La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 9. Discusión.
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Capítulo 9. Discusión.

Cuando Adrián McGrath regresó a la mansión, con el abrigo mal cerrado y el cansancio marcado en el rostro, el amanecer comenzaba a despuntar en el horizonte. Ella lo vio desde la ventana de la habitación que le habían asignado.

«Qué miserable», pensó con amargura. «De seguro estuvo bebiendo o con mujeres», se quejó soportando la furia.

No iba a reclamarle por los medicamentos.

Si lo hacía, él descubriría su mentira y perdería la oportunidad de conseguir todas las pruebas necesarias para denunciarlo, pero esa mañana se sentía tan tensa que necesitaba desahogarse de alguna forma y así no volverse agresiva, mucho menos, con los trillizos. Ellos no tenían la culpa de nada.

Guardó el recuerdo de la habitación equivocada en el lugar más oscuro de su mente y un par de horas después fue a enfrentarlo. Lo sucedido con los niños la noche anterior no podía callarlo.

—Tenemos que hablar —dijo, apareciendo de manera repentina en el despacho antes de ir al comedor para desayunar con los trillizos.

Adrián levantó la vista del documento que leía sorprendido por verla despierta tan temprano. Él no había dormido nada, sus ojos estaban enrojecidos, no por alcohol, sino por una vigilia larga y pesada.

Solo se dio un baño antes de bajar ya que tenía asuntos que atender esa mañana, aunque lo que tenía sobre el escritorio no era una jarra de café que lo ayudara a despertarse, sino una botella de whiskey y un vaso que ya había sido llenado dos veces.

—Ahora no puedo hablar, Isabella —respondió—. No dormí en toda la noche y tengo una situación delicada que atender.

—Yo tampoco pude dormir nada. Y no fue por trabajo, sino por tus hijos. —El hombre se irguió y la observó con seriedad—. Si existe algo más importante que ellos, entonces, dime de nuevo que me marche —pidió cruzándose de brazos y dirigiéndole una mirada marcada por el reproche.

—Siéntate —ordenó él y le señaló una silla ubicada frente al escritorio.

—No. Así estoy bien —respondió Elena. No podía estar sentada porque eso la haría sentirse más nerviosa.

—Entonces, habla —concedió él con severidad. Era capaz de captar la irritación de la mujer y eso le molestaba.

Elena respiró hondo. Sintió cómo la rabia de la noche anterior aún ardía bajo su piel.

—Anoche Max tuvo una pesadilla y al parecer, no es la primera vez que pasa —empezó—. Lloró con dolor y soñó con su madre.

Adrián cerró los ojos apenas unos segundos, dolido.

—Tienes razón, eso no es nuevo.

—Para ti no —respondió ella, dura—, pero para él sí. Cada noche siente el miedo como si fuese la primera vez.

—Hago lo que puedo para ayudarlo —dijo el hombre, cansado.

Eso la hizo estallar.

—¡No haces nada! —replicó—. Tú trabajas más de la cuenta, te ausentas y les pones reglas muy rígidas, pero no estás para guiarlos, ¡para abrazarlos!

—Adrián la observó con el ceño fruncido—.

Max no llora por su madre muerta, una que se va cada noche en sus sueños y lo ignora.

Él llora por ti, por tú lejanía. A su madre casi no la conoció, ella nunca pudo haberle hecho nada para traumarlo, el niño te pone a ti el rostro de su madre porque te siente tan lejano y desconocido como ella. ¡Max sufre por ti! ¡¿Lo entiendes?!

El hombre la miró con algo que rozaba la advertencia.

—Cuidado con lo que dices.

—No —repitió ella—. Me pediste que no me involucrara emocionalmente con los niños, pero te advierto que eso es imposible. Ellos se sienten abandonados, ruegan por compañía. Tienen miedo a la soledad.

—No los he abandonado —dijo con una voz más alta de lo que hubiese querido.

—¿Ah, no? Llegaste al amanecer, no estabas cuando Max gritó ni cuando me abrazó temblando de miedo.

Ni las veces en que Leo me pidió que no me marchara porque sentía que al hacerlo, él quedaría solo en un planeta desconocido.

Ni cuando Theo fingió leer para no hacer también sus exigencias, aunque con sus ojos brillando por las súplicas silenciosas que emitía.

Adrián apretó la mandíbula.

—No sabes de lo que hablas.

—Sé muy bien de lo que hablo, me bastó estar un solo día con ellos para entenderlos —respondió Elena—. Y eso pasó porque sé lo que es vivir en soledad, llorando por injustas pérdidas. Sé lo que es perder a una madre y al mismo tiempo a un padre y dormir cada noche con miedo estando sola.

Sus palabras lo golpearon con más fuerza de la que esperaba. Adrián bajó el rostro, dolido. Sus ojos brillaron por las penas que tenía apresadas en el pecho.

—Ellos te necesitan —continuó Elena, ahora con voz más baja, como si fuese un ruego. El hombre alzó apenas la cabeza para verla—. Necesitan tu presencia, tu contacto y tu atención. Necesitan mirarte para que dejen de sentirte tan muerto como esa madre a la que no pudieron disfrutar.

Él apretó la mandíbula y bajó de nuevo la vista. Sus ojos enrojecidos ahora estaban inundados de lágrimas y reflejaban un dolor profundo.

—Hago lo mejor que puedo —expuso con voz afectada.

—Lo siento, pero no es suficiente. No para tres niños que ya perdieron demasiado.

El silencio que siguió fue brutal.

—Vas a incumplir mis reglas —dijo Adrián al fin, tenso por la rabia—. ¿Eso es lo que me estás diciendo?

Elena le había dado donde más le dolía, su reacción fue defenderse de aquella acusación.

—Sí —respondió la mujer sin dudar—. Voy a hacerlo. Porque si no lo hago, terminaré rompiendo a esos niños más de lo que ya están.

—No tienes derecho.

—Alguien tiene que tenerlo —replicó—. Porque tú estás demasiado ocupado huyendo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos como una bofetada.

Adrián no respondió ni la echó de la casa, solo la miró. Mostrando en sus ojos algo distinto, las fracturas que se hallaban en el fondo de su alma.

—Vete —dijo entre dientes—. Ocúpate de mis hijos, para eso te contraté.

Elena se quedó quieta, desconcertada por la ausencia de un castigo.

—Eso haré —respondió al final.

Dio media vuelta y subió las escaleras sin mirar atrás.

Encontró a Leo despierto en su habitación, apenas preparándose para bajar, a Max agotado, no había podido bien la noche anterior por las pesadillas, y Theo fingía indiferencia, aunque su mirada estaba embargada por la añoranza.

A pesar de la pesadumbre de todos, la recibieron con gestos de esperanza. Leo sonrió satisfecho, Max suavizó sus facciones y Theo asintió en aprobación. Les gustó verificar que ella continuaba en casa, como lo había prometido.

Los acompañó ayudándolos a vestirse. Los abrazó y los escuchó, les habló en voz baja y los guio hasta el comedor para que desayunaran.

Luego salieron al patio, donde cada uno de los chicos se sumergió en su propio mundo.

Leo inició la construcción de un estacionamiento con bloquecitos de construcción, junto a su pista; Max amarraba una soga a una rama con intención de escalar el árbol como si fuese la torre de un castillo y así alcanzar al dragón que descansaba en la cumbre; y Theo abrió un nuevo libro de espionaje sobre la grama, dispuesto a resolver el misterioso acertijo que proponía.

Cada uno afrontaba su día de manera individual, nunca juntos.

Elena se sentó en una silla sintiéndose desanimada. Su frustración la llevó a pensar en Adrián, no en los niños.

«Tal vez fui demasiado dura con él», reflexionó.

Lo que había visto en los ojos del hombre le tenía el corazón apretado en el pecho. Algo no encajaba con el monstruo que ella se fabricó en su cabeza. Esos no sentían dolor ni la dureza de la soledad, mucho menos, experimentarían miedo por algo.

Furiosa consigo misma por el empeño de su mente de humanizarlo, buscó abrazarse al odio que sentía por él para no debilitarse. Eso la ayudó a recordar un pequeño detalle: lo había provocado demasiado.

Lo insultó en su propia casa, utilizando a sus propios hijos como munición en su ataque. Si Adrián la echaba, perdería el acceso a las pruebas que necesitaba para demandarlo.

No podía irse de allí. No aún.

Aprovechó que los niños estaban distraídos y el jardinero se encontraba cerca, podando unos arbustos, y regresó al despacho.

Se dejó llevar por su rabia y terminó hablando más de la cuenta, ahora debía buscar una manera de arreglar su error.