataba de un dormitorio en uso ni de un depósito en toda regla, parecía más bien una habitación que antes había albergado a alguien y fue cerrada al marcharse.
Cajas se apilaban contra las paredes, algunas abiertas, otras cerradas con cinta amarillenta. Había percheros con ropa cubierta por fundas de tela, zapatos guardados en estantes móviles y bolsos antiguos apoyados unos sobre otros.
Un olor tenue flotaba en el aire. Era como polvo mezclado con algún producto de limpieza.
Elena se sumergió en la habitación y repasó con la mirada la ropa sin atreverse a tocarla. «Es de mujer», pensó. Tal vez, se trataba de las pertenencias de la madre de los trillizos.
—¿Por qué guardas esto aquí? —se preguntó a sí misma, aunque pensando en Adrián.
Sintió una punzada de incomodidad. No debía estar allí, aunque siguió avanzando. Sobre la cómoda halló una caja abierta y echó un vistazo dentro. Lo que encontró le aceleró el pulso.
Se trataba de carpetas médicas. Recordó que la madre de los niños había fallecido de una enfermedad, así que tomó una al azar y la abrió.
Eran resultados de análisis e informes clínicos con fechas de hacía cinco años. El tiempo en que su propia madre también había fallecido.
Leucemia.
El mundo pareció detenerse al leer ese diagnóstico.
—No puede ser —susurró—. ¿Murió de la misma enfermedad que mi madre?
Tomó otra carpeta y pasó las hojas con manos temblorosas. Protocolos y controles médicos, todo muy conocido para ella, porque habían sido los mismos que tuvo que atravesar con su madre.
Halló nombres de medicamentos que conocía demasiado bien. Por meses estuvo buscándolos sin descanso, siendo exigidos por los médicos para así mantener la vida de su madre y escritos en recetas urgentes que nunca llegaban a tiempo.
Un recuerdo la golpeó con violencia.
Su madre, pálida, sentada en el consultorio de un especialista, fingiendo una sonrisa mientras le decía que todo estaría bien, acompañado por un «lo sentimos, no hay medicamentos en existencia. Seguiremos buscando».
Revisó otra carpeta más notando en esta ocasión el encabezado de los informes. Todos habían sido elaborados en el mismo hospital al que asistió su madre y por las fechas, Elena supuso que había sido posible que ellas se cruzaran en alguna consulta médica.
Elena cerró todo y respiró con dificultad. Amargos recuerdos se aglomeraron en su mente, de los momentos tensos y desesperantes que vivió en las salas de aquel hospital mientras veía a su madre morir poco a poco.
Quiso salir, pero sus ojos se detuvieron en otra caja. Esta era de cartón blanco y poseía el logo de un laboratorio farmacéutico que ella visitó en varias ocasiones. Eran quienes elaboraban los medicamentos que su madre requería y que nunca llegaban a tiempo.
Al abrirla, su estómago dio un vuelco. Dentro había frascos. Muchos. Medicamentos oncológicos con fechas de vencimiento ya pasadas. Sus etiquetas se hallaban intactas.
Elena sintió que algo se quebraba dentro de ella.
—No… no… —repitió, como un mantra desesperado.
Tomó uno de los frascos y lo giró entre sus dedos. Reconoció el nombre. Era uno de los tantos que nunca llegó. El que, según dijeron, había sido retenido en algún depósito por problemas de logística o se encontraba perdido en un trámite que nadie supo explicar.
—Estaban aquí… —susurró, con la voz rota—. ¿Todo este tiempo estuvieron aquí?
La rabia subió como una ola, cegándola.
—Eres un maldito monstruo, Adrián McGrath —habló con lágrimas en los ojos—. Un asesino.
Las imágenes se mezclaron en su cabeza: su madre debilitándose día a día, los médicos bajando la mirada, los silencios incómodos, su padre sufriendo una gran pena que luego lo llevó a él también a la muerte.
Y ahora esto: medicamentos guardados como reliquias inútiles mientras otras personas morían esperando por ellos.
—¿Cómo pudiste? —dijo entre dientes y apretó el frasco hasta que le dolieron los dedos—. ¿Cómo pudiste quedarte con esto?
Las piezas encajaron en su mente con una lógica cruel.
Adrián era dueño de Northstar Distribution, una compañía que se encargaba de hacer envíos a grandes laboratorios farmacéuticos.
En su casa había medicamentos que fueron retenidos o llegaban con retrasos en su entrega, produciendo dolor y muerte.
Y en su escritorio halló documentos de pequeñas empresas de trasporte que fueron compradas por pocas monedas, generándole pérdidas a sus dueños, como sucedió con la empresa de trasporte regional de su padre.
Todo tenía sentido.
Adrián McGrath no solo había destruido a su familia económicamente al realizar una compra fraudulenta del negocio familiar, sino que había sido parte de algo peor. Mucho peor.
—Mi madre murió porque estos medicamentos nunca llegaron —susurró, en medio de un llanto silencioso—. Murió esperando por esto.
Elena dejó el frasco dentro de la caja como si le diera asco y la cerró con torpeza. El corazón le latió con violencia. Miró alrededor, desorientada, como si la habitación se hubiese vuelto hostil de repente.
«Debo salir de aquí», se ordenó a sí misma para encontrar la energía de moverse. Al estar en la puerta, miró atrás, a las cajas, a la ropa y a los medicamentos guardados como secretos vergonzosos.
—Luego vendré a tomar fotografías de todo y elegir documentos para llevármelos como prueba —murmuró—. Ya te tengo en mis manos, Adrián McGrath —soltó antes de salir y cerró la puerta con cuidado.
Continuó por la casa con la ira acentuándose con firmeza en su pecho. Aquel hombre no merecía compasión, ni clemencia.
«Voy a hacerte pagar», se prometió.
Sin saberlo, Elena había cruzado un límite. Uno del que no iba a regresar jamás.