La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 7. Sueños perturbadores.
6%

Capítulo 7. Sueños perturbadores.

Luego del desayuno, Adrián McGrath informó que debía atender asuntos de trabajo en su empresa. El hombre esperó a que Elena regresara de su casa, con sus pertenencias para quedarse esa semana, y así marcharse.

Elena lo observó desde el umbral del vestíbulo mientras él se ajustaba el abrigo y hablaba en voz baja por teléfono, concentrado y distante. No se despidió de ella. Apenas le dedicó una mirada rápida y evaluadora, como si dejara algo pendiente en el aire.

Cuando la puerta principal se cerró, el silencio volvió a caer sobre la casa.

—Papá se va siempre así —dijo Leo, tomando su mano—. No le gustan las despedidas.

—Tiene mucho trabajo —respondió Elena con suavidad.

—Pero vuelve —aseguró el niño—. Siempre vuelve.

Esa certeza infantil le apretó el pecho. Eso era lo único a lo que él parecía aferrarse, al regreso de su padre. Ella lo miró con dulzura y acarició sus cabellos.

—¿Qué tal si vamos al patio de juegos?

La sonrisa le cambió por completo el semblante.

El día transcurrió lento, vigilado de lejos por el mayordomo, que aparecía y desaparecía como una sombra silenciosa. Elena sentía esa supervisión constante, la mantenía tensa, como si cada gesto estuviese siendo medido.

Aunque pronto se calmó, ya que ese día en particular sus intenciones eran otras, solo debía concentrarse en los trillizos. Necesitaba ganarse la confianza de ellos.

Leo no tardó en reclamar toda su atención. La llevó de una habitación a otra, mostrándole sus juguetes, autos de juguetes y dibujos. Hablaba sin parar, entusiasmado, como si temiera que, si se callaba, ella pudiese desaparecer.

—Este es mi favorito —notificó, sosteniendo un auto rojo brillante—. Es rápido, pero no choca. Porque sabe frenar.

—Eso es importante —respondió ella—. No todos saben hacerlo.

Leo sonrió, orgulloso.

Max se mantenía cerca, aunque no lo suficiente. Jugaba con una pelota, la lanzaba contra una pared, en ocasiones junto a ellos y a veces con más fuerza de la necesaria. La miraba de reojo, como esperando que ella le dijera algo.

—No juegues con ella —le dijo de pronto a Leo—. Se va a ir.

Elena se quedó inmóvil.

—No me voy a ir hoy —le aseguró—. Me quedaré aquí, con ustedes.

Max apretó la mandíbula.

—Eso dicen todas.

Theo, desde una esquina del salón, levantó la vista de su libro.

—No todas —corrigió a su hermano—, pero casi todas. Algunas no dicen nada.

Elena sintió el peso de esas palabras. Decidió no contradecirlos. En lugar de eso se sentó en el suelo, a su altura.

—No puedo prometer cosas que no sé si podré cumplir, porque su padre tiene la última palabra, pero hoy estaré aquí con ustedes. Si él queda satisfecho con mi trabajo, me quedaré todo el año.

Leo se sentó junto a ella de inmediato, sonriendo de felicidad. Max no se acercó, aunque dejó de lanzar la pelota cerca. Theo la observó con atención renovada, como si estuviera registrando cada palabra para usarla después.

Pasaron la mañana entre juegos, risas y pequeños desafíos. Max intentó provocarla más de una vez: desobedeciendo, respondiendo mal y empujando los límites. A pesar de todos sus intentos, Elena no levantó la voz ni cedió tampoco.

—No me gusta cuando me dicen qué hacer —gruñó el chico.

—Lo sé —respondió ella—. A mí tampoco, pero hay cosas que tenemos que hacer igual.

Max la miró, desconcertado.

—¿Por qué?

—Porque si no, el mundo se vuelve un lugar peligroso. Por eso hay que seguir instrucciones.

El niño no respondió, solo bajó la mirada.

Theo, en cambio, cerró su libro y la observó con curiosidad.

—No todos los adultos dicen eso —comentó—. Solo dicen que hay que obedecer porque ellos saben más y punto. No para protegernos.

Elena lo miró.

—Yo no soy cualquier adulto. Sigo teniendo alma de niña. Me gusta explorar y entender los motivos que me impiden algo, o que me obligan a hacer algo, y una vez que lo comprendo, busco enseñarlo a otros.

—Eso la hace interesante —comentó Theo—. Me agrada la gente que no se queda solo con lo que le dan, sino que busca comprender.

Sus palabras la hicieron sonreír y sentir que iba por buen camino. Los niños comenzaban a actuar con comodidad a su alrededor, sin perder sus actitudes propias.

La tarde llegó sin que Elena lo notara. Comieron juntos, bajo la atenta mirada del mayordomo, que también parecía más relajado.

Leo no dejó de comentarle sobre sus cosas, Max hablaba como para sí mismo, con los guerreros imaginarios contra los que luchaba.

Y Theo seguía mirándolo todo con atención, aprendiendo.

Elena los acompañó el día entero, conociendo los ritmos de la casa, los gestos repetidos que ellos hacían, sus manías y temores. Al caer la noche, los llevó a sus habitaciones para que durmieran.

—¿Te vas a quedar en casa? —preguntó Leo ya en pijama.

—Sí, tengo mi propia habitación al otro lado del pasillo.

—Prométeme que no te irás mientras duermo.

Elena besó su frente.

—No me iré esta noche. Mañana nos veremos de nuevo.

Leo sonrió y cerró los ojos, durmiéndose al instante. Max tardó un poco más. Se movía inquieto entre las sábanas, con el ceño fruncido.

—¿Te duele algo? —preguntó ella.

—No.

—¿Te pasa algo?

—No.

Elena se sentó en el borde de la cama.

—Estoy aquí si quieres hablar.

—No quiero —respondió él, girándose de lado dándole la espalda.

La mujer respiró hondo ante su terquedad, pero decidió no presionarlo ese día. Apagó la luz y salió, cerrando la puerta con cuidado.

Al pasar por la habitación de Theo lo encontró despierto, sentado en la cama, con el libro que había estado leyendo ese día apoyado en las rodillas.

—Él no duerme bien —dijo sin rodeos.

—¿Hablas de Max?

—Sí, y papá tampoco —añadió—, pero él finge mejor que mi hermano.

—¿Y sabes qué les pasa?

El niño solo alzó los hombros con indiferencia.

Elena se acercó y le quitó el libro poniendo el marca páginas. Lo dejó sobre la mesita de noche. El chico rápido se metió bajo las sábanas.

—Que tengas buenas noches, Theo —le dijo, acariciándole los cabello.

—Buenas noches, Isabella —respondió él cerrando los ojos.

La mujer salió y se quedó un rato en la salita del piso de las habitaciones, velando por el sueño de los trillizos. Se asomó a la ventana que daba al jardín delantero y oteó la oscuridad con el ceño fruncido.

¿Dónde se hallaba Adrián McGrath? ¿Por qué dejaba por tanto tiempo a sus hijos solos?

Ahora entendía su urgencia por tener una niñera, él no podía estar en casa por el trabajo, pero no aprobaba su acción. Esos niños estaban en edad de necesitar a su padre cerca, aunque fuese unas horas. Más ellos, que habían perdido a su madre antes de apegarse a ella y se sentían tan solos.

Aunque lo consideraba injusto, pronto se regañó a sí misma.

—¿Qué te importa la vida de ese hombre? Eso solo confirma que es un monstruo.

Se sentó en un sofá a leer una novela. Una hora después, se asomó con cautela en las habitaciones de los niños para verificar que dormían antes de ir a su habitación.

Al pasar por la de Max, un grito la paralizó.

—¡No!

Ella entró sin encender la luz. El niño estaba sentado en la cama y respiraba con dificultad, con los ojos abiertos, pero perdidos.

—¿Max? —susurró—. ¿Qué te sucede?

Él la miró, tardando unos segundos en reconocerla.

—No… no te vayas —pidió con la voz quebrada.

—No me voy a ir —dijo y se sentó junto a él, notando que sudaba un poco—. Fue un sueño. Ya pasó —habló, acariciándole los cabellos.

Max negó con la cabeza.

—No era un sueño —murmuró—. Era ella.

Elena sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Ella?

Los ojos del niño se llenaron de lágrimas.

—Mamá.

El nombre cayó entre ellos como algo vivo.

Max se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.

—No la encuentro —sollozó—. Grito y no me escucha. Siempre se va y se pierde, no puedo detenerla.

Elena lo rodeó con los brazos permitiendo que el niño se aferrara a ella abrazándola por la cintura con una fuerza desesperada.

—No quiero olvidarla —dijo—. Si me duermo… se va otra vez.

Elena cerró los ojos, lo cubrió con sus brazos y besó su cabecita. Sentía cómo su dolor se le colaba por los huesos, despertando antiguos miedos. De cuando perdió a su propia madre, consumida por una enfermedad cruel cinco años atrás.

Allí se percató que las reglas que Adrián había impuesto no iban a servirle de nada. No era solo una niñera en esa casa, era inevitable que se transformara para ellos en un ancla.

Esos chicos necesitaban sostenerse de alguien para superar sus traumas y al no estar su padre lo harían con el que estuviese más cerca. Evitar una conexión sería imposible.

Había cometido un terrible error al pensar que la convivencia con esos trillizos sería sencilla. Ellos iban a romperla en pedazos, más de lo que su propio padre, Adrián McGrath, había logrado.