Capítulo 33. La directora
Berta Vives estaba reunida con tres abogados cuando Roser Belda entró en la sede. Escuchó la orden de detención sin interrumpir. Solo preguntó si podía recoger el bolso.
El registro del despacho localizó dos teléfonos, documentos de Métrica Once Gestión y una llave de la puerta lateral de Nau Dotze. En un cajón había esparadrapo de la misma marca que usó en la recepción. Nada de aquello era necesario para detenerla; todo quedó documentado antes de moverlo.
En dependencias policiales, Berta negó el homicidio. Reconoció que regresó a Nau Dotze después de la primera fotografía de la recepción y admitió una segunda discusión, corrigiendo su primera declaración. Según su nueva versión, Alba seguía viva cuando ella volvió al hotel.
—¿Por qué negó la reunión? —preguntó Belda.
—Porque sabía cómo parecería.
—¿Cómo obtuvo sangre de Alba en su chaqueta?
—Me agarró. Estaba fuera de sí.
—¿Por qué ordenó sustituir el contrapeso?
Berta miró a su abogado. A partir de ese momento guardó silencio.
Belda incorporó por orden la franja de la pulsera, la sangre detrás del rodapié, los restos del sumidero, la sustitución del contrapeso, la llamada al proveedor, la chaqueta, la puerta lateral y el mensaje a Guillem.
No añadió una reconstrucción teatral ni le pidió que confesara para dar sentido a Alba.
Al terminar, Berta firmó que no contestaría más. Antes de salir preguntó si Llevant Escènic podría seguir pagando nóminas.
—Eso lo decidirá la administración judicial —dijo Belda.
Por primera vez, la directora perdió el control de la expresión.
La empresa había servido durante años como excusa para cada amenaza: si alguien hablaba, cerraría; si alguien cobraba lo debido, cerraría; si alguien rechazaba una factura, cerraría. La pregunta final intentaba colocar el mismo peso sobre la muerte.
No cambió ninguna prueba.